3×1075 – Inconsciente

Publicado: 03/12/2016 en Al otro lado de la vida

1075

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

Bárbara dormía a pierna suelta en su cama de matrimonio, tapada hasta el cuello con la funda nórdica. Tenía la boca entreabierta, y de la comisura de sus labios emergía un hilillo de baba que había dibujado un círculo oscuro en la almohada.

Aún faltaba cerca de una hora para que amaneciese. Zoe abandonó el dormitorio tratando de hacer el menor ruido posible. Sólo había entrado para cerciorarse que la profesora estuviese dormida. Ahora que había obtenido la respuesta que buscaba, ya no se le había perdido nada ahí. Desanduvo sus pasos por el pasillo de los dormitorios, y pasó frente al que compartían el hermano y el sobrino de Bárbara. Guillermo también dormía, en posición idéntica a la de Bárbara, en su propia cama. La niña se sobresaltó al ver la silueta de Guille dibujada en el marco de la ventana, vagamente iluminada por las farolas de la calle. El joven infectado se giró hacia ella, sin emitir ningún sonido. Con razón luego pasaba la mitad del día dormitando y sin parar de bostezar. Ambos se aguantaron la mirada durante unos pocos segundos. Zoe se llevó el dedo índice a los labios, implorándole silencio, y el niño se limitó a darse media vuelta de nuevo, y seguir observando la incesante caída de la lluvia a través de la ventana.

Cansada de ser incapaz de pegar ojo, había decidido poner fin al desasosiego que le había mantenido en vilo toda la noche. No podía quitarse de la cabeza la cinta violeta que había perdido la jornada anterior, y tenía el firme propósito de recuperarla. Con un poco de suerte podría hacerlo y acostarse de nuevo antes que los demás despertasen. Tampoco podía haber ido a parar muy lejos. Ataviada con un chubasquero amarillo, su pequeña mochila de supervivencia y una linterna enorme, respiró hondo y abrió con suavidad la puerta de entrada al ático. Los goznes emitieron un chirrido ahogado y Zoe se puso en tensión. Aguantó la respiración, esperando algún tipo de reacción por parte de quienes hasta el momento habían estado durmiendo como benditos, y al comprobar que todo seguía en regla, salió al rellano y cerró tras de sí.

Cerca de una hora más tarde, ya había escrutado hasta el último centímetro de suelo de todos los lugares por los que había pasado la jornada anterior. Si de algo podía estar convencida, era que la cinta no estaba intramuros. Todo esfuerzo había sido en vano. No había el menor rastro de ella. Su frustración le hacía sentir un nudo en el estómago y ganas de llorar. Pese a que sabía a ciencia cierta que la cinta no tenía ningún valor real, y que podría encontrar otra idéntica y en mejor estado en la mercería que había junto a la tienda de animales donde vivía Nuria, no estaba dispuesta a darse por vencida. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, Zoe no paraba hasta que llegaba al final.

En esos momentos se encontraba frente al portón de acceso a vehículos de la escuela, donde escasas veinticuatro horas antes había estado jugando con una pelota con el pequeño Carboncillo. Las gotas de lluvia repiqueteaban alegremente sobre la capucha de su chubasquero amarillo. Cualquiera que la hubiera visto podría jurar que estaba jorobada, pues llevaba la mochila por debajo. Se levantó la manga del chubasquero y contempló la marca blanquecina que delataba el lugar que había ocupado la preciada cinta violeta los últimos meses, en contraste con el color tostado del resto de la muñeca. Llevaba ahí quieta más de cinco minutos, incapaz de tomar una decisión, temblando a partes iguales de inquietud y de frío.

Si de algo estaba convencida, era que no podía pedir ayuda, porque de lo contrario despertaría sospechas sobre el motivo que le había llevado el día anterior al solar de la obra abandonada. Tampoco podía solicitar el apoyo de Christian: no después de cuánto se enfadó por su terquedad el día anterior. El ex presidiario había prometido no contarle a nadie lo que había acontecido durante la partida de búsqueda, pero si de algo estaba segura, era que no volvería a tolerar que saliera sola del barrio, ni tampoco la acompañaría. Eso había quedado más que claro el día anterior, durante el camino de vuelta al patio de la escuela.

Bajo su joven perspectiva, no había otra alternativa que la de salir en busca de la cinta ella sola. A su favor, el hecho que estuviese lloviendo y que acabase de amanecer. Ningún infectado en su sano juicio deambularía por las calles de Bayit a esas horas intempestivas y con semejante perspectiva climatológica. Llegó a andar y desandar en más de cuatro ocasiones la corta distancia que le separaba del portón, pero finalmente se armó de valor y cruzó al otro lado, bajo su propia responsabilidad. Al fin y al cabo, llevaba bien a mano su automática y cargadores suficientes para hacer frente a una horda de infectados, por más que todo apuntaba a pensar que no tendría compañía.

Echó un último vistazo atrás, antes de cerrar el portón, que emitió un vibrante sonido metálico al impactar contra el marco. Revisó por enésima vez el baluarte desde donde Christian la había pillado in fraganti la mañana anterior. Para su tranquilidad, éste estaba vacío. El ex presidiario había tenido esa noche guardia en el centro de día hasta las cuatro de la madrugada, y a bien seguro debía estar durmiendo en el piso que compartía con Maya. Las únicas personas que despiertas a esas horas, además de ella misma, eran Olga y su hermano, que tomaron el relevo a Christian y Maya al cargo de los bebés.

Sin darle más vueltas, consciente de que si seguía pensando al respecto acabaría echándose atrás, comenzó a seguir el mismo camino que había tomado la jornada anterior en compañía de Christian para buscar a Carboncillo, alejándose más y más cada vez de la seguridad que ofrecían las altas murallas del barrio que era su hogar.

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