3×1078 – Impacto

Publicado: 04/02/2017 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 6

Marinar unos pedazos de inocencia

1078

 

Piso de Estefanía y Cosme en Sheol

6 de septiembre de 2008

 

GUILLE – Vale.

COSME – No tardaré. Será sólo… ir y volver. Un momento. A la farmacia.

Cosme respiró hondo y tragó saliva. Le temblaban las manos y la voz, lo cual resultaba cuanto menos llamativo en un hombre de semejante planta y envergadura. Cogió las llaves del piso y su cartera y salió por la puerta a toda prisa, en una misión desesperada a la farmacia para encontrar algo que librase a Estefanía de la altísima fiebre que acarreaba desde la noche anterior.

Su primer instinto había sido el de llevarla al hospital Shalom, pero eran tantas las noticias escalofriantes de las que había sido testigo los últimos días por televisión y radio de violencia tanto en ese hospital como en los demás de los alrededores, que consideró que sería más oportuno no arriesgarse. Lo único que esperaba era que su esposa no hubiese enfermado, como tantos otros, y que esa no fuera más que una pequeña recaída como las que había sufrido después del parto. Al fin y al cabo, tan solo tenía un minúsculo rasguño en el cuello. Él mismo se encargó de reducir al energúmeno que había intentado agredirla la jornada anterior. Nadie podía enfermar por una herida tan insignificante.

Guille se quedó de pie en el salón, mirando la puerta cerrada por la que acababa de salir Cosme. Respiró hondo y caminó hacia su cuarto. Al pasar frente al dormitorio en el que descansaban su madre y su hermana recién nacida, sintió la tentación de abrir la puerta, pero enseguida desestimó tal alternativa. Él era un chico obediente, y Cosme se lo había prohibido explícitamente. Ambas dormían, y él no debía perturbar su sueño.

Al entrar en su habitación, Guille enseguida reparó en la jaula en la que se encontraba el señor Bigotes, acomodado en sus patitas traseras. El roedor estaba observando el comedero vacío, y al verle entrar se le quedó mirando. Guille se dirigió a la estantería, donde descansaban todos sus cómics, y cogió del estante superior la cajita con pienso para la rata. Le llenó el comedero hasta arriba, cogió la silla del escritorio y se quedó mirando cómo se alimentaba. Llevaría así unos cinco minutos, maravillado por las habilidades del roedor, cuando el llanto de su hermana, con aquella voz tan aguda y penetrante que despertaba a todos prácticamente cada noche, le hizo levantar la mirada de la jaula.

Guille frunció ligeramente el ceño. Había algo distinto en el lloro de Eva. Pese al poco tiempo que llevaba en el mundo, él había aprendido a distinguir su llanto, y ahora había algo en él que le hizo tener un mal presentimiento. El niño dejó de lado la rata blanca y se dirigió al dormitorio de matrimonio, arrastrando los pies calzados con unas pantuflas. Escuchó algo parecido a unos golpes y unos zarandeos, con el sempiterno ruido del llanto del bebé de fondo.

GUILLE – ¿Mama?

Los ruidos cesaron por un instante, si bien no el llanto. Guille aguantó la respiración. El niño dio un paso al frente, quedándose a menos de un metro de la puerta, inquieto. El llanto de Eva se volvió más agudo, y se transformó durante un instante en un grito ahogado que, sin solución de continuidad, viró hacia el más absoluto de los silencios. El corazón de Guille luchaba por salírsele del pecho. El chaval posó una mano sobre el tirador y lo fue girando lentamente, tratando, aún sin saber muy bien por qué, de no hacer ruido. Aún recordaba vívidamente la prohibición de Cosme de entrar en el dormitorio, pero temía que su hermana pudiese necesitar su ayuda, y su sentido del deber se impuso a su obediencia.

Cayó de espaldas al suelo de la impresión. Fue tan solo un instante, a duras penas un segundo, pero esa imagen se quedaría grabada en su retina mientras viviese: su madre con la boca chorreando sangre junto a la cuna en la que descansaba Eva, ya muerta, con el cuello en una posición imposible, el estómago abierto y una expresión vacía en su mirada. Había sangre por todos lados. Demasiada sangre para un bebé de ese tamaño. Estefanía reparó en él y dio una zancada hacia la puerta al tiempo que gritaba con una voz que no parecía la suya. Fue ella misma, en su intento frenético por alcanzarle, la que cerró la puerta con un sonoro portazo, siendo acto seguido incapaz de comprender su mecanismo, y por ende, cruzar al otro lado como deseaba.

Guille comenzó a llorar y a gritar simultáneamente, incapaz de quitarse tan esperpéntica imagen de la cabeza. Trastabilló, tratando de ponerse en pie, y corrió hacia la puerta de entrada a tal velocidad que su profesora de educación física no hubiera sido capaz de dar crédito. Aún con el sonido de fondo de los golpes y los gritos de su madre enferma, que no paraba de arañar la puerta, salió al rellano y comenzó a bajar las escaleras a toda prisa. No había llegado siquiera al cuarto piso, cuando resbaló, y estuvo a punto de romperse la crisma. Un vecino curioso le observó a través de la mirilla de su puerta, sin intención alguna de ayudarle. Por fortuna, se sujetó al pasamanos en el último momento, recuperó el equilibrio y siguió bajando, mientras lágrimas, mocos y saliva se peleaban por salir por todos los orificios de su cara.

Llegó al portal al mismo tiempo que una de sus vecinas abría la puerta principal, arrastrando un carrito de la compra hasta arriba de víveres. La mujer, asustada, le preguntó que qué ocurría, pero Guille ni siquiera reparó en ella. Corrió hacia fuera, a tiempo de abalanzarse contra Cosme, que volvía de la farmacia con una bolsita de plástico blanco con un surtido de medicinas que de nada iba a servir ya.

COSME – ¿Qué haces aquí fuera, Guille?

GUILLE – Es la… Es la… ¡Es la mama!

COSME – ¿Qué pasa? Pero… ¿qué… qué pasa?

Guille se abrazó a Cosme y lloró aún con más fuerza. Intentó darle una explicación, pero fue incapaz de articular un discurso inteligible.

COSME – Guille, cariño. Necesito que me digas qué ha pasado.

GUILLE – Sangre. Había mucha sangre. Y Eva…

El niño comenzó a hiperventilarse, y Cosme temió que acabase perdiendo el conocimiento. Estaba demasiado excitado. La vecina, que había estado observándolo todo desde el umbral de la puerta, se acercó a ambos.

AURORA – Sube a ver qué pasa, Cosme. Yo me llevo al niño.

Cosme la miró, algo superado por la situación, y asintió vagamente. Aurora agarró al muchacho por la mano, y le llevó de vuelta al portal. Guille se dejó hacer, algo más tranquilo. Ella vivía en el bajo, y enseguida se plantaron en el salón, mientras se escuchaban de fondo los pisotones de Cosme en la escalera y el sonido vago y apagado de golpes y gritos guturales proveniente del patio de luces.

AURORA – Toma, cariño. Come algo, que te vendrá bien.

La vecina le entregó un vaso de leche desnatada, fría, y un paquete sin abrir de galletas tostadas, al tiempo que encendía la televisión y la sintonizaba en una cadena que emitía dibujos animados las veinticuatro horas de día. Incluso se molestó en subir el volumen de tal modo que ello fue lo único que pudieron oír ambos los próximos minutos.

Guille no tocó el vaso de leche ni abrió el paquete de galletas, y por más que tenía la mirada fija en la televisión, no prestó la menor atención a aquellos dibujos japoneses. El sonido de las sirenas de policía y ambulancia no tardaría en imponerse al de la televisión.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Caramba Lord David, siempre sorprendiendonos.

    Como ya habia mencionado, mi mente va recreando imagenes a medida que voy leyendo y esto……. supera a varias de las escenas que nos has regalado, a mi humilde manera de ver.

    Aplausos de pie.

    D-Rock.

  2. Betty dice:

    Muy de acuerdo con D-Rock! La vuelta ha sido impactante, enhorabuena Lord David, siempre te superas y nos dejas en tensión esperando qué vendrá a continuación 😃

  3. Siempre temo que los interludios sean tediosos, por romper el ritmo de la narración en lo más interesante (aunque precisamente lo hago para eso), distrayendo la atención en otra dirección, No obstante, también me esfuerzo por hacer que dichos interludios sean lo suficientemente autónomos e interesantes para que el lector siga leyendo con entusiasmo. Me agrada saber que también disfrutáis de ellos. 🙂

    David.

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