3×1079 – Padre

Publicado: 07/02/2017 en Al otro lado de la vida

1079

Avenida Darash, ciudad de Sheol

6 de septiembre de 2008

 

Guillermo estacionó su vehículo a una distancia más que prudencial del bloque de pisos donde residía su ex-mujer. Le temblaban las manos y le castañeaban los dientes. En esos momentos, la visión del coche de policía que había subido a la acera junto al portal en cuestión, en medio de las dos ambulancias, era la última de sus preocupaciones. Por primera vez desde el inicio de la pandemia sentía miedo. La perspectiva que daba el ser testigo de todas las atrocidades que habían ocurrido en Sheol en su ausencia escuchando a un locutor narrándolas en la radio, desde la seguridad que le brindaba encontrarse en la casa de la sierra de Jaime, distaba mucho de experimentarlo en primera persona.

Tan pronto posó un pie en la acera, su mirada se centró irremisiblemente en una larga mancha lineal que la recorría erráticamente y acababa desapareciendo en la calzada. Era indiscutible que se trataba de la marca de un neumático; un vehículo debió haber invadido la acera durante unos metros antes de volver a la calzada. Lo que realmente le llamó la atención fue su color: rojo carmesí. Guillermo tragó saliva, se recolocó la gorra y las gafas de sol, se armó de valor, y se dirigió al portal.

Se sorprendió gratamente al encontrar a Cosme frente al portal, lejos de los policías, que revoloteaban alrededor de una de las ambulancias. Aunque era consciente que debía sentir cierta hostilidad hacia él, pues era el hombre que se acostaba con la que fuera su esposa, el mismo que incluso le había dado otro hijo, se sintió aliviado al verle, y se dirigió a su encuentro, no sin perder de vista a los agentes de policía, aún temeroso de ser apresado. Tal era su ignorancia al respecto de cómo habían virado las prioridades del cuerpo de policía desde que empezase a desmoronarse todo.

Le sorprendió ver el semblante sombrío y taciturno en aquél hombre siempre afable y risueño.

GUILLERMO – ¿Cosme?

Cosme levantó la mirada con dificultad, aún con un nudo en el estómago. Frunció ligeramente el ceño al ver a aquél hombre con la barba descuidada, gafas de sol y una gorra con las iniciales NY. Guillermo se quitó las gafas un momento, hasta que finalmente Cosme le reconoció, y volvió a ponérselas.

COSME – ¿Qué haces tú aquí?

GUILLERMO – Vengo a buscar a Guille.

COSME – Guille… po… pobre chico…

A Guillermo le dio un vuelco el corazón. En ese momento se convenció que había llegado tarde, que en esa ambulancia custodiada por los policías descansaba el cadáver de su hijo.

GUILLERMO – ¿¡Le ha pasado algo a Guille!?

Uno de los policías levantó la vista y frunció ligeramente el ceño.

COSME – ¡No! No, no… él está bien.

El investigador biomédico notó un calorcillo recorriéndole el pecho y el estómago. Exhaló lentamente.

GUILLERMO – ¿Dónde está ahora?

COSME – ¿Quién? ¿El niño?

GUILLERMO – Sí. Guille. ¿Dónde está?

COSME – Está con la vecina. En los bajos. Bajo segunda.

Guillermo asintió, y sin molestarse siquiera en agradecerle la información o despedirse, caminó con paso firme hacia el portal, mirando de reojo a los policías, uno de los cuales también le observaba a él.

Tras presionar un par de veces el botón del timbre, finalmente Aurora quitó el cerrojo. La puerta se abrió algo menos de un palmo, y quedó trabada por una corta cadena a la altura de la vista. Guillermo alcanzó a ver tan solo la vecina y la puerta entreabierta del recibidor.

AURORA – ¿Qué quiere?

GUILLERMO – ¿Está aquí Guillermo Vidal? Soy su padre.

GUILLE – ¡Papa!

Aurora no dio crédito a cómo el niño había escuchado a su padre, pero no pudo evitar que el chaval se abalanzase contra la puerta. Ella misma le quitó el seguro a toda prisa, y contempló cómo padre e hijo se fundían en un abrazo. El niño comenzó a llorar de nuevo, pese a llevar ya casi una hora en un estado prácticamente catatónico. Su padre le devolvió el abrazo, notando cómo también le acudían las lágrimas. Guille estaba al borde del colapso.

Unos diez minutos más tarde, Guillermo dejó sobre la mesa de centro la taza vacía de café que le había ofrecido Aurora y se levantó. Aún era incapaz de dar crédito a todo cuanto le había contado entre cuchicheos aquella buena mujer, una de las mejores corresponsales del patio de luces. Consciente que seguir ahí sería un error, agradeció su hospitalidad y llamó la atención a Guille, que había seguido mirando la televisión sin prestarle atención, ajeno a la conversación entre los adultos. Ambos se despidieron de ella y volvieron al portal.

Para su sorpresa y alivio, ya no había rastro ni de las ambulancias ni de la policía. Sin embargo, Cosme seguía ahí, sentado en la repisa del escaparate de la panadería que había al lado. Al parecer, el piso entero se había convertido en una escena del delito, precintada, y le habían prohibido entrar hasta nueva orden.

Pese a que seguía muy impresionado, Cosme respondió a todas las preguntas que le formuló Guillermo, que quería saber todo cuanto había pasado en su ausencia. Se sorprendió gratamente al descubrir que Bárbara les había visitado hacía pocos días, preguntando por él, e incluso consiguió su número de teléfono, que Cosme había guardado en su móvil. Consciente que el hombre acababa de perder a su única hija, recién nacida, Guille prefirió no atosigarle más, pese a su buena predisposición a seguir conversando. Se despidió de él, deseándole lo mejor, de corazón, y se llevó al chaval de vuelta al coche. No le costó mucho convencerle para que se olvidase del señor Bigotes, y ambos pusieron rumbo a la casa de Guillermo.

El investigador biomédico ni siquiera se sorprendió al comprobar que no ya no había ningún vehículo policial apostado en los alrededores. Con tantos brotes de violencia por doquier, su persecución debió de haber quedado en segundo plano hacía ya mucho tiempo. Ambos entraron a la casa y Guillermo cerró a conciencia, preguntándose por primera vez si su vivienda sería segura si alguno de aquellos enfermos trataba de entrar por la fuerza.

Todo seguía exactamente igual que él lo había dejado. Nadie había entrado en su ausencia, lo cual también le sorprendió. Lo primero que hizo fue dirigirse al teléfono fijo, y respiró aliviado al comprobar que seguía habiendo línea. Se sacó del bolsillo la tarjeta de visita con el logotipo de la compañía farmacéutica ЯЭGENЄR en la que había anotado el número de teléfono de su hermana, y la llamó. Lo intentó en varias ocasiones, pero siempre escuchaba idéntico sonido prerregistrado avisándole que el teléfono móvil estaba apagado o fuera de cobertura. Finalmente desistió y preparó algo de comida.

Padre e hijo, cada uno a un lado de la mesa de la cocina, dejaron enfriar el plato, sin apenas probarlo, y prácticamente sin mediar palabra. Había demasiado en lo que pensar.

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