3×1080 – Carta

Publicado: 11/02/2017 en Uncategorized

1080

 

Masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

7 de septiembre de 2008

 

Guillermo escribió su nombre y su apellido al final del folio y le puso de nuevo la tapa al bolígrafo. Respiró hondo, y deseó con todas sus fuerzas que su hermana leyese la carta cuanto antes. La introdujo en el sobre, escribió “Bárbara” con grandes letras mayúsculas y lo dejó sobre la mesa. Suspiró, desanimado. El olor a cerrado resultaba abrumador.

Echó un vistazo a Guille, que seguía peleándose con aquél pedazo de papel doblado, tratando de recomponer la pajarita que su padre acababa de enseñarle a hacer. El investigador biomédico esbozó una media sonrisa cansada: su hijo tenía la misma destreza que su hermana con la papiroflexia. Se puso en pie, se palmeó el trasero para librarlo de polvo y se dirigió al chaval.

GUILLERMO – Si es muy fácil…

Guille le miró, con esa mirada tan triste que le acompañaba desde que se reencontrasen. Pese a que ninguno de los dos pensara en otra cosa, no habían vuelto a hablar desde hacía más de veinticuatro horas de lo que le había pasado a su madre y a su hermana.

GUILLE – No me sale…

GUILLERMO – Piensa que ésta esquina de aquí, por ejemplo, es el pico. ¿Vale?

El chico asintió, esforzándose por retener la información.

GUILLERMO – Pues la doblas para atrás, y… ya está. Ahora sólo tienes que hacerle las patitas…

Guille observó cómo su padre reconstruía el ave. Viéndole a él haciéndolo, parecía absurdamente sencillo.

GUILLERMO – Y… listo. Es fácil.

Guillermo acarició el cabello del chaval y se llevó la diminuta pajarita al otro extremo de la vieja y polvorienta barraca. La colocó encima del sobre con la nota que había dejado a su hermana, pero se lo pensó dos veces, y la cogió de nuevo. Echó mano de nuevo del bolígrafo y dibujó a lado y lado de la cara del ave aquella característica sonrisa que desfiguraba por completo el sentido del pico, y volvió a dejar la pajarita sobre la nota.

Había vuelto a llamar a Bárbara varias veces esa misma mañana, hasta convencerse que jamás podría volver a ponerse en contacto con ella por ese medio. Tras un opíparo banquete y después de llenar el maletero de su Audi con ropa, útiles y prácticamente todo el alimento y la bebida que había en su casa, ambos partieron a Etzel en busca de la profesora. Su intención era recogerla y huir del país, tan lejos como fuera necesario, a algún lugar libre de la pandemia.

Su decepción fue mayúscula al descubrir que Bárbara no estaba tampoco en su ático recién estrenado. Nadie respondió al telefonillo ni al timbre. Consiguió ponerse en contacto con una de sus vecinas de rellano, que por fortuna no le recordaba de la trágica noche en la que murió José, y ésta le explicó que hacía varios días que no había visto ni escuchado a nadie en el piso de Bárbara, lo cual no hizo si no acrecentar la ansiedad del investigador biomédico.

Bárbara podía estar en cualquier lado, tanto sana y salva como en serios apuros. Y todo lo malo que le ocurriese sería culpa de él. Tan solo comenzaba a vislumbrar las consecuencias de su acto desesperado por tratar de devolver la vida a su padre, pero en esos momentos, su única preocupación era salvar su culo, el de su hijo y el de su hermana. El resto del mundo bien podía irse al infierno.

Visto el nulo éxito de su empresa, decidió visitar a Jaime, para devolverle las llaves de la casa de campo y agradecerle su ayuda. Le llamó, para evitar un desplazamiento innecesario, y descubrió que su compañero llevaba ya un par de días en un campamento de ayuda civil con su esposa, en Majaneh, muy al norte de Sheol. Él había oído hablar de esos campamentos por la radio, y las palabras de elogio desmedido de Jaime sólo hicieron que convencerle que ese debía ser su siguiente destino. Al parecer, ese campamento estaba en manos de una curiosa coalición entre el ejército español, francés y portugués, en un cerro alejado de las urbes, y era el lugar más seguro en docenas de kilómetros a la redonda. Disponía de personal armado, médicos, y lo más importante: un número elevadísimo de plazas.

Guillermo reflexionó sobre el siguiente paso a dar. No podía permitir que a Guille le pasara nada, y la policía y el ejército aún tardaría mucho en hacer que las calles volvieran a ser seguras. No obstante, estaba más que dispuesto a encontrar a Bárbara, de modo que el viaje al campamento debía esperar. La visita de la masía era su último cartucho para encontrarla, pero ahí tampoco había rastro alguno de ella. La voz de Guille le devolvió de nuevo a la realidad.

GUILLE – ¿Dónde está la tita?

GUILLERMO – No lo sé. Debe estar buscándonos, pero… no le funciona el teléfono.

GUILLE – ¿Y qué vamos a hacer?

GUILLERMO – Le he dejado una nota. Ella vendrá aquí, y la leerá. Y entonces. Vendrá con nosotros.

GUILLE – ¿Nos vamos a casa otra vez?

El investigador biomédico reflexionó unos segundos. Su intención era la de irse con Jaime cuanto antes, pero su obligación era la de tomar la decisión que más conviniese al chaval. El viaje hasta Majaneh, en el mejor de los casos, les demoraría cuatro horas. Y habida cuenta de cómo estaban las carreteras, y cuántos controles policiales había por doquier, ello podría demorarse mucho, mucho más. Guillermo observó de nuevo su reloj de agujas. Pasaban cinco minutos de las seis de la tarde. En poco más de dos horas comenzaría a anochecer, y si se encontraba con un control policial pasado el toque de queda, tendría problemas serios. Muy a su pesar, tuvo que recular.

GUILLERMO – No, cariño. Nos vamos a ir a una casita de campo súper chula que hay en la sierra. Ya verás qué divertido.

Guillermo se notó revivir al ver un brillo de ilusión en los ojos de su hijo. Fue tan solo un instante, y enseguida recuperó su actitud mohína. El chaval se moría de ganas de preguntar si podían visitar a su madre en el hospital, donde Guillermo le había dicho que se encontraba, pero era tal el miedo que tenía que prefirió callárselo. Era muy pequeño, pero no era tonto.

El investigador biomédico le echó un último vistazo a la nota y a la pajarita que descansaba encima, y se llevó a su hijo fuera de la barraca en la que, contaba la leyenda, él fue concebido entre balas de heno y herramientas de labranza.

Al salir de nuevo al exterior, cerró la puerta para asegurarse que el viento no moviese el sobre. Entonces concluyó que había tomado la decisión correcta. El sol estaba ya en franco declive, y ya llevaban demasiadas horas yendo de un lado para otro. Desanduvieron el camino de tierra que habían tomado entre los campos de cultivo que la naturaleza había reclamado, llenándolo todo de malas hierbas, sin darse cuenta que eran escrutados por dos parejas de ojos felinos que no aprobaban su presencia.

Llegaron a la casa de campo de Jaime mucho más pronto de lo que Guillermo había previsto, mucho antes que anocheciese. El camino fue excepcionalmente tranquilo; demasiado incluso, pues a duras penas se cruzaron con un par de personas durante el trayecto.

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