3×1084 – Asalto

Publicado: 11/03/2017 en Al otro lado de la vida

 

1084

 

Centro de acogida a refugiados de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

Guille entreabrió los ojos. Por un momento le dio un vuelco el corazón. Era incapaz de recordar dónde se encontraba. El desagradable sonido de los ronquidos que lo envolvía todo enseguida le devolvió a la realidad. Bostezó con la boca abierta y los ojos cerrados, y dejó los pies colgando al borde de la cama superior de la litera que compartía con su padre.

Aún no había amanecido. Un rápido vistazo a su reloj analógico de muñeca, con la ayuda de aquella lucecita verde, le convenció que eso no tardaría en ocurrir. Faltaban unos minutos para las siete de la mañana. Esa noche había dormido de una sentada, pese a que él era especialmente proclive a despertar siempre que se producían disparos. Quiso convencerse que esa noche había sido distinta, que ningún infectado se había acercado al centro, pero se preguntó si realmente no estaría empezando a acostumbrarse, o si la falta de sueño de las noches pretéritas había acabado haciendo mella en él.

A través de las lonas de la carpa donde dormían los civiles supervivientes se podía ver con claridad la luz de aquellos altos focos iluminando el perímetro. No tardarían mucho en apagarlos, tan pronto la luz del alba lo inundase todo. Guille concluyó que ya había dormido suficiente, y que aunque lo intentase, no podría volver a pegar ojo. Además, tenía ganas de orinar, y le acompañaba la recurrente erección matutina, de modo que decidió acercarse a los servicios.

Antes de bajar el primer escalón se colocó la gorra que le había regalado su padre al poco de llegar a la casa de campo de Jaime, que había dejado colgada de la esquina derecha superior del esqueleto de la cama, junto a la almohada. Descendió lentamente, afianzando los pies descalzos a cada paso, y una vez abajo comprobó que su padre estaba dormido. Sus ronquidos se sumaban al coro que hacía tan complicado descansar. Guille miró en derredor y comprobó que, a excepción de un par de personas que hablaban entre sí en una cama junto a la entrada y a una mujer que leía un libro un par de camas más a derecha ayudada de una minúscula linterna, todo el mundo dormía, o al menos descansaba tumbado en su cama.

Guille se calzó las deportivas y caminó, intentando no hacer ruido, en dirección a la entrada de la carpa. Se sorprendió al descubrir que su avance atraía más de una mirada de algunos de los civiles que él había creído dormidos. Al pasar junto a las camas donde descansaban Genaro y su amigo Koldo, no pudo evitar ralentizar el paso. Ambos habían llegado mucho antes que él y su padre al centro de acogida, y en consecuencia disponían de camas individuales, y no aquellas feas e incómodas literas donde les había tocado dormir a ellos.

Guille se acercó a Koldo y descubrió que no estaba dormido. Pese a que tenía un año menos que él, aparentaban la misma edad, y tenían idéntica complexión, poco atlética y amante de la bollería industrial. Koldo estaba gimoteando con la cabeza hundida en su almohada, llorando sin duda la reciente pérdida de su madre. Guille sintió un pinchazo en el costado al rememorar aquella dramática escena que involucraba a la suya propia a su difunta hermana. Sin intención en disturbar su luto, Guille continuó su camino, con tan mala fortuna que le dio una patada a los pantalones de Genaro, que estaban tirados en el suelo. El sonido metálico de la hebilla del cinturón sorprendió a Koldo, que enseguida descubrió a su amigo a su vera.

KOLDO – ¿Qué haces tú aquí?

GUILLE – Hola. Iba… a mear.

KOLDO – Ah.

Koldo se limpió una lágrima de debajo del ojo izquierdo con el dorso del dedo índice, avergonzado. Guille se disponía a seguir su camino, pero se sintió mal y se acercó a la cama de su amigo, que se había sentado en el borde.

GUILLE – Es por tu madre, ¿verdad?

El niño intentó darle la réplica, pero la mandíbula inferior comenzó a temblarle incontrolablemente, y tan solo consiguió responder agitando sutilmente la cabeza arriba y abajo. Guille, sabiéndose el mayor de los dos, trató de consolarle, pero fue incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Él mismo había perdido a su madre hacía muy poco, y precisaba tanto como su reciente amigo de palabras de aliento. Lo que sí hizo fue ponerle una mano en el hombro, demostrándole su apoyo. Sin saber muy bien cómo había pasado, sintió cómo una lágrima recorría su mejilla e impactaba contra la pechera de su propia camiseta.

GUILLE – Mira.

Koldo levantó la mirada, aún gimoteando. Las noches, a diferencia de los días, en los que siempre tenían la cabeza ocupada en otros muchos quehaceres, brindaban demasiado tiempo para pensar, y ello, en los tiempos que corrían, siempre se traducía en lamentación por la pérdida. Guille se quitó la gorra que llevaba puesta y se la ofreció a su amigo. Carecía de las palabras necesarias para levantar el ánimo del muchacho, pero había escuchado en más de una ocasión elogiar tan insignificante complemento, y consideró que regalándosela podría conseguir apaciguar su maltrecho espíritu.

GUILLE – Toma.

KOLDO – ¿Me la das? ¿De verdad?

Guille asintió, con una media sonrisa en los labios. Había conseguido su propósito: el brillo de ilusión en los ojos de Koldo lo delataba.

KOLDO – Pero… ¿no era de tu padre?

GUILLE – Él me la dio a mí. Y yo te la doy a ti. ¿No decías que te gustaba?

KOLDO – ¡Mucho!

Koldo asió la gorra y la contempló entusiasmado, con la boca entreabierta y una sonrisa de oreja a oreja.

KOLDO – Uau. Es genial. Mira las letras, cómo están cosidas. Ésta es de las buenas, Guille. De las caras.

Guille se disponía a responderle, sacando a relucir la buena posición económica de su padre, pero no tuvo ocasión. De repente, todo se sumió en una oscuridad inquietante. Ambos muchachos se quedaron en silencio, mientras de fondo sólo se escuchaban cuchicheos y exclamaciones nerviosas. El silencio enseguida se rompió. Un par de personas comenzaron a dar voces al otro lado de la lona de la carpa, en un tono claramente hostil. Los disparos no tardaron en producirse, y acto seguido se escucharon gritos de lo que parecía incomprensión, ira y dolor, seguidos del rugido de unos motores de gasolina. Koldo se metió la gorra en el bolsillo del pantalón, temeroso de perderla, y llamó desesperado a su padre, entre lágrimas, al tiempo que notaba un calorcillo que se había vuelto demasiado familiar los últimos tiempos recorriéndole los muslos.

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