3×1085 – Límite

Publicado: 14/03/2017 en Al otro lado de la vida

1085

 

Centro de acogida a refugiados de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

Guillermo se limpió la sangre de la frente con el dorso de la mano, evitando que ésta le entrase en los ojos. Respiraba agitadamente por la boca, y tenía tanto miedo que temía que le flaqueasen las piernas. Pero ahora no era momento de titubear. Del éxito de su empresa dependía su vida, y aún más importante, la de su hijo, de modo que no se lo pensó dos veces y accedió a toda prisa de vuelta a la nave donde hasta hacía escasos cinco minutos había estado durmiendo a pierna suelta.

Al entrar frenó de golpe, contrariado. La oscuridad ahí dentro era abrumadora. El fuego cruzado y los gritos que provenían del exterior no hacían si no dificultar aún más su misión. Distinguió al menos una docena de personas ahí dentro, pero con tan poca luz resultaba imposible distinguir si se trataba de supervivientes o infectados. Respiró hondo, consciente que no podía dar un paso en falso, y se dirigió prácticamente a tientas hacia su litera, escogiendo una ruta que evitase cualquier contacto humano.

Le castañeaban los dientes y sentía un frío antinatural en la punta de los dedos de manos y pies. Por fortuna, su presencia no había atraído a ninguno de los demás ocupantes de la nave. Dos de ellos habían huido en dirección contraria, sin duda al confundirle con un infectado, el resto seguían donde les había descubierto en primera instancia, y había dos arrodillados, en el extremo opuesto, enfrentados el uno al otro, haciendo Dios sabría qué.

Tras más de un tropezón, un buen golpe en la espinilla izquierda y con el corazón luchando por salírsele del pecho, finalmente consiguió dar con lo que buscaba. Abrió la cremallera a toda prisa, y hundió su mano en el interior de la maleta, buscando a tientas la ansiada llave de su Audi. Para su sorpresa, fue lo primero que encontró. El llavero de forma esférica al que estaba unida la llave resultaba inconfundible. Con una media sonrisa en la cara, se metió la llave en el bolsillo del pantalón y se dio media vuelta. En ese mismo momento los focos del perímetro volvieron a encenderse, devolviéndole el don de la visión. Bien hubiera preferido seguir a oscuras.

La infectada estaba a un par de literas de distancia de él y le observaba curiosa. Pese a que no era capaz de recordar su nombre, la reconoció perfectamente: era la mujer que servía la comida en la cantina. Un rápido vistazo en derredor le convenció que no corría peligro. Siempre y cuando consiguiese despistar a aquella mujer, que parecía haberle escogido como su nuevo divertimento.

La infectada levantó el mentón y emitió un ruido gutural, similar al de los cabreros del norte del país. Guillermo notó flaquear las piernas al verla dirigirse hacia él. Su primera reacción fue la de huir, pero se sorprendió agarrando la cama inferior de la litera que hasta hacía tan poco había compartido con su hijo, contrariado por su ligereza, y lanzándola en dirección de quien pretendía ser su verdugo. La litera volcó e impactó de lleno contra la infectada, abatiéndola y haciendo que golpease su nuca fuertemente contra el suelo. Guillermo no se lo pensó dos veces y huyó de vuelta a la entrada mientras la infectada, aturdida por el golpe, trataba torpemente de quitarse la litera de encima.

Su visión perimetral le permitió descubrir qué hacían aquellas dos personas arrodilladas. Estaban alimentándose del interior del estómago de un octogenario al que habían quitado los pantalones y desgarrado la camiseta. Había sangre por todos lados y el olor a heces de los intestinos que masticaban con dientes que la evolución hacía milenios que había destinado a otros propósitos llegaba hasta ahí. Por primera vez desde que empezase esa pesadilla se puso realmente en la piel de Genaro, y tomó consciencia de la repercusión de sus actos. Todo cuanto estaba ocurriendo era su culpa, y si no hacía nada por remediarlo, pronto sería una víctima más de esa locura.

A pocos metros de llegar de vuelta a la entrada de la nave Guillermo descubrió apesadumbrado el cadáver del pequeño Koldo, el amigo de su hijo, tumbado de costado en el suelo, junto a su cama. Lucía una herida de bala en la mejilla izquierda, con orificio de salida sobre la oreja opuesta. No aminoró el paso, pero notó cómo se le encogía el estómago. Al salir tuvo que frenar en seco, al ver cómo dos personas se le cruzaban por delante a una velocidad pasmosa. Uno de ellos era un adolescente que gritaba pidiendo auxilio, perseguido de cerca por un infectado que no tendría ni siete años.

Guillermo trató de ignorar toda la información que le llegaba a través de tres de sus cinco sentidos. El repiqueteo incansable de las armas de fuego y los gritos de toda índole luchaban por hacerle perder el juicio, pero había llegado demasiado lejos para venirse abajo ahora. Había cadáveres por todos lados, sangre, olor a pólvora y el penetrante sonido del llanto infantil que lo envolvía todo. Corrió entre la muchedumbre en busca de Guille, rezando en silencio por que el chico siguiese de una pieza.

No tardó en llegar a la zona de los lavabos. En el espacio entre dos de las letrinas asomaban tres cuerpos: el de un niño, boca abajo, y los de dos adultos con heridas de bala en torso y cabeza, encima del primero, que le ocultaban torpemente. Estaban exactamente igual que él los había dejado hacía escasos dos minutos. Tan pronto Guillermo agarró uno de los cadáveres que había colocado burdamente sobre su hijo para hacerle pasar por un cadáver más frente al resto de infectados, el niño comenzó a gritar como si le hubieran apuñalado. El investigador biomédico trató de calmarle y le ayudó a incorporarse. Guille estaba empapado de sangre, tenía ambas fosas nasales llenas de mocos y no paraba de llorar. Le agarró del antebrazo y tiró de él para alejarle de ahí.

Padre e hijo, cogidos de la mano, pasaron sobre la porción de valla que los atacantes habían echado abajo con aquellos robustos vehículos blindados, con la única intención de hacerse con el extensísimo alijo de suministros del ejército que había servido de alimento a todos los habitantes del centro de acogida desde su creación. Por fortuna, se encontraban en el extremo opuesto, y tan solo pudieron escuchar de fondo el ruido del fuego cruzado entre quienes defendían tan preciado bien y quienes pretendían a toda costa hacerse con él.

Al pasar junto a uno de los autobuses, Guillermo vio que sus ocupantes se habían agolpado en la parte trasera, atropellándose unos a otros. Los pocos que no estaban tan aplastados contra asientos y ventanas para poder siquiera moverse, trataban en vano de romper alguno de los cristales para huir, golpeándolos con los nudillos desnudos. Media docena de infectados habían conseguido entrar, convirtiendo el interior del vehículo en lo más parecido al infierno. Ello no hizo si no convencer a Guillermo que su decisión había sido la correcta.

No tardaron en llegar a lugar donde hacía poco menos de una semana habían aparcado el coche. El azar había sido generoso, y no había querido que ningún infectado se cruzase en sus caminos. Guillermo sintió un arrebato de orgullo al recordar que no había vaciado el maletero, de modo que ni él ni su hijo pasarían hambre los días venideros. Aún a la carrera, presionó reiteradamente el botón que desbloqueaba las puertas, provocando un par de ráfagas de los cuatro intermitentes, y ordenó a su hijo que entrase. Él hizo lo propio y arrancó el motor, con el pie hundido en el pedal del acelerador.

Padre e hijo abandonaron aquél cruento campo de batalla, ignorantes que pocas horas más tarde, cuando el caos ya hubiese sucumbido y una relativa calma se hubiese asentado de nuevo en el centro de acogida, Bárbara llegaría, en un autobús prácticamente idéntico al que acababan de dejar atrás, para descubrir que había vuelto a llegar tarde a su encuentro.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Se va aclarando todo, excelente capitulo. ¿cuando se infecta el niño? ¿como es que queda en ese estado?… tendré que releer, haber si olvide algo…
    Gracias David.

    • Al igual que a Bárbara (a la que recuerdo que aún queda un último flashback, pues todo lo que pasó desde que confunde a Koldo con su sobrino, al encontrar en su bolsillo la gorra de Guillermo y desde ahí hasta que acaba en el ataúd aún no ha sido narrado), a Guillermo aún le quedan varios tramos más de flashback (unos 4 creo recordar). Guille, en la etapa actual, aún no está infectado. En los próximos flashbacks se explicará todo lo que ocurre desde este capítulo hasta el momento en el que él y Bárbara se reencuentran definitivamente, infección de Guille incluida. ¡Espero haberte podido ayudar! 🙂

      David.

      • Angela dice:

        Excelente como siempre, si recuerdo perfecto cuando cree que por la gorra es su sobrino…. muero de ganas de saber porque termino en un ataúd, seguiré esperando, jeje
        Cuando lo pondrás a la venta? ya quiero tenerlo en mi biblioteca…
        Mil gracias por hacer mi lectura tan entretenida.

        • Tan pronto acabe y revise el tercer tomo, lo pondré a la venta. Por ahora lo que estoy haciendo es colgar los capítulos a medida que los escribo, tras una rápida revisión. Estáis leyendo la beta original. El definitivo no variará prácticamente en nada, más que una corrección de estilo y de gramática, mucho más acusada si consigo que un editor profesional le de un buen viaje.

          David.

  2. Drock9999 dice:

    Apenas acabo de leer este capitulo. Aqui en Colombia acaba de nacer el dia y yo leo esto y me digo:
    -Vaya forma de empezar el dia, con un anciano devorado y un niño de 7 años abaleado-

    David, eres el puto amo. Consigues hacer todo demasiado visual. Y para alguien como yo, que mientras lee recrea las imagenes en su cabeza, esto tiende a ser, en el caso de tu magistral novela, bastante traumatico.

    Aunque lo que mas me trauma es no tener ya el final. Pero lo bueno se hace esperar. Saludos! 😉

    D-Rock.

    • Gracias por tus generosas palabras, lord D-Rock. Siempre intento exponer la narración del modo más visceral, intentando que entren en juego todos los sentidos posibles y que el lector se sienta inmerso en la misma. Y… en estos casos en los que el frenesí, el miedo y la repugnancia hacen acto de presencia, es donde más disfruto a ese respecto. xD
      Quedan ahora ya sólo cuatro arcos argumentales antes que la trilogía concluya. A cada cual más frenético (y confío inesperado y sorpresivo). De aquí un par de semanas, el 1 de abril, hará diez años que empecé con esta hercúlea empresa. Con casi 4500 páginas a las espaldas, y tras todo este tiempo, yo también deseo acabar cuanto antes, aunque sé que luego lo echaré de menos. Y mucho. Por fortuna, tengo varios proyectos literarios más en la parrilla de salida. 🙂 Un poquito de paciencia más, que ahora viene todo el almíbar. xD

      David.

      • Drock9999 dice:

        Apreciado Lord Villahermosa:

        10 años? Yo me tope por accidente con AOLDLV hace ya 6 años, debo aceptar que sigo tan enamorado de Barbara como al principio.
        Las escenas viscerales, descriptivas y graficas me encantan, aun cuando llegan a generarme trauma, como cierto chiquillo de quien apenas quedo la cabeza, pero enhorabuena por ellas.
        Ya se ven de a poco las orejas del lobo. Lentamente el telon cae y la noche se cierra sobre AOLDLV. Pronto todas las preguntas tendran su respuesta y un nuevo dia nacera, posiblemente, AOLDLR.

        D-Rock.

        • 10 largos años, algunos más fructíferos que otros, pero siempre constante, y a buena honra. Este es sin duda el mayor proyecto literario que haré jamás (en cuanto a envergadura), y no quiero escatimar ni un ápice, por más que se demore. Cuando acabe nos quedará ese regusto agridulce, pero los proyectos que tengo preparados para luego… son canela fina. xDD

          David.

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