3×1086 – Conciencia

Publicado: 18/03/2017 en Al otro lado de la vida

XXII. MORGAN

No todos los héroes llevan capa

1086

Costa meridional de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Morgan escupió por enésima vez, notando aquél desagradable sabor a salitre en la boca, tomando una gran bocanada de aire a continuación, lo cual le provocó un pinchazo de dolor en el costado. Un hilillo de saliva le colgaba del pelo de la descuidada barba, pero enseguida se desprendió e impactó contra el húmedo suelo. Frunció ligeramente el ceño al observar el esputo, de un color vagamente rosáceo. Estaba arrodillado entre las raíces de algo parecido a un manglar mediterráneo, pero sobre tierra firme. El ir y venir del oleaje le mojaba los aún empapados pantalones. Le dolía todo el cuerpo y aún no daba crédito a cómo había conseguido llegar hasta ahí de una pieza sin que las fuerzas le abandonasen definitivamente. No recordaba haberse encontrado peor en mucho tiempo. Sentía como si aquél sobreesfuerzo hubiese consumido la mayor parte de las pocas horas de vida que con algo de suerte aún le debían quedar.

Tras la amarga despedida de la pequeña Zoe, a quien, con mucha diferencia, más echaría en falta de entre todos los integrantes del inepto grupo al que había salvado de las garras de la inanición y la deshidratación en alta mar, y tras el infructuoso y vergonzante intento por quitarse la vida en el mismo camarote en el que había privado a Salvador de la suya hacía tan pocos días, Morgan había huido con el rabo entre las piernas, incapaz de afrontar su destino. No le resultó tarea fácil, y menos en su delicado estado de salud, escurrirse por aquella estrecha ventana. Fue una decisión precipitada e irreflexiva, poco propia de él. En cualquier caso, en esos momentos se encontraba tan mal física y emocionalmente, que no pensó en las consecuencias de sus actos. Estaba demasiado asustado y avergonzado. Por fortuna, nadie reparó en él. El barco siguió su avance imparable hacia aquél paraje idílico, y él comenzó a nadar en la diagonal opuesta a la que se dirigía el navío, lenta y dificultosamente, con idéntico destino.

Por fortuna, la propia marea, bastante más violenta de lo que la estancia en el barco parecía indicar, le ayudó bastante en dicha empresa. Temeroso de ser avistado por quienes dirigían el barco hizo la mayor parte del trayecto buceando, asomando tan solo para tomar un corto trago de aire para acto seguido continuar dirigiéndose a tierra bajo el agua. Contó el tiempo transcurrido entre cada salida a la superficie y la subsiguiente nueva zambullida, y se sorprendió sobremanera al comprobar que podía aguantar la respiración casi hasta minuto y medio. Pronto su miedo por ser descubierto se desvaneció, a medida que la distancia que le separaba del barco iba aumentando.

Había alcanzado tierra firme en una zona de espesa vegetación y nudosas raíces, desde donde nadie podría ya descubrirle. Desde ahí, ni siquiera él mismo podía ver el barco; tan espesa era la vegetación que le circundaba. Tan pronto las arcadas remitieron Morgan se echó de espaldas al suelo, encajando su cuerpo entre las raíces, y descansó mirando el azul del cielo entre las copas de los árboles.

Perdió la noción del tiempo mientras se recuperaba tumbado en el suelo, ensuciando aún más su maltrecho uniforme de policía. Bien podrían haber pasado pocos minutos o una hora entera, cuando se encontró con espíritu suficiente para levantarse. Sus antiguos compañeros no tardarían mucho en llegar a tierra firme, si es que no lo habían hecho ya, y él quería robarles un último vistazo antes de dar el siguiente paso.

Con bastante más dificultad de la que esperaba, y tras emitir un quejido de anciano artrítico, Morgan se levantó. Se palmeó la espalda y el trasero para librarlo de tierra, y caminó lenta y parsimoniosamente de vuelta a la zona por la que había accedido a aquella especie de manglar. No hizo falta siquiera que el agua marina le alcanzase las rodillas antes de descubrir algo que le obligó a soltar un exabrupto.

MORGAN – ¡La madre que los parió!

Desconocía cómo, pero en el poco tiempo que hacía que les había abandonado se las habían ingeniado para hundir el barco, del que ahora ya tan solo se distinguía una pequeña porción del mástil, que se había partido por la mitad durante el hundimiento, amén de un pedazo de vela mojado y hecho un ovillo. Los seis tripulantes iban a bordo del bote salvavidas, donde además se veía algún que otro bulto: con toda seguridad lo poco que podrían haber salvado del hundimiento. Bárbara y Carlos remaban, mientras el resto se limitaban a dejarse llevar, en silencio.

Morgan comenzó a reír, negando ligeramente con la cabeza durante el proceso. Estaba claro que aquél heterogéneo grupo de supervivientes no estaba preparado para la dura etapa que se cernería sobre ellos tan pronto llegasen a tierra firme. No obstante, él había hecho todo cuanto había estado en su mano para ofrecerles un destino mejor que el que les esperaba en la península o en alta mar. Había hecho mucho más de lo que le correspondía: en adelante, deberían buscarse la vida ellos solos.

El policía desanduvo sus pasos, temeroso de ser avistado, y comenzó a caminar isla adentro, sin saber muy bien cuál debía ser el siguiente paso a dar. Deambular por la isla hasta sucumbir definitivamente a la infección no entraba en sus planes, porque si sus sospechas se demostraban fundadas y tenía el mismo destino que Salvador, todo su esfuerzo por ayudarles se demostraría estéril. Cruel ironía del destino si él acababa siendo el verdugo de alguno de aquellos pobres ignorantes.

Caminó, haciéndose paso entre las raíces sobresalientes y los gruesos troncos de los árboles, hasta que finalmente alcanzó un claro. Frenó su avance y observó, con los brazos en jarras, la imponente perspectiva que le ofrecía Nefesh. Resultaba más que evidente que la infección no había llegado a esa isla abandonada de la mano de Dios, pues todo cuanto ésta le brindaba era una panorámica de naturaleza virgen inviolada por el hombre, un lugar incluso mejor que el archipiélago al que pretendían llegar cuando partieron de Iyam.

De entre todo cuanto vio desde aquél gran claro, lo que más le llamó la atención, con mucha diferencia, fue el imponente monte Gibah: el pico más alto de todo Nefesh. Guiado únicamente por su intuición decidió que ese debía ser su destino, y prosiguió en consecuencia su lento y pesado camino, alejándose cada vez más de sus compañeros.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Cruel ironía, ha terminado siendo verdugo de la persona a quién más quería… Un final muy triste para Morgan. Sobre todo para todos los qué nos “enamoramos” de este gruñón desde el primer momento.

  2. Drock9999 dice:

    La puta madre!

    MORGAAAAAAAAAAAAAAAANNNNN!!!!!!!!!!!!!

    Gracias, lord Villahermosa. Finalmente empieza lo que no queria pero que mas queria.

    D-Rock

  3. Whoopertrex dice:

    Por fin!!! Después de un poco de cosas irrelevantes, llegó lo que a la mayoria nos tenía con el pendiente! Grande Morgan!

  4. Yo mismo llevaba años deseando llegar a este momento. Verdad sea dicha, desde que abandoné a Morgan al hacerle caer del barco, su encaje en esta última etapa de la trilogía ha cambiado muchísimo, desde un papel meramente anecdótico a lo que ahora veréis, que… adquiere mucha más entidad. Pero… no adelantemos acontecimientos. Confío disfrutéis mucho este flashback y lo que está por venir. 😀

    David.

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