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Bosque de coníferas al sur de la isla Nefesh

21 de octubre de 2008

 

Morgan se asomó al barranco, con el brazo izquierdo aferrado con firmeza al tronco de aquél árbol que parecía desafiar las leyes de la física. La caída era mortal de necesidad. Más de quince metros verticales le separaban del nivel inferior: un canchal salpicado de grandes rocas afiladas que sin duda acabarían con sus huesos hechos pedazos. Llevaba ahí más de diez minutos, mirando hacia abajo, sin parar de darle vueltas a la idea que su mejor destino, dadas las circunstancias, sería el de dar un salto de fe y acabar de una vez por todas con esa lenta agonía.

El malestar que le había acompañado toda la madrugada y la mayor parte del día se había vuelto menos acusado durante la última hora, siendo sustituido por un agotamiento que le hacía parar cada pocos minutos a recuperar el aliento. Era incapaz de reconocerse en ese papel, y se sentía increíblemente impotente. El policía suspiró, apesadumbrado, consciente que no sería capaz de atesorar el valor suficiente para dar ese paso. Por más que sabía que eso era lo correcto, su instinto de supervivencia era aún mucho más fuerte que su sentido del deber, y acabó alejándose del barranco, a la búsqueda de otra vía por la que seguir su peregrinaje hacia el norte de la isla.

Durante las largas horas que duró su lento y pesado avance Morgan tuvo ocasión de reflexionar mucho sobre cómo debía actuar cuando el virus que corría por sus venas reclamase definitivamente su puesto y arrebatase a su cuerpo de la conciencia y la memoria, para convertirle en una de aquellas bestias carentes de alma. Por más que sabía que nada de lo que él hiciese iba a cambiar su destino, algo dentro de sí se negaba a creerlo, y por ello continuaba obstinado en seguir adelante, en parte por dejar cuanta más distancia posible con sus antiguos compañeros, y en parte por una noción insensata e irracional que le invitaba a pensar que si seguía caminando el tiempo suficiente, acabaría encontrando las respuestas que tanto ansiaba.

En más de una ocasión, durante sus cada vez más frecuentes paradas a descansar, se sorprendió mirando las dos marcas en forma de media luna que lucía en la parte interior del brazo, las mismas que Christian había descubierto hacía tan poco, tratando de convencerse que algo tan insignificante no podía acabar en cuestión de pocos días con cuarenta años de vida. Iba demasiado atrasado en su avance de las etapas del duelo, e incluso él mismo era consciente que a ese paso no llegaría a tiempo para la última: la aceptación. Pero ello no le impidió seguir adelante, aún sin saber siquiera hacia dónde se dirigía, aunque sólo fuese por llevar la contraria a su destino.

La elección de la ruta había sido fruto del más absoluto azar, y le permitió en todo momento conservar el don de la ignorancia al respecto del destino real de la isla, que distaba mucho de la idea que él se había formado en la cabeza de una tierra virgen, limpia y dadivosa, dispuesta a ofrecer sus dones naturales a quienes quisieran disfrutar de ellos. En ningún momento detectó herencia alguna de la colonización del hombre, pues se encontraba en una zona de muy difícil acceso y peor orografía, a la que ni siquiera los infectados que deambulaban lejos de la urbe, que no eran pocos, habían conseguido llegar desde que la infección se apoderase de la isla, hacía algo menos de tres semanas.

Esa falsa sensación de seguridad y éxito le reconfortó sobremanera al convencerse, cada vez más, que sus antiguos compañeros de viaje sí tenían una oportunidad real de sobrevivir, y que en consecuencia él había tenido éxito en su empresa de llevarlos a buen puerto. Sin embargo, ello contradecía de raíz su propia condición: si quería que Zoe y compañía tuviesen posibilidades de permanecer con vida a largo plazo en la isla, él debía desaparecer de la ecuación, porque de lo contrario todo su esfuerzo acabaría demostrándose estéril, si él mismo, en contra de su voluntad, acababa atacándoles.

Todos esos fantasmas revoloteaban sin parar su atribulada cabeza, haciéndole sentir un egoísta y un loco ingenuo. Se sorprendió también en varias ocasiones recordando con una tímida sonrisa en los labios a Sofía, su dulce chocolatina. Sentía que cada vez estaba más cerca de ella, y que si realmente Dios existía, tal como le habían adoctrinado desde que nació, pronto se reuniría con ella. Desde que descubriese el funesto destino que había sufrido su esposa, él había estado convencido que Sofía había sido una cobarde, limitándose a escoger el camino más fácil, para no tener que lidiar con los horrores de la vida tras el Apocalipsis en su ausencia. Ahora, su percepción era diametralmente opuesta. Él mismo se había enfrentado cara a cara con la muerte en más de una ocasión, retándola a cara de perro, y a diferencia de ella, él nunca había atesorado el valor suficiente para llegar hasta el final.

La noche acabó cerniéndose sobre él mucho antes que alcanzase su destino. Si su estado de salud hubiese sido el óptimo, quizá podría haberlo conseguido, pero Morgan estaba cada vez más débil. Acompañado por la luz de las estrellas y el reflejo de la luz solar en la luna en su cuarto menguante, continuó cerca de media hora más tras la puesta de sol, respirando pesadamente por la boca, negándose a aceptar que no podía seguir así eternamente. Tal era su nivel de agotamiento que llegó un momento en que no pudo soportarlo más, y decidió tumbarse entre unos arbustos, a descansar las piernas y la vista. Se prometió que serían tan solo unos pocos minutos, y que tan pronto recuperase un poco de fuerza, se levantaría de nuevo y seguiría adelante entre las sombras y los ruidos de la noche. Ni siquiera el frío nocturno consiguió evitar que se quedase profundamente dormido.

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