Archivos para abril, 2017

3×1097 – Provee

Publicado: 29/04/2017 en Al otro lado de la vida

1097

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

En la nave reinaba un relativo silencio sólo mancillado por el eco de eventuales mordiscos, eructos, ventosidades y algún que otro gemido aislado. Ya hacía cerca de una hora que había dejado de llover, motivo por el cual Morgan decidió abandonar la que fuera su prisión nocturna. El frenesí de violencia y horror ya había pasado a la historia, y aunque todavía había más de cien infectados ahí dentro, el lugar parecía otro.

Morgan pisó la abollada puerta metálica, provocando un ruido que hizo que algunos de sus semejantes se girasen en su dirección. El policía siguió adelante como si nada, y ellos prosiguieron con sus quehaceres, ignorando por completo su presencia. Algunos de los infectados estaban alimentándose de los cadáveres de quienes habían perecido durante la refriega de la jornada anterior. Muchos de ellos estaban desmembrados, y alguno que otro todavía conservaba la vida, implorando clemencia con la voz quebrada. La mayoría, no obstante, dormían, aprovechando el techo que les ofrecía a un tiempo protección frente a la lluvia y sombra de los rayos de luz del amanecer que emergían tímidos de la línea del horizonte.

El policía se adentró aún más en la nave, sin ningún tipo de prisa, arrastrando los pies. La cantidad de sangre que había por el suelo hacía virtualmente imposible llegar a la pared opuesta sin mancharse sus ya dos pies descalzos. La cuerda que llevaba anudada a la cintura enseguida se empapó en el líquido carmesí de docenas de vidas arrasadas en cuestión de minutos. Tuvo que sortear un gran charco de agua que se había formado por las goteras tras la tormenta de la noche anterior, y pasó junto a una pareja de infectados que estaba practicando sexo salvaje, en una curiosa versión de la postura del misionero. Un japonés de unos cincuenta años y una niña que a duras penas debía tener nueve o diez años. Eran de los pocos que tenían los genitales libres de ropa, y no dudaron en aprovechar la oportunidad, ajenos por completo a las miradas de sus semejantes y a cualquier atisbo de impedimento moral.

El olor ahí dentro hubiese resultado prácticamente insoportable para cualquier hijo de vecino, pero Morgan, pese a tener muy buen olfato, no le dio importancia alguna. Era el olor de la vida: sangre, sudor, orín y heces. Nada que él miso no hubiese excretado en infinidad de ocasiones desde su renacimiento, nada a lo que él mismo no apestase desde hacía semanas.

Llegó hasta la mitad de la nave, sorteando sillas, mesas y sacos de dormir. Se plantó frente a una mujer que se arrastraba lastimosamente por el suelo, en dirección a la entrada. A juzgar por la marca lineal de sangre que había dejado en el suelo durante su avance, ya había recorrido más de la mitad de su trayecto. Tenía las dos piernas rotas y le faltaba el brazo izquierdo a la altura del codo. No había rastro de él. Tenía el cuerpo entero lleno de cardenales y heridas de mordiscos que se habían llevado grandes pedazos de carne. La pobre mujer se arrastraba con el otro brazo, muy lentamente, teniendo que dedicar un buen rato a recuperar fuerzas y a respirar hondo a cada pocos centímetros de avance.

El policía miró a lado y lado, como si fuese a cruzar una calle, temeroso que de nuevo alguien tratara de privarle de su presa. Sus semejantes estaban ocupados en otros quehaceres: difícilmente tendría competencia en esta ocasión. Sin pensárselo dos veces, Morgan agarró a la mujer de la cintura, lo que provocó un grito sordo del más absoluto sufrimiento. Se la acomodó sobre el hombro, cual saco de patatas, y dio media vuelta, observando con curiosidad la actividad de los demás infectados. Nadie echaría en falta ese pedazo de carne con todos los cadáveres que había desperdigados por doquier. Todos estaban más que ahítos y ahora lo que tenían era sueño.

Morgan se llevó la mano izquierda a los ojos, entrecerrados, al salir de nuevo al exterior. Jamás se acostumbraría a esa transición. El sol había sobrepasado ya la línea del horizonte, y todo apuntaba a pensar que la tormenta se había ido para no volver. Aquella mujer no paraba de suplicarle que la dejase ir, con un hilillo de voz. Al principio le golpeó la espalda, con las pocas fuerzas que le quedaban, agitándose, tratando en vano de liberarse. El policía ni se inmutó. Arrastrado por la inercia y la intuición, sin pensarlo demasiado, lo que hizo fue volver sobre sus pasos, literalmente, hasta que llegó de nuevo a la lavandería. Ricardo había estado durmiendo durante su ausencia, pero al escucharle entrar, inició de nuevo su ritual de gritos para tratar de espantarle, lo que hizo que el policía pusiera los ojos en blanco.

Morgan agarró a la mujer que llevaba a cuestas de la cintura, caminó hasta quedar a medio metro del hiperactivo niño, y la dejó caer al suelo con un sonoro golpe. Para su sorpresa, Ricardo se tranquilizó un poco, sorprendido por lo que acababa de ocurrir. El policía emitió un gruñido, mirando fijamente a los ojos encharcados en sangre del niño, se dio media vuelta y se acurrucó en una esquina, entre la puerta del lavabo y una de aquellas lavadoras industriales. Ricardo le siguió con la mirada. Morgan emitió un sonoro bostezo, con la boca bien abierta, cerró los ojos y se abandonó al sueño. Llevaba demasiado tiempo sin dormir, y estaba agotado.

Ricardo centró su atención en la mujer que tenía delante, que seguía con vida, pero ya no tenía espíritu siquiera para continuar arrastrándose. Seguía pidiendo clemencia, con algo más parecido a un susurro que una voz, implorando al niño que no le hiciese daño. Ricardo no comprendió una sola palabra de lo que decía aquella mujer, e hizo lo que le correspondía hacer, sin atisbo alguno de maldad. Eso era para lo que estaba programado en esa nueva etapa de su vida, lo que sentía que debía hacer para sobrevivir, y sí, sintió algo de placer al hincar sus dientes en la carne fresca y notar el estallido de sabor en las papilas gustativas.

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Periferia del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de noviembre de 2008

 

Morgan se golpeó la sien con la palma de la mano repetidas veces, mientras emitía algo a medio camino entre un gruñido y un gimoteo. El estridente sonido de la tormenta, con una violenta lluvia intercalada por ensordecedores truenos, lo inundaba todo. Le estaba sacando de quicio. Ni el mayor banquete de carne fresca imaginable le habría convencido para salir de nuevo a la calle en esos momentos. No era tanto el hecho de mojarse, que buena falta le hubiera hecho, a juzgar por el olor que se desprendía de su maltrecha y ajada ropa, ni siquiera era el ruido de los truenos, pues pese a que le incomodaban sobremanera, tan pronto se extinguían los olvidaba y pasaba página: el motivo de su recelo era el miedo a lo desconocido. Su joven mente de infectado no concebía que cayera agua del cielo, y la idea que esa misma agua le tocase le resultaba intolerable, hasta el extremo de que el mero sonido de una caída del agua, incluso en ausencia de lluvia, le hubiese hecho cambiar de rumbo.

Morgan estaba de pie en mitad de la lavandería, mirando hacia la calle, en la que se había formado un pequeño riachuelo con toda el agua que se había acumulado en tan corto período de tiempo. Detrás de él, el cadáver de Ricardo, hecho un cuatro en el suelo. Ya no sangraba. El policía estaba deseoso de hincarle el diente a su presa, pero algo le decía que el momento no era el adecuado. No estaba lo suficientemente hambriento tras el banquete de esa misma mañana, el sonido de la tormenta le impedía concentrarse en su tarea, y además, el hecho que el niño no tratase de defenderse le restaba gran parte del interés. Si hubiese intentado huir, Morgan no lo hubiese dudado dos veces antes de agarrarle y comenzar a zarandearle y golpearle, pero el niño llevaba ya un buen rato muerto.

Sin previo aviso, Ricardo resucitó. Morgan se dio media vuelta y le observó, pero apenas se inmutó: algo había aprendido desde su propio renacimiento.

A diferencia de quienes enferman lentamente tras ser mordidos, como el propio policía, el niño había muerto estando en plenas facultades físicas y mentales, aquejado tan solo de una pérdida de sangre incompatible con la supervivencia. El virus que accedió a su cuerpo a través del mordisco que había recibido en la axila sirvió a un tiempo para cortar dicha hemorragia y para devolverle de entre los muertos. El virus en sí mismo quizá no hubiese podido llevar a cabo tan hercúlea tarea: fue su reacción con los componentes de la vacuna que el chico había recibido a los pocos días de nacer lo que permitió el milagro.

Morgan se acercó a él, dubitativo, mientras el chico se incorporaba, como si acabase de despertar de una simple siesta. Ricardo parpadeó un par de veces, cerrando con fuerza los ojos, de un color que delataba que para él ya no había marcha atrás. Aún le costaría unos minutos adaptarlos a la luz que entraba por el escaparate de la lavandería. Morgan le observaba en silencio, sin mover un músculo, ignorante de cuál debía ser su siguiente reacción. No acababa de comprender lo que había pasado, pero a esas alturas ya había asumido que no debía atacarle, por su propio bien.

El niño trató de ponerse en pie, pero al apoyar la pierna derecha en el suelo, ésta se le dobló hacia un lado a la altura a la que la tenía partida, y cayó de nuevo al frío suelo. Morgan trató de acercarse a él, y entonces el niño comenzó a gritar, asustado. Cualquiera que le hubiese oído sin poder verle, bien podría haber jurado que le estaban prendiendo fuego, a juzgar por aquellos alaridos. En cualquier caso, sirvieron para que Morgan se lo pensase dos veces, y se limitase a dar un paso atrás, contrariado. Una vez estuvo convencido que el policía no se acercaría a hacerle daño, el niño se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a gimotear, como un perro abandonado. Morgan se limitó a tragar saliva. Echó un vistazo hacia atrás, hacia la calle. Abandonarle no era una opción en esos momentos, con semejante tormenta, y la lavandería no tenía ninguna otra vía de escape.

El policía tomó asiento en el suelo y apoyó la espalda contra una de aquellas enormes lavadoras. No perdía de vista al niño, y éste no le perdía de vista a él. Se trataba de un duelo silencioso. En hasta tres ocasiones trató de acercarse a él, y lo único que consiguió fue que Ricardo entrase de nuevo en aquél trance de pánico, vociferando incoherencias al tiempo que se hiperventilaba, lo que irremediablemente obligaba al policía a alejarse de nuevo. Así estuvieron durante varias horas, después incluso de la puesta del sol, ambos despiertos, sin perderse de vista el uno al otro, mientras la tormenta seguía azotando la isla sin piedad.

Morgan estaba dando cabezadas, sentado de espaldas al mostrador. A cada nuevo trueno levantaba la vista, sorprendido, para entrar de nuevo en idéntica rutina. Tenía mucho sueño, pero no estaba dispuesto a dormirse con aquél ser en la misma estancia que él. Ricardo se había pasado la última hora masajeándose y dándose tirones en el hombro, hasta que finalmente consiguió devolverlo a su posición inicial. Con la pierna no lo tendría tan fácil. En ese momento estaba distraído, con la mirada perdida en el suelo bajo sus pies, respirando con lentitud por la boca. Morgan tenía la barbilla apoyada en el pecho, luchando por mantener abiertos los párpados. Fue en ese momento cuando una descomunal explosión que hizo temblar los cimientos del edificio en el que se estaban refugiando de la tormenta hizo que ambos se pusieran en alerta. Morgan y Ricardo se miraron mutuamente, incapaces de comprender lo que acababa de ocurrir.

El ruido de la explosión marítima no tardó en extinguirse, pero el niño comenzó a gemir de nuevo, asustado. El policía se puso en pie, totalmente fuera de lugar, lo que provocó una nueva crisis de ansiedad en el chico. Morgan, con la cabeza gacha entre los hombros, miró de nuevo hacia la calle. Para su sorpresa, todo seguía exactamente igual. Con bastante peor cuerpo, ocupó de nuevo su lugar. En esta ocasión le costó menos mantenerse despierto, con todos aquellos gritos y gemidos asustados sumándose al de la tormenta.

3×1095 – Caza

Publicado: 22/04/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de noviembre de 2008

 

El caos dentro de la nave resultaba abrumador. Su escala cogió a Morgan por sorpresa. El local era mucho mayor de lo que aparentaba visto desde fuera. El policía quedó inmóvil en mitad del paso, dificultando aún más la supervivencia a las docenas de personas que trataban desesperadamente de salvar la vida evitando ser atrapados por los infectados que aquél chico había liberado, corriendo de un lado a otro cual pollo sin cabeza. No había otra vía de escape que esa puerta echada abajo, lo cual convertía al lugar en una ratonera. Morgan no se lo pensó dos veces y se unió a la fiesta.

Pese a su falta de experiencia, no le costó demasiado diferenciar a sus semejantes de sus víctimas potenciales. Al igual que el dimorfismo sexual permite al común de los mortales distinguir si la persona que tiene delante es hombre o mujer, los infectados disponían de un sentido similar, que les permitía diferenciar a quienes habían resultado infectados como ellos de los que no. Él centró su atención en quienes, de manera evidente, trataban de evitar ser cazados, guiado en parte por la intuición, el olfato y ese extraño sexto sentido, que se agudizaría a medida que fuese madurando, llegando a un punto que incluso a centenares de metros de distancia le permitiría saber si le convenía o no proceder al ataque.

Se fijó en una mujer que estaba arrodillada junto a un niño de unos ocho años, protegiéndole con su propio cuerpo. Su mirada asustada y el hecho que fuese la única persona, junto con el niño, que no estaba en pie formando parte de aquella danza macabra, acabó de convencer a Morgan que ella debía ser su próximo objetivo.

El policía corrió en dirección a la mujer, notando a un tiempo cómo un hilillo de saliva le corría por la descuidada barba a medida que avanzaba a toda velocidad. Poco antes que tuviese ocasión de alcanzarla, otra infectada se la llevó por delante, embistiéndola con violencia desmedida, haciéndola rodar por el duro y frío suelo de cemento. Aquella pobre mujer, que no pretendía más que proteger a su hijo herido del ataque de los infectados, se dio un fuerte golpe en la cabeza, quedando aturdida. No tuvo siquiera ocasión de incorporarse antes que la infectada se le echase encima y comenzase a abofetearla, para acto seguido agarrarla del pelo y golpear su cabeza contra el suelo una y otra vez, en un rito extático, dejándola inconsciente para acto seguido partirle el cráneo y comenzar a alimentarse de la carne blanda de su cuello, formando un surtidor de sangre que manchó a otro infectado que pasaba cerca.

Morgan frenó su avance y se quedó parado frente al chico, que gimoteaba llamando a su madre, incapaz de levantarse. Su nombre era Ricardo, y le faltaban un par de meses para cumplir los ocho años. Otro de los infectados le había atacado, con tan mala fortuna que le había partido la pierna derecha, de la que sobresalía un bulto alrededor de una mancha que se iba tornando lilácea a ojos vista. Tenía la tibia partida y un feo mordisco en la axila del que no paraba de manar sangre. Por fortuna, su atacante había encontrado otra víctima más apetecible y le había abandonado, justo a tiempo de ser atendido por su asustada madre, a la que el ataque le había sobrevenido haciendo la colada en el extremo diametralmente opuesto de la nave. Morgan estaba más que dispuesto a poner fin a lo que él había empezado.

El policía le alcanzó, y Ricardo le miró fijamente a los ojos, con los suyos anegados por las lágrimas, mientras miraba por el rabillo del ojo a su madre moribunda. Morgan le agarró del hombro. Se disponía a hundir sus dientes en la carne blanda de su pecho, mientras el niño trataba en vano de apartarle de sí, consciente de lo que vendría a continuación, cuando otro infectado le agarró del brazo opuesto, tratando de arrebatárselo. El policía gruñó, visiblemente molesto, y tiró con más fuerza del chico, dislocándole el hombro en el acto. Ricardo perdió el conocimiento debido al intenso dolor. Cada vez estaba más pálido por la ingente pérdida de sangre a la que estaba siendo sometido.

Ambos infectados se pelearon por el chico inconsciente, hecho un guiñapo, zarandeándolo con violencia, gritándose el uno al otro en aquél idioma ininteligible. Morgan era mucho más fuerte, más alto y estaba en mucha mejor forma, pese al evidente deterioro de su estado físico en esa nueva etapa de su vida. El otro infectado acabó dándose por vencido y decidió seguir probando suerte con algún otro de los supervivientes que corrían de un lado para otro. Tenía muchos entre los que escoger.

Morgan agarró al chico, incluso con cierta delicadeza, del mismo modo que el marido lleva en brazos a su esposa al nido conyugal el día de la boda, y comenzó a desandar sus pasos. No quería que nadie le volviese a molestar, y ahí dentro, con semejante jaleo, eso le iba a resultar misión imposible. Esa era su primera víctima real, y quería disfrutar de esos treinta kilos de alimento con tranquilidad y serenidad. Con la cabeza del chico apoyada en su hombro, Morgan pasó otra vez por encima de la puerta abollada y entrecerró los ojos al notar de nuevo aquél intenso brillo. Un relámpago le obligó a cerrar los ojos, y el sonido del trueno que vino a continuación le hizo estremecer y apurar aún más el paso.

Caminó con el chico en brazos durante cerca de cinco minutos, hasta que el griterío que provenía de la nave no fue más que un leve susurro que bien podía confundirse con el del fuerte viento que se había levantado. Encontró lo que buscaba prácticamente al mismo tiempo que empezaban a caer las primeras gotas de una lluvia que se prolongaría durante horas. Para cuando Morgan posó al chico al fondo de aquella vieja lavandería, orgulloso de su hazaña, Ricardo ya había muerto.

3×1094 – Revés

Publicado: 18/04/2017 en Al otro lado de la vida

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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de noviembre de 2008

 

Morgan se llevó una mano a la boca y se ayudó de las uñas para quitar un trocito de tendón que se le había quedado atorado entre los dientes. Tenía las manos empapadas en sangre. Estaba arrodillado frente al cadáver de una mujer anciana que había encontrado por casualidad al entrar a refugiarse de la tormenta de la noche anterior al portal de un bloque de pisos que tenía la puerta hecha pedazos. Pese a que ya había amanecido hacía bastante y la luz del sol se colaba por la destrozada entrada, Morgan seguía hundiendo sus manos en los ya fríos intestinos de aquella pobre mujer que jamás volvería a levantarse, para llevar otro pedazo de carne sanguinolenta a su boca y poder saciar así su hambre.

Desde su renacimiento como infectado, Morgan jamás había conseguido cazar una sola presa. Bien era cierto que tampoco había tenido muchas oportunidades, pues cuando él llegó a la ciudad, quienes no habían huido ya de la isla habían sucumbido a la infección, y los pocos supervivientes que aún quedaban estaban muy concienciados en su papel de no dejarse atrapar. En todo ese tiempo, Sergio fue el único superviviente con el que se había cruzado, y tras dejarlo escapar tan solo había tenido ocasión de enfrentarse a perros y gatos callejeros, y algún que otro pájaro, pero todos sus intentos se habían traducido en un vergonzoso fracaso. En contra de su voluntad y su instinto, se había convertido en un ser que se alimentaba tan solo de carroña, en la mayoría de los casos en bastante mal estado. Por fortuna, su aparato digestivo nunca se había resentido por el reiterado maltrato al que le sometía.

Con el estómago lleno, se levantó y echó un vistazo en derredor. Sus ojos se habían acostumbrado a la cegadora luz del sol, a fuerza de necesidad. Todo estaba sumido en un silencio sepulcral. En esos momentos se encontraba demasiado activo para echarse a dormir, y mucho menos con el estómago lleno. Por vez primera desde que se liberó del abrazo de aquella cuerda que le seguía a todos lados tomó la decisión de seguir su errático peregrinaje al amparo del astro rey. Parte de la culpa bien podía tenerla la lluvia de la noche anterior, que le había obligado a posponer su rutina nocturna de reconocimiento. En cualquier caso, abandonó a la anciana, cruzó la puerta cerrada a través del cristal roto, y comenzó a caminar calle abajo.

El cielo parecía haber decidido darle una tregua. El sol se había hecho un hueco entre las nubes y la temperatura resultaba hasta agradable. No obstante, un nubarrón oscuro que auguraba un nuevo período de lluvias lucía en todo su esplendor anclado al horizonte. El policía paró en seco al escuchar el sonido de un trueno lejano. Giró el cuello a lado y lado, echó un vistazo hacia atrás, incapaz de comprender la fuente de aquél estridente sonido, y siguió adelante, bastante receloso.

No debía llevar ni diez minutos caminando cuando oyó otro sonido muy extraño, un ruido que jamás antes había escuchado en esa nueva etapa de su vida. Apuró el paso y poco antes de llegar a la siguiente bocacalle vio pasar por la que cruzaba en perpendicular un robusto camión frigorífico circulando a una velocidad insensata. Enseguida desapareció de su vista, y con él el ruido del motor que tanto le había intrigado. Movido por la curiosidad, al llegar al cruce, en vez de seguir adelante, como había hecho con las cuatro calles anteriores, lo que hizo fue girar hacia la derecha, en la dirección que había tomado el vehículo.

Aún apuró más el paso al escuchar aquél fuerte golpe, y los gritos que le precedieron de inmediato. Para cuando llegó a la nave, el desalmado que había echado abajo la puerta principal, abollada a la altura del parachoques y tirada en el suelo, sacada de sus goznes, ya hacía un buen rato que se había ido, de nuevo sobre ruedas. Infectados y supervivientes por igual corrían de un lado a otro, gritando hasta desgañitarse, en lo que parecía un hormiguero al que un niño curioso hubiese estado hurgando la entrada con un palo. Morgan no podía creer lo que le decían sus ojos encharcados en sangre.

Todo fue fruto de un tendencioso desliz que acabó en tragedia. El chaval que conducía la furgoneta había sido expulsado hacía un par de días del último centro de refugiados del que disponía la isla, en aquella nave industrial, al ser falsamente acusado de la violación de una adolescente. El verdadero perpetrador de tal abominación fue paradójicamente el defensor más enérgico de su expulsión, que fue consensuada con una votación a mano alzada por los más de doscientos supervivientes con los que contaba el centro. Habiéndolo perdido todo, huérfano, con sus tres hermanos muertos y sin ninguna expectativa de sobrevivir en solitario, ni ilusión alguna por hacerlo, más al ser conocedor del impresionante alijo de bebida y alimento con el que contaba el centro, decidió vengarse.

Aún sin dar crédito a lo fácil que le había resultado meter a aquellos quince infectados en el receptáculo isotérmico del camión frigorífico, puso rumbo de vuelta al lugar del que había sido exiliado. Quizá todo hubiese sido distinto de no haber estado tan ebrio, pero su plan de acabar con las vidas de quienes habían decidido dar fin a la suya fue un rotundo éxito. Siempre y cuando uno obviase el mordisco que se había llevado en el brazo al abrir los portones traseros del camión, justo antes de subir de nuevo y salir de ahí a toda velocidad quemando rueda con los ojos anegados por lágrimas.

Aprovechando el caos que se había formado en las inmediaciones de la nave, la oportunidad que tanto había deseado de cazar su primera víctima, Morgan comenzó a correr y accedió al recinto, pasando por encima de la abollada puerta. Cuanto vio ahí dentro le hizo comenzar a salivar de inmediato. La larga espera había valido la pena. Al fin había llegado su momento de gloria.

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Sur de la ciudad de Nefesh

8 de noviembre de 2009

 

Tras dos largas noches caminando ininterrumpidamente por el bosque sin mayor compañía que la de las aves nocturnas y el sempiterno y exasperante canto de los grillos, Morgan finalmente llegó a la civilización. Era una noche oscura y no había una sola farola encendida. El cambio le resultó impactante, y durante cerca de cinco minutos caminó perpendicular al suelo pavimentado, desconfiando del cambio de textura. Finalmente se armó de valor, como quien acerca un pie al agua helada para comprobar la temperatura antes de zambullirse, y posó uno de sus pies, el único que aún conservaba el calzado, sobre la acera de aquella carretera de la periferia. Se sorprendió al comprobar cuán firme era y no tardó en seguir adelante, más seguro de sí mismo.

Desde que abandonase las inmediaciones de la cabaña tan solo se había alimentado en una ocasión, del cadáver de un niño que alguno de sus semejantes había abandonado a medio descuartizar bajo unos pinos. Estaba en bastante mal estado y las moscas habían dado buena cuenta de él, posando en su carne sus larvas. No obstante, aún tenía bastante que ofrecer, y Morgan estaba demasiado hambriento para andarse con miramientos. No paró hasta que estuvo bien ahíto. De eso hacía ya más de veinticuatro horas, y volvía a estar hambriento. Buena cuenta de ello lo daba el aspecto demacrado de su cara y las costillas que se marcaban en su tórax.

Uno de los principales problemas que tenían los infectados al respecto de su alimentación, además del hecho de su obsesión antinatural por la carne fresca y cruda y por cazar sus víctimas con sus propias manos, lo que les privaba de una alimentación omnívora, era el hecho que su alimento acostumbraba a revivir e irse caminando antes que tuvieran ocasión de saciarse. El lapso de tiempo del que disponían para alimentarse de ellos estaba íntimamente ligado al estado en el que había quedado el cuerpo tras la muerte, e irremediablemente, al hecho de si estaban o no vacunados antes de resultar infectados. Muchas veces ellos mismos infectaban el cuerpo con sus propios fluidos mientras se alimentaban, poniendo en marcha un cronómetro que acababa dejándoles con el estómago vacío, más competencia, y unas renovadas ansias de violencia fruto de la frustración. Quizá la evolución de la epidemia no hubiese sido tan rápida de haber sido de otro modo, pero esa idiosincrasia obligaba a los infectados hambrientos a seguir infectando a más humanos inocentes, en un círculo vicioso sin final aparente.

Morgan caminó lento e inseguro por la calzada, arrastrando los pies y con la boca entreabierta, observándolo todo con suspicacia. Ese entorno era totalmente nuevo para él, y el policía tenía todos sus sentidos, más agudizados que nunca debido a la infección, bien alerta ante cualquier cambio. Aquél pedazo de cuerda le seguía a todos lados, pero Morgan había aprendido a ignorarla, por más que de vez en cuando se tropezaba con ella.

Tras cruzar la enésima bocacalle, se quedó helado. Había otra persona deambulando por la calzada. Se trataba de una mujer de unos treinta años, con un brazo dislocado en una posición imposible y que mostraba uno de sus senos a través de una sucia camisa a medio desabotonar. Morgan corrió hacia ella, dispuesto a abatirla y saciar su hambre de carne fresca a su costa. La mujer se limitó a girar el cuello en su dirección, sin muestra alguna de sorpresa o miedo alguno ante su evidente acto de hostilidad. Ello hizo que el policía se extrañase, pero no le impidió seguir adelante hasta que finalmente la alcanzó.

La placó con virulencia y se echó a horcajadas sobre ella. Intentó retenerla con la espalda contra la calzada, pero la infectada se removió, torciendo aún más su brazo herido en la dirección en la que no estaba diseñado para girar, y le brindó un manotazo en plena cara, dibujándole dos marcas con las uñas en la mejilla. Morgan se disponía a devolverle el golpe e hincar sus dientes en la carne blanda de su cuello, en el que latía aquél preciado líquido, cuando sintió un pequeño retortijón en el estómago que le hizo parar. Acercó la cara a su pecho, mientras la infectada seguía revolviéndose, tratando por todos los medios de quitárselo de encima, y notó un olor demasiado familiar, que le obligó a suavizar su abrazo, permitiendo a la infectada liberarse al fin y ponerse de nuevo en pie.

Era el mismo olor de la sangre que había probado el día de su renacimiento, su propia sangre infectada, que tanto le afectó al estómago, haciéndole vomitar hasta quedar extenuado. Su instinto cazador le imploraba que no dejase escapar su presa, no después de haber tenido que esperar tanto hasta conseguir una nueva oportunidad, pero al mismo tiempo su instinto de supervivencia le decía que la carne y la sangre de esa mujer eran venenosas, y que si se alimentaba de ella acabaría pagándolo muy caro. Se impuso el instinto de conservación, y Morgan no trató de alcanzarla de nuevo.

La infectada se plantó delante de él, arrodillado en el suelo, y comenzó a blasfemar incoherencias al tiempo que le pateaba las costillas con fuerza. Morgan se dejó hacer, ignorando por completo un dolor que ni siquiera sentía, aún sin ser capaz de comprender su propio instinto. Cayó de lado al suelo con unos de los golpes y se hizo un ovillo, con los ojos bien abiertos mirando, aún sin ver, el final de la calle en la que se encontraban. No comprendía nada, ni siquiera su propia reacción, y estaba en estado de shock.

La infectada tardó cerca de un minuto en cansarse de golpearle, y llegó un momento en el que sencillamente paró, se dio media vuelta, y continuó su camino tranquilamente, como si nada hubiese pasado. Morgan se mantuvo tirado en el suelo hasta que, media hora más tarde, comenzó a amanecer. Ese cambio le indicó que había llegado el momento de buscar cobijo.

Esa noche tampoco pudo llevarse nada al estómago, y acabó refugiándose del envite de la luz solar en el interior de un contenedor  de basura orgánica.

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Inmediaciones de la cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

6 de noviembre de 2008

 

El canto de los grillos lo envolvía todo, y ello molestaba a Morgan más de lo que resultaría previsible. Era noche cerrada y el cielo estaba parcialmente encapotado. No obstante, el policía no tenía problema alguno para ver cuanto le rodeaba. Era una de las ventajas de ser un infectado: una salud de hierro que rozaba el ridículo y una visión nocturna parecida a la de un felino. En contrapartida, esa misma visión se veía muy mermada durante el día, razón por la cual los hábitos de sueño estaban invertidos con el resto de humanos que no habían sido infectados de igual modo.

Morgan dio el enésimo tirón a la cuerda, más por inercia que con objetivo alguno. Hacía ya mucho tiempo que había asumido que no podría abandonar el diámetro de tres metros al que se había reducido su vida las últimas noches, en esta ocasión al aire libre. Para su sorpresa, la cuerda cedió definitivamente, y el policía al fin recuperó la libertad que tanto había ansiado desde su renacimiento como infectado.

En vez de correr libre cuesta abajo en busca de algo que llevarse a la boca, lo que hizo fue quedarse quieto donde estaba, abrumado por la situación. Agarró la cuerda que pendía de su cintura, atada al arnés, y tiró de ella lentamente hasta alcanzar el extremo que había seccionado. Miró en derredor, incapaz de comprender lo que había ocurrido, temeroso que tal cambio en su destino fuese fruto de algún otro factor que él hubiese pasado por alto y que pudiera resultar una amenaza. No había nadie más en centenares de metros a la redonda. El ulular de una lechuza le hizo salir de su ensimismamiento.

La señal identificativa que delataba que se encontraba en el punto más alto de la isla fue su salvación a una muerte lenta y agónica por inanición. El perfil metálico del que pendía no tenía muy buen acabado, y pese a no estar especialmente afilado, sí estaba firmemente afianzado al suelo mediante unos discretos cimientos de hormigón empotrados cerca de un metro al terreno. Para poder utilizar aquél perfil extruido de metal con el fin de cortar la cuerda hubiese hecho falta que alguien se pasara al menos quince horas ininterrumpidas frotándola contra el burdo metal, hasta que la fricción hubiese hecho mella en el tejido, debilitándolo poco a poco. Aunque en un lapso de tiempo mucho mayor, eso fue exactamente lo que pasó, por más que Morgan no lo había planeado así.

Desde que infectase a Sergio, el policía había deambulado un par de días dentro del limitado radio de acción de la cuerda, entrando y saliendo de la cabaña a placer. Fue durante la tercera noche cuando, al despertar de su sueño diurno, tuvo la mala fortuna de pasar por debajo de la cuerda que previamente había dejando en tensión en el poste de la señal, formando un nudo que al no comprender, jamás podría deshacer.

Intentó por todos los medios echar abajo la señal, a tirones, golpes y patadas, al igual que había destrozado con éxito todo en cuanto la cuerda se había atorado hasta el momento, pero ni tres hombres como él hubieran podido hacerlo aunando sus fuerzas. Además, tras dos semanas de inanición, truncadas tan solo por la ingesta del poco agua de lluvia que pudo acumularse en los pequeños charcos que los surcos que él mismo había hecho en el terreno tratando en vano de liberarse, su fuerza era cada vez más escasa.

Pese a que era a todas luces una locura seguir insistiendo en esa empresa, cuando llevaba ya más de cuatro noches dando vueltas alrededor de la señal y tirando de la cuerda en todas las direcciones posibles sin el menor atisbo de progreso, él no dejó en ningún momento de intentarlo. Irónicamente, su propia ignorancia fue su salvación, pues tras varias noches frotando sin descanso el mismo pedazo de cuerda contra el filo de metal del soporte de la señal, ésta acabó pendiendo de un pequeño hilo que el policía pudo romper de un tirón no especialmente fuerte.

Famélico, hediondo en demasía y algo débil por el sobreesfuerzo de los últimos días y el largo período de ayuno al que había sido sometido, Morgan comenzó a caminar pendiente abajo, en dirección norte, dirigiéndose sin saberlo hacia la ciudad. Si escogió esa dirección fue por mero azar, quizá inducido al haber visto al chico tomar esa misma dirección hacía cosa de una semana, o tal vez porque era el camino diametralmente opuesto a la cabaña, a la que no tenía intención alguna de volver. Aunque seguramente el verdadero motivo no fue más que la practicidad de escoger el camino más cómodo, cuesta abajo.

Deambuló por el bosque durante un par de horas, sin ser capaz de encontrar nada que llevarse a la boca. Poco antes que amaneciese se cruzó en su camino el río, y Morgan no lo dudó dos veces antes de arrodillarse junto a su orilla y comenzar a beber, metiendo la cabeza en el agua y dando dentelladas carentes de sentido práctico. Tardó más de diez minutos en saciarse con tal particular método, y ahora sí, con el estómago lleno, aunque sólo fuese de agua, concluyó que había llegado el momento de acostarse, pues ya había salido el sol, y él detestaba su brillo por encima de todas las cosas.

Al no encontrar ningún cobijo lo suficientemente oscuro para su gusto, Morgan se acostó a la sombra de un pequeño desnivel de terreno, entre unas zarzas que le rasgaron la piel formando incluso pequeñas gotas de sangre. Junto con la memoria, el policía había perdido la capacidad de sentir dolor, hasta el punto que un pinchazo con una aguja le supondría idéntica molestia que la amputación de un miembro. Eso, que en un principio podría considerarse un don divino, en muchas ocasiones resultaba una maldición, pues muchos infectados morían al carecer de ese factor crucial de su instinto de conservación.

Pocos minutos más tarde acabó durmiéndose, ajeno por completo al pésimo lugar que había escogido para hacerlo.

3×1091 – Puerta

Publicado: 08/04/2017 en Al otro lado de la vida

1091

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

30 de octubre de 2008

 

Morgan emitió un sonoro bostezo, con la boca bien abierta, soltando una vaharada de aliento fétido. Miró en derredor, hastiado por cuanto veía. Llevaba una semana ahí encerrado y había aprendido a aborrecer todo lo que había entre esas cuatro paredes. Durante ese tiempo tuvo ocasión de descifrar el complejo funcionamiento de la cuerda que restringía sus movimientos. No hacía más que enredarse en todo, pero ahora se molestaba en liberar la cuerda de sus trabas, normalmente a tirones, a golpes o a patadas. Buena cuenta de ello lo daba el deplorable estado en el que se encontraba la cabaña.

Cualquiera que hubiese estado ahí antes de su llegada, hubiese tenido serios problemas para reconocer el lugar. Ni la mesa ni ninguna de las cuatro sillas conservaba pata alguna, había objetos hechos añicos por todos lados, tirados por el suelo, cortinas descolgadas, estanterías hechas pedazos e incluso había desencajado la puerta del dormitorio, que yacía tirada en el suelo llena de agujeros de los golpes que le habían despellejado los nudillos durante uno de sus habituales ataques de ira.

Su capacidad intelectual estaba extremadamente limitada, sobre todo por el hecho que partía de cero, tan solo alimentada por el instinto de supervivencia más básico, pero durante esa semana Morgan había aprendido alguna que otra cosa. Aún no era capaz de comprender la naturaleza de la fuerza que le retenía, pero sabía que con la suficiente violencia y la suficiente paciencia, podía recuperar la limitada libertad de la que periódicamente era privado. Llegó un momento en el que se convirtió en un juego para matar el tiempo, y destrozaba cosas sólo por el mero placer de hacerlo aunado a una innata necesidad interna de desahogar sus frustraciones mediante la violencia.

Llevaba desde aquella soleada mañana de octubre sin llevarse nada a la boca, pero no por ello había perdido un ápice de fuerza. Ni la sed ni el hambre habían hecho mella en él, todavía, y Morgan no paraba de dar vueltas de un lado a otro de la planta baja y de subir y bajar a gatas las escaleras que le llevaban al piso de la terraza, a la que había sido incapaz de acceder al ignorar el funcionamiento del tirador de la puerta que le separaba de ella. Se encontraba precisamente ahí, echado sobre el sillón de cuero, dormitando, cuando oyó algo que le hizo poner en tensión. Por primera vez desde su renacimiento escuchó algo distinto al canto de los pájaros y el chillido de las ardillas, cuya fuente desconocía. Morgan se puso en pie y se mantuvo en silencio, prácticamente aguantando la respiración, extasiado por aquél sonido que para él no tenía sentido alguno, mientras un trozo de excremento recorría la pernera del pantalón para llegar hasta su tobillo.

SERGIO – ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Se trataba de un chaval menor de edad. Debería tener unos quince o dieciséis años. Había llegado tarde al rescate en barco, por estar cuidando de su padre enfermo, antes que éste pasara a mejor vida, y llevaba deambulando a solas por el bosque desde hacía más de una semana. Al igual que Morgan durante su ascenso, se estuvo alimentando de cuanto la naturaleza le brindaba, lo cual le provocó una diarrea de caballo, y en esos momentos lo único que llevaba en la mochila eran un par de botellas de plástico llenas de agua del río. Necesitaba entrar ahí dentro a ver si había algo que llevarse a la boca.

Sergio preguntó de nuevo, y al no obtener respuesta, empujó la puerta de la cabaña. Ésta no cedió y él suspiró, desesperanzado. Se sintió muy estúpido al girar el tirador, y ver que cedía sin ofrecer resistencia al abrirla hacia fuera. Se asomó, asustado, y cuanto vio no hizo si no acrecentar su inquietud. Cualquiera podría jurar que ahí dentro se había desatado un huracán. El chico esperó que los ojos se le amoldasen a la escasez de luz del interior, y al ver que todo estaba sumido en una quietud absoluta, pese al lamentable estado que la cabaña ofrecía, decidió entrar. Tan desesperado estaba por llevarse algo al estómago.

Dejó la puerta bien abierta, más que dispuesto a salir corriendo al primer atisbo de peligro. Una miríada de madera rota, libros y planos hechos añicos y un par de lámparas destrozadas pero curiosamente con las bombillas intactas le separaba de su objetivo: la cocina. Sus armarios y cajones cerrados, resultaban demasiado sugerentes y tentadores.

El chico se encontraba en mitad de la estancia, caminando con mucho cuidado entre los escombros, cuando Morgan hizo acto de presencia, saltando cual pantera sobre su presa, desde arriba de la escalera. Sergio gritó aterrado, echándose a un lado justo a tiempo antes de recibir la embestida de aquella bestia negra. Morgan cayó aparatosamente al suelo, clavándose en el antebrazo izquierdo la parte puntiaguda y astillada de la pata de una de las sillas que había destrozado hacía unos días. Sergio corrió hacia la entrada y salió de ahí a toda prisa, trastabillando entre las ruinas de la cabaña.

Morgan, ignorando por completo que tenía el brazo empalado por un pedazo de madera de más de dos centímetros de grosor, se levantó ágilmente y salió en su búsqueda, gritando en un idioma ignoto que hizo que a Sergio se le erizase el vello de los brazos. El policía era mucho más rápido que él, pese a su largo ayuno. Llegó incluso a rozar con la yema de los dedos la parte trasera de la camisa que Sergio llevaba puesta, antes que la cuerda que pendía del arnés que llevaba puesto dijese basta. El tirón fue tal que Morgan perdió por completo el equilibrio y cayó de cara al suelo. En su afán instintivo por suavizar la caída, lo que hizo fue placar a Sergio, que cayó aparatosamente.

El policía aprovechó el momento de confusión, ignorando la sangre que manaba de su nariz contusionada tras el impacto y de la herida de antebrazo, para agarrar a aquél pobre diablo del tobillo e hincar sus sucios dientes en la carne blanda de su gemelo. El grito de Sergio se oyó kilómetros a la redonda. Llegó incluso a asustar a Morgan, que aflojó su abrazo por un instante, tiempo más que suficiente para que Sergio se pusiera en pie y siguiera corriendo, con lágrimas recorriéndole las mejillas y una curiosa herida en forma de dos medias lunas goteando sangre en su gemelo.

Morgan trató en vano de perseguirle, tirando de la cuerda como si le fuera la vida en ello, dejando grandes surcos en la tierra que había bajo sus pies, gritando a viva voz, hasta que finalmente acabó dándose por vencido. Aún tardó un poco más en relajarse, y aprovechó para mirar en derredor, gratamente sorprendido al ver que el mundo real era mucho más grande de lo que él había pensado. Escasos siete u ocho metros le separaban de la puerta de la cabaña, abierta de par en par, de la que emergía la cuerda que le mantenía aprisionado.

Sergio pasó más de diez minutos corriendo, hasta acabar agotado, mucho después de saberse libre del yugo de aquél infectado disfrazado de policía. No era la primera vez que huía de una de aquellas bestias, pero sí la primera en la que él no había sido el más rápido. Pasó esa noche al raso, dentro de una pequeña cueva cuyo acceso ocultó con unos matojos arrancados del suelo, ignorante que en menos de una semana compartiría idéntica situación con quien había sido su verdugo, acabando de ese modo y para siempre con todos sus problemas.

1090

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

23 de octubre de 2008

 

Morgan despertó desorientado. Intentó respirar hondo, pero tan solo consiguió que entrase un hilillo de aire por su garganta. Sus miembros estaban fríos y rígidos, y no respondían a ninguna de sus demandas. Abrió los ojos, asustado, pero tuvo que cerrarlos a toda prisa: aquella luz resultaba cegadora, incluso con la cortina echada, insoportable en demasía. No sabía cómo había llegado hasta ahí, no entendía ni recordaba nada, y no era capaz de moverse. Comenzó a gemir lastimosamente, abrumado por la impotencia.

Una convulsión recorrió todo su cuerpo de los pies a la cabeza, haciendo chirriar las patas de la cama sobre el suelo de madera con el violento espasmo. Poco a poco, muy poco a poco, sus miembros fueron desentumeciéndose, al deshacerse el efecto que el rigor mortis les había imprimido. Tardó más de veinte minutos en incorporarse, más o menos el tiempo que tardó en acostumbrar a sus ojos, que habían adquirido aquél característico color carmesí tan propio de los infectados, a la generosa luz matutina que entraba por la ventana del dormitorio a través de la cortina.

Su memoria se había esfumado, para no volver, y su lugar lo había ocupado un extraño compendio de inseguridad, un hambre voraz y unas ganas irrefrenables de golpear y atacar todo cuanto se le pusiera por delante. Esa era su nueva naturaleza, gustase más o menos a su anterior yo, y al carecer de un referente previo con el que compararla, se limitó a asumir que eso era lo normal, lo que le correspondía hacer.

Al levantarse, con las piernas aún bastante agarrotadas, tropezó con la cuerda que le mantenía unido a la jácena del techo, perdió el equilibrio y dio de cabeza contra uno de los cantos de la mesilla de noche. El golpe fue tal que perdió el conocimiento al instante, mientras de la brecha que se había abierto en su frente comenzaba a manar sangre infecta. Tan solo los pájaros de los alrededores escucharon su grito desesperado.

Despertó minutos más tarde, parpadeó varias veces y observó de nuevo a su alrededor con ojos curiosos. A diferencia de la vez anterior, ahora sí recordó dónde estaba: la memoria de esa nueva etapa de su vida estaba empezando a escribirse en el libro en blanco en el que se había convertido Morgan. Se incorporó, y al apoyar su mano sobre el charco de sangre que había brotado de su herida, ya sin hemorragia alguna, se la acercó a la nariz y la olisqueó. Comenzó a salivar y notó cómo le rugía el estómago. Olió de nuevo la sangre y se arrodilló frente al charco, para acto seguido dar un lametón al suelo, al que le siguió otro, y luego otro más.

Junto con algo de bilis, espuma, trozos irreconocibles de frutos del bosque y la poca sangre que había ingerido antes que comenzasen las arcadas, Morgan observó con curiosidad entre el vómito aquellos pedacitos oscuros de cecina que tanto le había costado tragar la jornada anterior. Había aprendido una valiosa lección: ingerir su propia sangre no era nada recomendable. Antes o después acabaría descubriendo que tampoco lo era la de sus semejantes. Su sentido del olfato sería el que le guisase a la hora de escoger sus víctimas.

Morgan se puso en pie con dificultad, con la barba manchada de vómito y la sien de sangre seca. Se puso de espaldas a la ventana, molesto por la luz que entraba por ahí, y adoptó una extraña posición, separando ambas piernas, levemente acuclillado. Pese a que su recién adquirido instinto le aseguró que eso sería suficiente para vaciar su vejiga sin mancharse en el proceso, el orín que manó de su miembro empapó tanto su ropa interior como sus pantalones, impregnándolo todo de un fuerte olor. Al policía no pareció importarle lo más mínimo, y una vez acabó miró al suelo, no demasiado sorprendido al ver que estaba seco. Eso no le impidió darle media docena de pisotones, en un acto ancestral por ocultar el olor a sus posibles depredadores.

Seguía teniendo hambre y decidió que había llegado el momento de explorar los alrededores. Al dirigirse hacia la puerta, la única vía aparente de escape de la sala donde había renacido, notó cómo una fuerza invisible tiraba de él. Se giró a toda prisa, nervioso, y empezó a gimotear al ver que estaba solo. Comenzó a respirar agitadamente y reemprendió el camino hacia la sala principal de la cabaña. La cuerda que tenía atada al arnés tiró de él de nuevo, y Morgan comenzó a gritar, frustrado al no entender lo que le pasaba. Comenzó a hiperventilarse. Miró en todas direcciones, espantado, y corrió hacia delante. La cuerda se enredó en el tirador de la puerta y pegó un fuerte tirón de él, haciéndole caer de bruces al suelo. El policía se incorporó a toda prisa, y fue entonces comprendió lo que ocurría.

Tiró de la cuerda con fuerza, pero ésta no cedió. Apretó los dientes, gruñendo al tiempo que daba un tirón tras otro, hasta que finalmente arrancó de cuajo el tirador de la puerta, liberándose al instante de aquella fuerza invisible que le impedía moverse. Con los dientes castañeando, se incorporó de nuevo y miró en derredor. La puerta estaba cerrada y las ventanas cubiertas con cortinas. A su entender, estaba encerrado en una cárcel de madera y no había escapatoria posible. Optó por subir las escaleras, intranquilo al notar cómo la cuerda iba siguiéndole a cada paso que daba. Ahí fuera tampoco parecía haber por dónde huir, de modo que decidió bajar de nuevo a la planta baja. Para entonces ya había enredado la cuerda en el pasamanos de la escalera, en el respaldo de una silla y en la pata de la mesa de la sala central.

Minutos más tarde, Morgan yacía en el suelo, hecho un ovillo. Había enredado tanto la cuerda que ahora ya no podía siquiera tenerse en pie ni a duras penas moverse. Gemía, incapaz de comprender lo que le ocurría, ignorante que tan solo un pequeño gesto desabrochando el mosquetón podría devolverle la libertad de la que él mismo se había privado por su ignorancia. Volvió a orinarse encima, en esta ocasión sin ningún tipo de ceremonia, mientras lágrimas de impotencia le recorrían la cara.

3×1089 – Final

Publicado: 01/04/2017 en Al otro lado de la vida

1089

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

22 de octubre de 2008

 

Con ambas manos apoyadas en el pasamanos de madera, Morgan observaba impotente la bella panorámica de Nefesh, hacia el norte. De la ciudad le separaban buen puñado de kilómetros de vegetación; el primer tramo en una pendiente mucho más acusada que la que él había ascendido pesadamente las últimas veinticuatro horas. Recorrer semejante distancia, después de lo que ya llevaba a las espaldas, no parecía estar a su alcance. En esos momentos no se encontraba con espíritu siquiera para salir a dar un paseo a reconocer el entorno.

La visión de la ciudad, del puerto deportivo y de aquellos altísimos aerogeneradores le provocó un desagradable malestar interior. Desde esa distancia era imposible distinguir siquiera si las calles estaban transitadas por viandantes o por hordas de infectados ávidos de la carnaza que él mismo se había encargado de traerles, cual mensajero de comida a domicilio. No obstante, el hecho que esa isla no fuese virgen, como él había imaginado en un principio, trastocaba todos sus anhelos para con sus antiguos compañeros de viaje. Incluso aunque la isla estuviese libre de infección, más allá de la que él mismo o la propia Bárbara acarreaban, el hecho que estuviese colonizada por el hombre la haría sin duda mucho más atractiva para supervivientes desesperados, y ello fácilmente podría traducirse en un problema, convirtiéndola en cuestión de horas en la misma trampa mortal de la que habían huido por los pelos.

Poco podía hacer él por cambiar lo que ya estaba escrito a fuego. Él ya había hecho más de lo que estaba en su mano. Desanimado, y algo frustrado, desanduvo sus pasos y accedió de nuevo al interior de la cabaña. La paz y la tranquilidad que ésta y sus alrededores transmitían bien parecía indicar que todos sus malos augurios estaban infundados, pero Morgan no pudo evitar ponerse en lo peor. Tomó la decisión que el día siguiente se acercaría aquella pequeña ciudad portuaria, para conocer de primera mano el estado de la misma.

Lo único que encontró para echarse a la boca en la pequeña cocina integrada al espacio del salón en planta baja fue algo de cecina envuelta en papel de periódico. A juzgar por su estado, seco y quebradizo, bien podría llevar ahí incluso varios años. No obstante, Morgan estaba demasiado hambriento para rechazarla. Tuvo que masticar y salivar tanto que comenzó a dolerle la cabeza. Pese al relativo buen estado de salud con el que había despertado, sentía que había algo fuera de lugar en su interior, y comenzó a investigar el interior de la cabaña a la búsqueda de alguna cosa que le sirviese para calmar la conciencia.

Tras poner patas arriba toda la planta baja, sin haber sido capaz de encontrar nada útil más allá de una radio carente de pilas, subió a la pequeña estancia del piso superior. Ésta contenía tan solo una butaca, una estantería con varios libros polvorientos, un sillón de cuero, una ventana, un armario empotrado y la puerta por la que había accedido a la terraza superior minutos antes. Tan pronto abrió una de las puertas del armario le cambió la expresión de la cara.

Se trataba de un equipo completo de alpinismo. Morgan se rió de la ironía, pues todo aquél equipamiento le hubiese venido como anillo al dedo durante su ascenso. Había un par de arneses, mucha cuerda, mosquetones, varios cascos, una mochila enorme, una tienda de campaña, un par de sacos de dormir e incluso un juego de crampones. Cuando se disponía a cerrar de nuevo el armario y asumir la derrota en su empresa, aún con la mano sujetando la puerta, una idea le vino a la mente.

Horas más tarde, Morgan se encontraba sentado en la cama del minúsculo dormitorio de la planta baja. Llevaba puesto el arnés, que había afianzado a conciencia con una de las cuerdas, que a su vez había anudado con fuerza a una de las jácenas de madera que pendían del techo. Había reforzado todas las uniones con varias vueltas de cinta americana, asegurando su firmeza. Eso al menos le haría ganar algo de tiempo. A él no le costaría nada aflojar el mosquetón o cortar la cuerda con uno de los cuchillos del cajón de los cubiertos. Sin embargo, con una cuerda de semejante grosor, ningún infectado podría librarse de tales ataduras.

Con un extraño malestar y algunas décimas de fiebre, Morgan decidió echarse una siesta. Aún faltaban al menos un par de horas para el ocaso. El policía se echó cuan largo era sobre el duro colchón, notó una molestia en el pecho, y se incorporó. Se sentó en el borde de la cama, y se llevó la mano derecha al bolsillo izquierdo delantero de su ajado uniforme. Lo desabotonó y metió la mano dentro, para sacarla acto seguido sosteniendo una brillante bala de nueve milímetros. Por un momento dudó de qué hacía eso ahí metido, pero enseguida recordó el momento en el que Zoe se la había entregado, en la armería de comisaría 102 de Sheol. Con una tímida sonrisa en los labios, posó la bala con delicadeza sobre la mesilla de noche, con el extremo puntiagudo mirando al techo, y volvió a echarse sobre la cama. Cerró los ojos, tratando de poner la mente en blanco. Le resultó imposible.

Su cabeza fue dando tumbos por todos los acontecimientos que le habían llevado hasta ahí, sin que él pudiese dar crédito a la desafortunada concatenación de coincidencias que le habían dado con sus huesos en esa isla perdida de la mano de Dios. No pudo evitar centrar sus ensoñaciones en su esposa Sofía, de la que ahora era viudo, a la que echaba más de menos a cada minuto que pasaba, del mismo modo que no pudo evitar soltar alguna que otra lágrima de pura impotencia. Por fortuna, no tardó mucho en quedarse dormido: estaba agotado.

Pocos minutos después, mientras disfrutaba de un plácido sueño, murió.