3×1089 – Final

Publicado: 01/04/2017 en Al otro lado de la vida

1089

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

22 de octubre de 2008

 

Con ambas manos apoyadas en el pasamanos de madera, Morgan observaba impotente la bella panorámica de Nefesh, hacia el norte. De la ciudad le separaban buen puñado de kilómetros de vegetación; el primer tramo en una pendiente mucho más acusada que la que él había ascendido pesadamente las últimas veinticuatro horas. Recorrer semejante distancia, después de lo que ya llevaba a las espaldas, no parecía estar a su alcance. En esos momentos no se encontraba con espíritu siquiera para salir a dar un paseo a reconocer el entorno.

La visión de la ciudad, del puerto deportivo y de aquellos altísimos aerogeneradores le provocó un desagradable malestar interior. Desde esa distancia era imposible distinguir siquiera si las calles estaban transitadas por viandantes o por hordas de infectados ávidos de la carnaza que él mismo se había encargado de traerles, cual mensajero de comida a domicilio. No obstante, el hecho que esa isla no fuese virgen, como él había imaginado en un principio, trastocaba todos sus anhelos para con sus antiguos compañeros de viaje. Incluso aunque la isla estuviese libre de infección, más allá de la que él mismo o la propia Bárbara acarreaban, el hecho que estuviese colonizada por el hombre la haría sin duda mucho más atractiva para supervivientes desesperados, y ello fácilmente podría traducirse en un problema, convirtiéndola en cuestión de horas en la misma trampa mortal de la que habían huido por los pelos.

Poco podía hacer él por cambiar lo que ya estaba escrito a fuego. Él ya había hecho más de lo que estaba en su mano. Desanimado, y algo frustrado, desanduvo sus pasos y accedió de nuevo al interior de la cabaña. La paz y la tranquilidad que ésta y sus alrededores transmitían bien parecía indicar que todos sus malos augurios estaban infundados, pero Morgan no pudo evitar ponerse en lo peor. Tomó la decisión que el día siguiente se acercaría aquella pequeña ciudad portuaria, para conocer de primera mano el estado de la misma.

Lo único que encontró para echarse a la boca en la pequeña cocina integrada al espacio del salón en planta baja fue algo de cecina envuelta en papel de periódico. A juzgar por su estado, seco y quebradizo, bien podría llevar ahí incluso varios años. No obstante, Morgan estaba demasiado hambriento para rechazarla. Tuvo que masticar y salivar tanto que comenzó a dolerle la cabeza. Pese al relativo buen estado de salud con el que había despertado, sentía que había algo fuera de lugar en su interior, y comenzó a investigar el interior de la cabaña a la búsqueda de alguna cosa que le sirviese para calmar la conciencia.

Tras poner patas arriba toda la planta baja, sin haber sido capaz de encontrar nada útil más allá de una radio carente de pilas, subió a la pequeña estancia del piso superior. Ésta contenía tan solo una butaca, una estantería con varios libros polvorientos, un sillón de cuero, una ventana, un armario empotrado y la puerta por la que había accedido a la terraza superior minutos antes. Tan pronto abrió una de las puertas del armario le cambió la expresión de la cara.

Se trataba de un equipo completo de alpinismo. Morgan se rió de la ironía, pues todo aquél equipamiento le hubiese venido como anillo al dedo durante su ascenso. Había un par de arneses, mucha cuerda, mosquetones, varios cascos, una mochila enorme, una tienda de campaña, un par de sacos de dormir e incluso un juego de crampones. Cuando se disponía a cerrar de nuevo el armario y asumir la derrota en su empresa, aún con la mano sujetando la puerta, una idea le vino a la mente.

Horas más tarde, Morgan se encontraba sentado en la cama del minúsculo dormitorio de la planta baja. Llevaba puesto el arnés, que había afianzado a conciencia con una de las cuerdas, que a su vez había anudado con fuerza a una de las jácenas de madera que pendían del techo. Había reforzado todas las uniones con varias vueltas de cinta americana, asegurando su firmeza. Eso al menos le haría ganar algo de tiempo. A él no le costaría nada aflojar el mosquetón o cortar la cuerda con uno de los cuchillos del cajón de los cubiertos. Sin embargo, con una cuerda de semejante grosor, ningún infectado podría librarse de tales ataduras.

Con un extraño malestar y algunas décimas de fiebre, Morgan decidió echarse una siesta. Aún faltaban al menos un par de horas para el ocaso. El policía se echó cuan largo era sobre el duro colchón, notó una molestia en el pecho, y se incorporó. Se sentó en el borde de la cama, y se llevó la mano derecha al bolsillo izquierdo delantero de su ajado uniforme. Lo desabotonó y metió la mano dentro, para sacarla acto seguido sosteniendo una brillante bala de nueve milímetros. Por un momento dudó de qué hacía eso ahí metido, pero enseguida recordó el momento en el que Zoe se la había entregado, en la armería de comisaría 102 de Sheol. Con una tímida sonrisa en los labios, posó la bala con delicadeza sobre la mesilla de noche, con el extremo puntiagudo mirando al techo, y volvió a echarse sobre la cama. Cerró los ojos, tratando de poner la mente en blanco. Le resultó imposible.

Su cabeza fue dando tumbos por todos los acontecimientos que le habían llevado hasta ahí, sin que él pudiese dar crédito a la desafortunada concatenación de coincidencias que le habían dado con sus huesos en esa isla perdida de la mano de Dios. No pudo evitar centrar sus ensoñaciones en su esposa Sofía, de la que ahora era viudo, a la que echaba más de menos a cada minuto que pasaba, del mismo modo que no pudo evitar soltar alguna que otra lágrima de pura impotencia. Por fortuna, no tardó mucho en quedarse dormido: estaba agotado.

Pocos minutos después, mientras disfrutaba de un plácido sueño, murió.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Ouch, ya murió nuestro policía duro y malhumorado. Lo que ahora no sabemos es cómo estando infectado pudo romper sus ataduras…

    Sonia.

    • Betty dice:

      Estoy segura que lo averiguaremos pronto, Sonia 😉
      Lo qué me parece muy interesante es el despertar cómo infectado de Morgan…

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