3×1090 – Comienzo

Publicado: 04/04/2017 en Al otro lado de la vida

1090

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

23 de octubre de 2008

 

Morgan despertó desorientado. Intentó respirar hondo, pero tan solo consiguió que entrase un hilillo de aire por su garganta. Sus miembros estaban fríos y rígidos, y no respondían a ninguna de sus demandas. Abrió los ojos, asustado, pero tuvo que cerrarlos a toda prisa: aquella luz resultaba cegadora, incluso con la cortina echada, insoportable en demasía. No sabía cómo había llegado hasta ahí, no entendía ni recordaba nada, y no era capaz de moverse. Comenzó a gemir lastimosamente, abrumado por la impotencia.

Una convulsión recorrió todo su cuerpo de los pies a la cabeza, haciendo chirriar las patas de la cama sobre el suelo de madera con el violento espasmo. Poco a poco, muy poco a poco, sus miembros fueron desentumeciéndose, al deshacerse el efecto que el rigor mortis les había imprimido. Tardó más de veinte minutos en incorporarse, más o menos el tiempo que tardó en acostumbrar a sus ojos, que habían adquirido aquél característico color carmesí tan propio de los infectados, a la generosa luz matutina que entraba por la ventana del dormitorio a través de la cortina.

Su memoria se había esfumado, para no volver, y su lugar lo había ocupado un extraño compendio de inseguridad, un hambre voraz y unas ganas irrefrenables de golpear y atacar todo cuanto se le pusiera por delante. Esa era su nueva naturaleza, gustase más o menos a su anterior yo, y al carecer de un referente previo con el que compararla, se limitó a asumir que eso era lo normal, lo que le correspondía hacer.

Al levantarse, con las piernas aún bastante agarrotadas, tropezó con la cuerda que le mantenía unido a la jácena del techo, perdió el equilibrio y dio de cabeza contra uno de los cantos de la mesilla de noche. El golpe fue tal que perdió el conocimiento al instante, mientras de la brecha que se había abierto en su frente comenzaba a manar sangre infecta. Tan solo los pájaros de los alrededores escucharon su grito desesperado.

Despertó minutos más tarde, parpadeó varias veces y observó de nuevo a su alrededor con ojos curiosos. A diferencia de la vez anterior, ahora sí recordó dónde estaba: la memoria de esa nueva etapa de su vida estaba empezando a escribirse en el libro en blanco en el que se había convertido Morgan. Se incorporó, y al apoyar su mano sobre el charco de sangre que había brotado de su herida, ya sin hemorragia alguna, se la acercó a la nariz y la olisqueó. Comenzó a salivar y notó cómo le rugía el estómago. Olió de nuevo la sangre y se arrodilló frente al charco, para acto seguido dar un lametón al suelo, al que le siguió otro, y luego otro más.

Junto con algo de bilis, espuma, trozos irreconocibles de frutos del bosque y la poca sangre que había ingerido antes que comenzasen las arcadas, Morgan observó con curiosidad entre el vómito aquellos pedacitos oscuros de cecina que tanto le había costado tragar la jornada anterior. Había aprendido una valiosa lección: ingerir su propia sangre no era nada recomendable. Antes o después acabaría descubriendo que tampoco lo era la de sus semejantes. Su sentido del olfato sería el que le guisase a la hora de escoger sus víctimas.

Morgan se puso en pie con dificultad, con la barba manchada de vómito y la sien de sangre seca. Se puso de espaldas a la ventana, molesto por la luz que entraba por ahí, y adoptó una extraña posición, separando ambas piernas, levemente acuclillado. Pese a que su recién adquirido instinto le aseguró que eso sería suficiente para vaciar su vejiga sin mancharse en el proceso, el orín que manó de su miembro empapó tanto su ropa interior como sus pantalones, impregnándolo todo de un fuerte olor. Al policía no pareció importarle lo más mínimo, y una vez acabó miró al suelo, no demasiado sorprendido al ver que estaba seco. Eso no le impidió darle media docena de pisotones, en un acto ancestral por ocultar el olor a sus posibles depredadores.

Seguía teniendo hambre y decidió que había llegado el momento de explorar los alrededores. Al dirigirse hacia la puerta, la única vía aparente de escape de la sala donde había renacido, notó cómo una fuerza invisible tiraba de él. Se giró a toda prisa, nervioso, y empezó a gimotear al ver que estaba solo. Comenzó a respirar agitadamente y reemprendió el camino hacia la sala principal de la cabaña. La cuerda que tenía atada al arnés tiró de él de nuevo, y Morgan comenzó a gritar, frustrado al no entender lo que le pasaba. Comenzó a hiperventilarse. Miró en todas direcciones, espantado, y corrió hacia delante. La cuerda se enredó en el tirador de la puerta y pegó un fuerte tirón de él, haciéndole caer de bruces al suelo. El policía se incorporó a toda prisa, y fue entonces comprendió lo que ocurría.

Tiró de la cuerda con fuerza, pero ésta no cedió. Apretó los dientes, gruñendo al tiempo que daba un tirón tras otro, hasta que finalmente arrancó de cuajo el tirador de la puerta, liberándose al instante de aquella fuerza invisible que le impedía moverse. Con los dientes castañeando, se incorporó de nuevo y miró en derredor. La puerta estaba cerrada y las ventanas cubiertas con cortinas. A su entender, estaba encerrado en una cárcel de madera y no había escapatoria posible. Optó por subir las escaleras, intranquilo al notar cómo la cuerda iba siguiéndole a cada paso que daba. Ahí fuera tampoco parecía haber por dónde huir, de modo que decidió bajar de nuevo a la planta baja. Para entonces ya había enredado la cuerda en el pasamanos de la escalera, en el respaldo de una silla y en la pata de la mesa de la sala central.

Minutos más tarde, Morgan yacía en el suelo, hecho un ovillo. Había enredado tanto la cuerda que ahora ya no podía siquiera tenerse en pie ni a duras penas moverse. Gemía, incapaz de comprender lo que le ocurría, ignorante que tan solo un pequeño gesto desabrochando el mosquetón podría devolverle la libertad de la que él mismo se había privado por su ignorancia. Volvió a orinarse encima, en esta ocasión sin ningún tipo de ceremonia, mientras lágrimas de impotencia le recorrían la cara.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Me mata verle (o leerle) tan vulnerable 😦

    D-Rock.

  2. Betty dice:

    De nuestro Morgan, ya no queda nada, este es un nuevo ser guiado por el instinto primario de alimentarse y en un mundo nuevo para el.

  3. battysco dice:

    ¿Los infectados lloran de impotencia? ¿Todos o sólo él? Creo que, definitivamente, está en el otro lado. Estoy con Betty, éste ya no es nuestro Morgan…

    Muero por saber por qué quedó Guille en ese estado entre los dos mundos y si Guillermo va a poder ayudar a los completamente infectados como Morgan.

    Eso, y la razón de por qué estaba Bárbara en el ataúd, es lo que más me intriga de todo. Bueno, y quién es Ezequiel, si va a ser un personaje sorprendente o sólo uno más. Ah, y también me intriga saber si va a morir alguno más de los protas, como por ejemplo Marion, quien no me gusta nada jajajaja. Fijaros que a Paris le perdono la vida 😉

    Buen fin de semana,

    Sonia.

    • Betty dice:

      Jejejeje, muchas preguntas que tendrán respuesta poco a poco, Sonia. No nos queda otra que tener paciencia 😉
      A mí por ejemplo, si tiene que morir alguién del grupo, no dudaría en elegir a Juanjo, sigo pensando que es una bomba de relojería y muy peligroso… Y quizás a diferencia de otras opiniones me gusta Paris con todos sus defectos y hasta ahora ha demostrado ser una pieza muy importante en la supervivencia de todos.

      ¡Buen finde!

    • Igual que gimotea un perro atado, triste y solo, un infectado puede llorar por motivos similares, dentro del imaginario de la novela. Cualquiera. Morgan no tiene nada especial a ese respecto.
      El motivo de por qué Guille acabó cómo acabó, lo veréis de aquí dos recetas. Si Guillermo va a poder o no ayudar a Morgan o a cualquier otro… que la novela lo juzgue.
      El motivo por el que Bárbara acaba en el ataúd lo veréis MUCHO más pronto de lo que hasta yo mismo esperaba. Quién es Ezequiel… interesante reflexión.
      Y al respecto de si habrán más bajas… ¿no os ha parecido que habían MUY pocas en el segundo tomo? xDDD

      David.

  4. Con esta etapa del flashback de Morgan lo que pretendo es mostrar el ente “infectado” como otro personaje más, al que podáis valorar como tal, más allá de ser una herramienta para la evolución de la trama. Es un infectado genérico, y como tal todo lo que él haga es verosímil que pudiera hacerlo cualquiera de sus semejantes, pero del mismo modo, al igual que cada persona es un mundo, cada infectado también lo es. Al mismo tiempo, sigue siendo Morgan, por más que ahora ya sólo quede la fachada. En esta etapa el hecho que sea él o cualquier otro infectado genérico no adquiere mayor relevancia, pero en el momento en el que entra en contacto con su anterior grupo de supervivientes, sí es relevante que sea él y no otro cualquiera. De cualquier otro modo, a Zoe no le hubiese temblado la mano para dispararle, y por ende, no hubiese resultado mordida (e infectada). Tiene un arco corto hasta que muerde a Zoe, pero espero que lo disfrutéis, porque tiene matices que me parecen interesantes. Pero sin duda lo bueno viene después, porque… pasan muchas cosas después que Zoe resulte mordida. Muchas, muchas, muchas. xD

    David.

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