3×1091 – Puerta

Publicado: 08/04/2017 en Al otro lado de la vida

1091

 

Cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

30 de octubre de 2008

 

Morgan emitió un sonoro bostezo, con la boca bien abierta, soltando una vaharada de aliento fétido. Miró en derredor, hastiado por cuanto veía. Llevaba una semana ahí encerrado y había aprendido a aborrecer todo lo que había entre esas cuatro paredes. Durante ese tiempo tuvo ocasión de descifrar el complejo funcionamiento de la cuerda que restringía sus movimientos. No hacía más que enredarse en todo, pero ahora se molestaba en liberar la cuerda de sus trabas, normalmente a tirones, a golpes o a patadas. Buena cuenta de ello lo daba el deplorable estado en el que se encontraba la cabaña.

Cualquiera que hubiese estado ahí antes de su llegada, hubiese tenido serios problemas para reconocer el lugar. Ni la mesa ni ninguna de las cuatro sillas conservaba pata alguna, había objetos hechos añicos por todos lados, tirados por el suelo, cortinas descolgadas, estanterías hechas pedazos e incluso había desencajado la puerta del dormitorio, que yacía tirada en el suelo llena de agujeros de los golpes que le habían despellejado los nudillos durante uno de sus habituales ataques de ira.

Su capacidad intelectual estaba extremadamente limitada, sobre todo por el hecho que partía de cero, tan solo alimentada por el instinto de supervivencia más básico, pero durante esa semana Morgan había aprendido alguna que otra cosa. Aún no era capaz de comprender la naturaleza de la fuerza que le retenía, pero sabía que con la suficiente violencia y la suficiente paciencia, podía recuperar la limitada libertad de la que periódicamente era privado. Llegó un momento en el que se convirtió en un juego para matar el tiempo, y destrozaba cosas sólo por el mero placer de hacerlo aunado a una innata necesidad interna de desahogar sus frustraciones mediante la violencia.

Llevaba desde aquella soleada mañana de octubre sin llevarse nada a la boca, pero no por ello había perdido un ápice de fuerza. Ni la sed ni el hambre habían hecho mella en él, todavía, y Morgan no paraba de dar vueltas de un lado a otro de la planta baja y de subir y bajar a gatas las escaleras que le llevaban al piso de la terraza, a la que había sido incapaz de acceder al ignorar el funcionamiento del tirador de la puerta que le separaba de ella. Se encontraba precisamente ahí, echado sobre el sillón de cuero, dormitando, cuando oyó algo que le hizo poner en tensión. Por primera vez desde su renacimiento escuchó algo distinto al canto de los pájaros y el chillido de las ardillas, cuya fuente desconocía. Morgan se puso en pie y se mantuvo en silencio, prácticamente aguantando la respiración, extasiado por aquél sonido que para él no tenía sentido alguno, mientras un trozo de excremento recorría la pernera del pantalón para llegar hasta su tobillo.

SERGIO – ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Se trataba de un chaval menor de edad. Debería tener unos quince o dieciséis años. Había llegado tarde al rescate en barco, por estar cuidando de su padre enfermo, antes que éste pasara a mejor vida, y llevaba deambulando a solas por el bosque desde hacía más de una semana. Al igual que Morgan durante su ascenso, se estuvo alimentando de cuanto la naturaleza le brindaba, lo cual le provocó una diarrea de caballo, y en esos momentos lo único que llevaba en la mochila eran un par de botellas de plástico llenas de agua del río. Necesitaba entrar ahí dentro a ver si había algo que llevarse a la boca.

Sergio preguntó de nuevo, y al no obtener respuesta, empujó la puerta de la cabaña. Ésta no cedió y él suspiró, desesperanzado. Se sintió muy estúpido al girar el tirador, y ver que cedía sin ofrecer resistencia al abrirla hacia fuera. Se asomó, asustado, y cuanto vio no hizo si no acrecentar su inquietud. Cualquiera podría jurar que ahí dentro se había desatado un huracán. El chico esperó que los ojos se le amoldasen a la escasez de luz del interior, y al ver que todo estaba sumido en una quietud absoluta, pese al lamentable estado que la cabaña ofrecía, decidió entrar. Tan desesperado estaba por llevarse algo al estómago.

Dejó la puerta bien abierta, más que dispuesto a salir corriendo al primer atisbo de peligro. Una miríada de madera rota, libros y planos hechos añicos y un par de lámparas destrozadas pero curiosamente con las bombillas intactas le separaba de su objetivo: la cocina. Sus armarios y cajones cerrados, resultaban demasiado sugerentes y tentadores.

El chico se encontraba en mitad de la estancia, caminando con mucho cuidado entre los escombros, cuando Morgan hizo acto de presencia, saltando cual pantera sobre su presa, desde arriba de la escalera. Sergio gritó aterrado, echándose a un lado justo a tiempo antes de recibir la embestida de aquella bestia negra. Morgan cayó aparatosamente al suelo, clavándose en el antebrazo izquierdo la parte puntiaguda y astillada de la pata de una de las sillas que había destrozado hacía unos días. Sergio corrió hacia la entrada y salió de ahí a toda prisa, trastabillando entre las ruinas de la cabaña.

Morgan, ignorando por completo que tenía el brazo empalado por un pedazo de madera de más de dos centímetros de grosor, se levantó ágilmente y salió en su búsqueda, gritando en un idioma ignoto que hizo que a Sergio se le erizase el vello de los brazos. El policía era mucho más rápido que él, pese a su largo ayuno. Llegó incluso a rozar con la yema de los dedos la parte trasera de la camisa que Sergio llevaba puesta, antes que la cuerda que pendía del arnés que llevaba puesto dijese basta. El tirón fue tal que Morgan perdió por completo el equilibrio y cayó de cara al suelo. En su afán instintivo por suavizar la caída, lo que hizo fue placar a Sergio, que cayó aparatosamente.

El policía aprovechó el momento de confusión, ignorando la sangre que manaba de su nariz contusionada tras el impacto y de la herida de antebrazo, para agarrar a aquél pobre diablo del tobillo e hincar sus sucios dientes en la carne blanda de su gemelo. El grito de Sergio se oyó kilómetros a la redonda. Llegó incluso a asustar a Morgan, que aflojó su abrazo por un instante, tiempo más que suficiente para que Sergio se pusiera en pie y siguiera corriendo, con lágrimas recorriéndole las mejillas y una curiosa herida en forma de dos medias lunas goteando sangre en su gemelo.

Morgan trató en vano de perseguirle, tirando de la cuerda como si le fuera la vida en ello, dejando grandes surcos en la tierra que había bajo sus pies, gritando a viva voz, hasta que finalmente acabó dándose por vencido. Aún tardó un poco más en relajarse, y aprovechó para mirar en derredor, gratamente sorprendido al ver que el mundo real era mucho más grande de lo que él había pensado. Escasos siete u ocho metros le separaban de la puerta de la cabaña, abierta de par en par, de la que emergía la cuerda que le mantenía aprisionado.

Sergio pasó más de diez minutos corriendo, hasta acabar agotado, mucho después de saberse libre del yugo de aquél infectado disfrazado de policía. No era la primera vez que huía de una de aquellas bestias, pero sí la primera en la que él no había sido el más rápido. Pasó esa noche al raso, dentro de una pequeña cueva cuyo acceso ocultó con unos matojos arrancados del suelo, ignorante que en menos de una semana compartiría idéntica situación con quien había sido su verdugo, acabando de ese modo y para siempre con todos sus problemas.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Jajajajajaja. Amo a Morgan y todos lo saben, pero este capitulo es fenomenal. Toda la credibilidad posible, ahora es como un cachorro que debe aprender a cazar y su primer intento es un absoluto fracaso. Excelente capitulo, Lord Villahermosa.

    D-Rock.

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