3×1092 – Fricción

Publicado: 11/04/2017 en Al otro lado de la vida

1092

 

Inmediaciones de la cabaña del guardabosque, cima del monte Gibah, isla de Nefesh

6 de noviembre de 2008

 

El canto de los grillos lo envolvía todo, y ello molestaba a Morgan más de lo que resultaría previsible. Era noche cerrada y el cielo estaba parcialmente encapotado. No obstante, el policía no tenía problema alguno para ver cuanto le rodeaba. Era una de las ventajas de ser un infectado: una salud de hierro que rozaba el ridículo y una visión nocturna parecida a la de un felino. En contrapartida, esa misma visión se veía muy mermada durante el día, razón por la cual los hábitos de sueño estaban invertidos con el resto de humanos que no habían sido infectados de igual modo.

Morgan dio el enésimo tirón a la cuerda, más por inercia que con objetivo alguno. Hacía ya mucho tiempo que había asumido que no podría abandonar el diámetro de tres metros al que se había reducido su vida las últimas noches, en esta ocasión al aire libre. Para su sorpresa, la cuerda cedió definitivamente, y el policía al fin recuperó la libertad que tanto había ansiado desde su renacimiento como infectado.

En vez de correr libre cuesta abajo en busca de algo que llevarse a la boca, lo que hizo fue quedarse quieto donde estaba, abrumado por la situación. Agarró la cuerda que pendía de su cintura, atada al arnés, y tiró de ella lentamente hasta alcanzar el extremo que había seccionado. Miró en derredor, incapaz de comprender lo que había ocurrido, temeroso que tal cambio en su destino fuese fruto de algún otro factor que él hubiese pasado por alto y que pudiera resultar una amenaza. No había nadie más en centenares de metros a la redonda. El ulular de una lechuza le hizo salir de su ensimismamiento.

La señal identificativa que delataba que se encontraba en el punto más alto de la isla fue su salvación a una muerte lenta y agónica por inanición. El perfil metálico del que pendía no tenía muy buen acabado, y pese a no estar especialmente afilado, sí estaba firmemente afianzado al suelo mediante unos discretos cimientos de hormigón empotrados cerca de un metro al terreno. Para poder utilizar aquél perfil extruido de metal con el fin de cortar la cuerda hubiese hecho falta que alguien se pasara al menos quince horas ininterrumpidas frotándola contra el burdo metal, hasta que la fricción hubiese hecho mella en el tejido, debilitándolo poco a poco. Aunque en un lapso de tiempo mucho mayor, eso fue exactamente lo que pasó, por más que Morgan no lo había planeado así.

Desde que infectase a Sergio, el policía había deambulado un par de días dentro del limitado radio de acción de la cuerda, entrando y saliendo de la cabaña a placer. Fue durante la tercera noche cuando, al despertar de su sueño diurno, tuvo la mala fortuna de pasar por debajo de la cuerda que previamente había dejando en tensión en el poste de la señal, formando un nudo que al no comprender, jamás podría deshacer.

Intentó por todos los medios echar abajo la señal, a tirones, golpes y patadas, al igual que había destrozado con éxito todo en cuanto la cuerda se había atorado hasta el momento, pero ni tres hombres como él hubieran podido hacerlo aunando sus fuerzas. Además, tras dos semanas de inanición, truncadas tan solo por la ingesta del poco agua de lluvia que pudo acumularse en los pequeños charcos que los surcos que él mismo había hecho en el terreno tratando en vano de liberarse, su fuerza era cada vez más escasa.

Pese a que era a todas luces una locura seguir insistiendo en esa empresa, cuando llevaba ya más de cuatro noches dando vueltas alrededor de la señal y tirando de la cuerda en todas las direcciones posibles sin el menor atisbo de progreso, él no dejó en ningún momento de intentarlo. Irónicamente, su propia ignorancia fue su salvación, pues tras varias noches frotando sin descanso el mismo pedazo de cuerda contra el filo de metal del soporte de la señal, ésta acabó pendiendo de un pequeño hilo que el policía pudo romper de un tirón no especialmente fuerte.

Famélico, hediondo en demasía y algo débil por el sobreesfuerzo de los últimos días y el largo período de ayuno al que había sido sometido, Morgan comenzó a caminar pendiente abajo, en dirección norte, dirigiéndose sin saberlo hacia la ciudad. Si escogió esa dirección fue por mero azar, quizá inducido al haber visto al chico tomar esa misma dirección hacía cosa de una semana, o tal vez porque era el camino diametralmente opuesto a la cabaña, a la que no tenía intención alguna de volver. Aunque seguramente el verdadero motivo no fue más que la practicidad de escoger el camino más cómodo, cuesta abajo.

Deambuló por el bosque durante un par de horas, sin ser capaz de encontrar nada que llevarse a la boca. Poco antes que amaneciese se cruzó en su camino el río, y Morgan no lo dudó dos veces antes de arrodillarse junto a su orilla y comenzar a beber, metiendo la cabeza en el agua y dando dentelladas carentes de sentido práctico. Tardó más de diez minutos en saciarse con tal particular método, y ahora sí, con el estómago lleno, aunque sólo fuese de agua, concluyó que había llegado el momento de acostarse, pues ya había salido el sol, y él detestaba su brillo por encima de todas las cosas.

Al no encontrar ningún cobijo lo suficientemente oscuro para su gusto, Morgan se acostó a la sombra de un pequeño desnivel de terreno, entre unas zarzas que le rasgaron la piel formando incluso pequeñas gotas de sangre. Junto con la memoria, el policía había perdido la capacidad de sentir dolor, hasta el punto que un pinchazo con una aguja le supondría idéntica molestia que la amputación de un miembro. Eso, que en un principio podría considerarse un don divino, en muchas ocasiones resultaba una maldición, pues muchos infectados morían al carecer de ese factor crucial de su instinto de conservación.

Pocos minutos más tarde acabó durmiéndose, ajeno por completo al pésimo lugar que había escogido para hacerlo.

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