3×1094 – Revés

Publicado: 18/04/2017 en Al otro lado de la vida

1094

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de noviembre de 2008

 

Morgan se llevó una mano a la boca y se ayudó de las uñas para quitar un trocito de tendón que se le había quedado atorado entre los dientes. Tenía las manos empapadas en sangre. Estaba arrodillado frente al cadáver de una mujer anciana que había encontrado por casualidad al entrar a refugiarse de la tormenta de la noche anterior al portal de un bloque de pisos que tenía la puerta hecha pedazos. Pese a que ya había amanecido hacía bastante y la luz del sol se colaba por la destrozada entrada, Morgan seguía hundiendo sus manos en los ya fríos intestinos de aquella pobre mujer que jamás volvería a levantarse, para llevar otro pedazo de carne sanguinolenta a su boca y poder saciar así su hambre.

Desde su renacimiento como infectado, Morgan jamás había conseguido cazar una sola presa. Bien era cierto que tampoco había tenido muchas oportunidades, pues cuando él llegó a la ciudad, quienes no habían huido ya de la isla habían sucumbido a la infección, y los pocos supervivientes que aún quedaban estaban muy concienciados en su papel de no dejarse atrapar. En todo ese tiempo, Sergio fue el único superviviente con el que se había cruzado, y tras dejarlo escapar tan solo había tenido ocasión de enfrentarse a perros y gatos callejeros, y algún que otro pájaro, pero todos sus intentos se habían traducido en un vergonzoso fracaso. En contra de su voluntad y su instinto, se había convertido en un ser que se alimentaba tan solo de carroña, en la mayoría de los casos en bastante mal estado. Por fortuna, su aparato digestivo nunca se había resentido por el reiterado maltrato al que le sometía.

Con el estómago lleno, se levantó y echó un vistazo en derredor. Sus ojos se habían acostumbrado a la cegadora luz del sol, a fuerza de necesidad. Todo estaba sumido en un silencio sepulcral. En esos momentos se encontraba demasiado activo para echarse a dormir, y mucho menos con el estómago lleno. Por vez primera desde que se liberó del abrazo de aquella cuerda que le seguía a todos lados tomó la decisión de seguir su errático peregrinaje al amparo del astro rey. Parte de la culpa bien podía tenerla la lluvia de la noche anterior, que le había obligado a posponer su rutina nocturna de reconocimiento. En cualquier caso, abandonó a la anciana, cruzó la puerta cerrada a través del cristal roto, y comenzó a caminar calle abajo.

El cielo parecía haber decidido darle una tregua. El sol se había hecho un hueco entre las nubes y la temperatura resultaba hasta agradable. No obstante, un nubarrón oscuro que auguraba un nuevo período de lluvias lucía en todo su esplendor anclado al horizonte. El policía paró en seco al escuchar el sonido de un trueno lejano. Giró el cuello a lado y lado, echó un vistazo hacia atrás, incapaz de comprender la fuente de aquél estridente sonido, y siguió adelante, bastante receloso.

No debía llevar ni diez minutos caminando cuando oyó otro sonido muy extraño, un ruido que jamás antes había escuchado en esa nueva etapa de su vida. Apuró el paso y poco antes de llegar a la siguiente bocacalle vio pasar por la que cruzaba en perpendicular un robusto camión frigorífico circulando a una velocidad insensata. Enseguida desapareció de su vista, y con él el ruido del motor que tanto le había intrigado. Movido por la curiosidad, al llegar al cruce, en vez de seguir adelante, como había hecho con las cuatro calles anteriores, lo que hizo fue girar hacia la derecha, en la dirección que había tomado el vehículo.

Aún apuró más el paso al escuchar aquél fuerte golpe, y los gritos que le precedieron de inmediato. Para cuando llegó a la nave, el desalmado que había echado abajo la puerta principal, abollada a la altura del parachoques y tirada en el suelo, sacada de sus goznes, ya hacía un buen rato que se había ido, de nuevo sobre ruedas. Infectados y supervivientes por igual corrían de un lado a otro, gritando hasta desgañitarse, en lo que parecía un hormiguero al que un niño curioso hubiese estado hurgando la entrada con un palo. Morgan no podía creer lo que le decían sus ojos encharcados en sangre.

Todo fue fruto de un tendencioso desliz que acabó en tragedia. El chaval que conducía la furgoneta había sido expulsado hacía un par de días del último centro de refugiados del que disponía la isla, en aquella nave industrial, al ser falsamente acusado de la violación de una adolescente. El verdadero perpetrador de tal abominación fue paradójicamente el defensor más enérgico de su expulsión, que fue consensuada con una votación a mano alzada por los más de doscientos supervivientes con los que contaba el centro. Habiéndolo perdido todo, huérfano, con sus tres hermanos muertos y sin ninguna expectativa de sobrevivir en solitario, ni ilusión alguna por hacerlo, más al ser conocedor del impresionante alijo de bebida y alimento con el que contaba el centro, decidió vengarse.

Aún sin dar crédito a lo fácil que le había resultado meter a aquellos quince infectados en el receptáculo isotérmico del camión frigorífico, puso rumbo de vuelta al lugar del que había sido exiliado. Quizá todo hubiese sido distinto de no haber estado tan ebrio, pero su plan de acabar con las vidas de quienes habían decidido dar fin a la suya fue un rotundo éxito. Siempre y cuando uno obviase el mordisco que se había llevado en el brazo al abrir los portones traseros del camión, justo antes de subir de nuevo y salir de ahí a toda velocidad quemando rueda con los ojos anegados por lágrimas.

Aprovechando el caos que se había formado en las inmediaciones de la nave, la oportunidad que tanto había deseado de cazar su primera víctima, Morgan comenzó a correr y accedió al recinto, pasando por encima de la abollada puerta. Cuanto vio ahí dentro le hizo comenzar a salivar de inmediato. La larga espera había valido la pena. Al fin había llegado su momento de gloria.

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comentarios
  1. battysco dice:

    ¡Ya me he puesto al día! Sabe a gloria poder degustar varios capítulos seguidos.

    Sonia.

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