3×1096 – Atrapados

Publicado: 25/04/2017 en Al otro lado de la vida

1096

Periferia del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de noviembre de 2008

 

Morgan se golpeó la sien con la palma de la mano repetidas veces, mientras emitía algo a medio camino entre un gruñido y un gimoteo. El estridente sonido de la tormenta, con una violenta lluvia intercalada por ensordecedores truenos, lo inundaba todo. Le estaba sacando de quicio. Ni el mayor banquete de carne fresca imaginable le habría convencido para salir de nuevo a la calle en esos momentos. No era tanto el hecho de mojarse, que buena falta le hubiera hecho, a juzgar por el olor que se desprendía de su maltrecha y ajada ropa, ni siquiera era el ruido de los truenos, pues pese a que le incomodaban sobremanera, tan pronto se extinguían los olvidaba y pasaba página: el motivo de su recelo era el miedo a lo desconocido. Su joven mente de infectado no concebía que cayera agua del cielo, y la idea que esa misma agua le tocase le resultaba intolerable, hasta el extremo de que el mero sonido de una caída del agua, incluso en ausencia de lluvia, le hubiese hecho cambiar de rumbo.

Morgan estaba de pie en mitad de la lavandería, mirando hacia la calle, en la que se había formado un pequeño riachuelo con toda el agua que se había acumulado en tan corto período de tiempo. Detrás de él, el cadáver de Ricardo, hecho un cuatro en el suelo. Ya no sangraba. El policía estaba deseoso de hincarle el diente a su presa, pero algo le decía que el momento no era el adecuado. No estaba lo suficientemente hambriento tras el banquete de esa misma mañana, el sonido de la tormenta le impedía concentrarse en su tarea, y además, el hecho que el niño no tratase de defenderse le restaba gran parte del interés. Si hubiese intentado huir, Morgan no lo hubiese dudado dos veces antes de agarrarle y comenzar a zarandearle y golpearle, pero el niño llevaba ya un buen rato muerto.

Sin previo aviso, Ricardo resucitó. Morgan se dio media vuelta y le observó, pero apenas se inmutó: algo había aprendido desde su propio renacimiento.

A diferencia de quienes enferman lentamente tras ser mordidos, como el propio policía, el niño había muerto estando en plenas facultades físicas y mentales, aquejado tan solo de una pérdida de sangre incompatible con la supervivencia. El virus que accedió a su cuerpo a través del mordisco que había recibido en la axila sirvió a un tiempo para cortar dicha hemorragia y para devolverle de entre los muertos. El virus en sí mismo quizá no hubiese podido llevar a cabo tan hercúlea tarea: fue su reacción con los componentes de la vacuna que el chico había recibido a los pocos días de nacer lo que permitió el milagro.

Morgan se acercó a él, dubitativo, mientras el chico se incorporaba, como si acabase de despertar de una simple siesta. Ricardo parpadeó un par de veces, cerrando con fuerza los ojos, de un color que delataba que para él ya no había marcha atrás. Aún le costaría unos minutos adaptarlos a la luz que entraba por el escaparate de la lavandería. Morgan le observaba en silencio, sin mover un músculo, ignorante de cuál debía ser su siguiente reacción. No acababa de comprender lo que había pasado, pero a esas alturas ya había asumido que no debía atacarle, por su propio bien.

El niño trató de ponerse en pie, pero al apoyar la pierna derecha en el suelo, ésta se le dobló hacia un lado a la altura a la que la tenía partida, y cayó de nuevo al frío suelo. Morgan trató de acercarse a él, y entonces el niño comenzó a gritar, asustado. Cualquiera que le hubiese oído sin poder verle, bien podría haber jurado que le estaban prendiendo fuego, a juzgar por aquellos alaridos. En cualquier caso, sirvieron para que Morgan se lo pensase dos veces, y se limitase a dar un paso atrás, contrariado. Una vez estuvo convencido que el policía no se acercaría a hacerle daño, el niño se hizo un ovillo en el suelo y comenzó a gimotear, como un perro abandonado. Morgan se limitó a tragar saliva. Echó un vistazo hacia atrás, hacia la calle. Abandonarle no era una opción en esos momentos, con semejante tormenta, y la lavandería no tenía ninguna otra vía de escape.

El policía tomó asiento en el suelo y apoyó la espalda contra una de aquellas enormes lavadoras. No perdía de vista al niño, y éste no le perdía de vista a él. Se trataba de un duelo silencioso. En hasta tres ocasiones trató de acercarse a él, y lo único que consiguió fue que Ricardo entrase de nuevo en aquél trance de pánico, vociferando incoherencias al tiempo que se hiperventilaba, lo que irremediablemente obligaba al policía a alejarse de nuevo. Así estuvieron durante varias horas, después incluso de la puesta del sol, ambos despiertos, sin perderse de vista el uno al otro, mientras la tormenta seguía azotando la isla sin piedad.

Morgan estaba dando cabezadas, sentado de espaldas al mostrador. A cada nuevo trueno levantaba la vista, sorprendido, para entrar de nuevo en idéntica rutina. Tenía mucho sueño, pero no estaba dispuesto a dormirse con aquél ser en la misma estancia que él. Ricardo se había pasado la última hora masajeándose y dándose tirones en el hombro, hasta que finalmente consiguió devolverlo a su posición inicial. Con la pierna no lo tendría tan fácil. En ese momento estaba distraído, con la mirada perdida en el suelo bajo sus pies, respirando con lentitud por la boca. Morgan tenía la barbilla apoyada en el pecho, luchando por mantener abiertos los párpados. Fue en ese momento cuando una descomunal explosión que hizo temblar los cimientos del edificio en el que se estaban refugiando de la tormenta hizo que ambos se pusieran en alerta. Morgan y Ricardo se miraron mutuamente, incapaces de comprender lo que acababa de ocurrir.

El ruido de la explosión marítima no tardó en extinguirse, pero el niño comenzó a gemir de nuevo, asustado. El policía se puso en pie, totalmente fuera de lugar, lo que provocó una nueva crisis de ansiedad en el chico. Morgan, con la cabeza gacha entre los hombros, miró de nuevo hacia la calle. Para su sorpresa, todo seguía exactamente igual. Con bastante peor cuerpo, ocupó de nuevo su lugar. En esta ocasión le costó menos mantenerse despierto, con todos aquellos gritos y gemidos asustados sumándose al de la tormenta.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Acabo de detectar algo importante: los infectados temen el sonido del agua, no sólo la lluvia… Por eso no se acercan a la cabaña de Abril, ¿cierto? En esa cabaña se tiene que cocer algo gordo pronto, que al final se nos va a olvidar que la tienes ahí perdida de la mano de dios.

    Luego otra cosa, ¿los infectados se podrán hacer “amigos” entre ellos?

    No deja de ser original que a través de Morgan nos muestres las vivencias de un infectado. Y, por mi parte te agradezco que no hayas dejado que se comiera al niño.

    PD: la explosión mencionada en este capítulo supongo que hace referencia a cuando los expresidiarios saltaron por los aires. MOLA.

    Sonia.

  2. Drock9999 dice:

    Lady Sonia que gran aporte! David no deja nada al azar y esa cascada tan bien ubicada…. Por otra parte, no se si me salte pero jamas vi a Morgan cruzar cerca al avion para que Zoe lo viera. Queria saber que paso en ese momento 😦

    D-Rock.

  3. Como lady Sonia bien ha detectado, la fobia inherente a la lluvia de los infectados es extrapolable a las caídas de agua, motivo por el cual la mansión de Nemesio es el lugar perfecto para vivir, pues los infectados que rondan la zona no tienen interés alguno en acercarse a priori. Nada es inocente en esta novela, ergo si me he molestado en presentar al personaje de Abril, darle cabida en la novela y luego relegarla a un segundo plano con apariciones muy esporádicas, no es por rellenar. Aunque pueda parecerlo, no incluyo nada para rellenar, y la mayoría de las veces lo que hago es resumir o comprimir todo lo que quiero explicar. Es una historia de una envergadura descomunal.
    Infectados haciéndose amigos entre ellos… tanto como lo pueden ser dos animales, sí y no, y dentro de un contexto que pueda garantizar su verosimilitud. Os invito a recordar la escena del tren de la bruja. Nada es inocente, y muchas veces doy pequeños avances de ideas de futuras tramas en escenas que aparentemente son… mero atrezzo.
    Hacía muchísimo tiempo que quería explicar en un flashback la historia de un infectado, con sus más y sus menos, sus vicisitudes y sus particularidades, tratándolo como a un personaje más de la novela. Y cuando me vino a la mente que Morgan podía ser ese personaje, una subtrama se me vino a la cabeza y me encajó de escándalo con lo que venía detrás, y me dije… ¡adelante!
    La explosión que escuchan esa noche lluviosa, en efecto, es la del barco de los ex presidiarios que Paris hizo volar por los aires. Del mismo modo que la nave donde encuentra a Ricardo es la misma nave donde al día siguiente Paris y Fernando descubren el centro de supervivientes que se vio abajo y toda aquella cantidad de comida en palés. Están ahora muy cerca de Bayit, aunque lso protagonistas están con Abril en esa cronología, al tiempo que Paris y Fernando se encargaban de los expresidiarios y éstos quemaban el hotel donde anteriormente vivían. Está todo interrelacionado.
    La escena en la que Zoe cree ver a Morgan existió como tal, y la niña nunca llegó a saber si realmente era Morgan o no, siquiera si estaba tan dormida que no fueran imaginaciones suyas. En este caso, por contexto geográfico, no pudo ser Morgan. En ese momento que Zoe creyó verle Morgan aún no había pasado a ser un infectado con todas las de la ley, estaba de camino a la cabaña sobre el monte Gibah. Lo que vio fue a un infectado, y su instinto y su miedo por que pudiese ser realment Morgan transformado, fueron los que le invitaron a no acercarse. De haberlo hecho habría tenido problemas más que serios.
    Gracias a tod@s por vuestras aportaciones. ¡Mañana más y mejor!

    David.

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