3×1098 – Recompensa

Publicado: 02/05/2017 en Al otro lado de la vida

1098

 

Periferia del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Morgan despertó desubicado. No sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo: a duras penas recordaba dónde se encontraba. Aún era de día, lo cual le resultó molesto. Él tenía un sueño bastante profundo, y si había despertado fue por aquél extraño ruido. Jamás la reconocería, por más que había pasado cientos de horas escuchándola y bailándola en compañía de su esposa Sofía, en una dulce etapa de su vida que se había volatilizado. Se trataba de música country.

La distancia a la que se encontraba la fuente del sonido hacía que resultase poco más que un susurro en la lejanía. Suficiente, no obstante, para perturbar su sueño, al quebrar el sempiterno silencio en el que se había sumido la isla desde que ellos la reclamasen a sus anteriores dueños. Al sonido de la música pronto se sumó el de disparos lejanos, ecos aislados que hicieron que Morgan se pusiera en alerta, desechando la idea de reemprender el sueño.

Aunque la hora no era la más propicia, pues era pleno mediodía, Morgan se sintió en la obligación de ir a averiguar qué es lo que estaba pasando. Cual rata atraída por la música del flautista de Hamelín, el policía no se lo pensó dos veces y se puso en pie, dispuesto a llegar hasta la fuente de la misma. Luchando por amoldar sus ojos a la luz que entraba por los escaparates, se dirigió hacia la calle que había abandonado hacía pocas horas. Para su sorpresa, algo le impidió avanzar más que unos pocos pasos.

Un retazo de memoria le vino a la mente y le hizo estremecer. Se trataba de la cuerda que le había impedido abandonar la cabaña sobre el monte Gibah, la misma que hubiera acabado haciéndole morir de inanición más tarde o más temprano. El policía se giró a toda prisa, molesto. Por más que no movió un músculo de la cara, se sorprendió por lo que vio. Se trataba de Ricardo. El niño tenía sujeta la cuerda con ambas manos, impidiéndole avanzar, y le miraba en silencio, con la cabeza gacha entre los hombros. Ambos se aguantaron la mirada unos segundos. El niño no tenía intención de dejarle seguir adelante.

A juzgar por dónde se encontraba, el chiquillo se había acostado muy cerca de él, lejos del ya cadáver de aquella pobre mujer a la que había comido media cara y parte del cuello. Morgan dio un tirón a la cuerda, acompañado de un gruñido iracundo, y ésta se desprendió de las manos de Ricardo, que no obstante las mantuvo en idéntica posición. El muchacho comenzó a gimotear de nuevo, pero en esta ocasión el sonido que profirió era distinto. Morgan gruñó de nuevo, esforzándose por ignorarle, y abandonó la lavandería bajo la atenta mirada del chico. Los disparos en la lejanía eran cada vez más frecuentes, por más que se intercalaban con largos períodos de silencio sólo roto por aquella música americana.

Al salir a la calle, aún con los ojos entrecerrados debido al intenso brillo del sol, se encontró a otros tres infectados caminando por mitad de la calzada, en dirección a la fuente de aquél sonido desconocido para ellos. Los infectados no le prestaron la menor atención, y él actuó de igual manera. Cada vez le costaba menos reconocer a sus semejantes como tales, y por ende, actuar en consecuencia. Un sonido a sus espaldas distrajo su atención, y el policía se giró a tiempo de ver a Ricardo en la entrada de la lavandería, boca abajo en el suelo. Le estaba siguiendo.

El pobre muchacho no se podía tener en pie debido a su pierna rota, y se había arrastrado como bien había podido hasta la acera. Seguía gimoteando de aquél modo tan característico. Se arrastró un poco más hasta que alcanzó la cuerda y tiró de ella, intentando atraer a Morgan de nuevo al interior de la lavandería. El policía se rascó la cabeza, con aquellas uñas rotas y llenas de tierra y suciedad. El niño siguió insistiendo, y pese a que su escasa fuerza jamás estaría a la altura para atraer a Morgan hacia sí, sorpresivamente, lo consiguió.

El policía echó un último vistazo al final de la calle que debía seguir si quería averiguar de dónde venía aquél extraño sonido, y acto seguido desanduvo sus pasos y entró de nuevo a la lavandería. Al pasar junto al chico, éste se mantuvo en silencio, por primera vez desde que despertase de la muerte. En igualdad de condiciones, no hacía ni veinticuatro horas, habría comenzado a gritar como un lechón asustado. El policía se arrodilló junto al cadáver de aquella mujer, y gruñó al chico, que no se lo pensó dos veces antes de arrastrarse en idéntica dirección. Ambos comenzaron a alimentarse del cadáver, en silencio y sin siquiera dirigirse la mirada, esforzándose por ignorar el sonido que había despertado a ambos.

Aún sin saberlo, y de igual modo que él había hecho con Ricardo anteriormente, el niño había salvado la vida de Morgan. Aquella música provenía de los dos grandes altavoces que Paris y Fernando habían instalado en una cancha de baloncesto a algo menos de un kilómetro de ahí, con la intención de limpiar el barrio de infectados para proceder a su colonización. Los disparos lejanos que escuchaban no delataban si no la muerte indiscriminada de docenas si no cientos de sus semejantes, en un desmesurado holocausto sólo comparable al que ellos mismos habían protagonizado hacía tan poco en la nave donde había vivido Ricardo las últimas semanas, la entera totalidad de los cuales ahora desfilaba en fila india hacia su propia muerte.

Pese a que la música y los disparos se mantuvieron en activo durante horas, más allá incluso de la puesta de sol, Morgan no volvió a intentar en ningún momento escapar de la lavandería. Ahí dentro tenía cuanto necesitaba, ahora que el muchacho había aprendido a tolerar su presencia: alimento y un lugar a la sombra donde dormir a pierna suelta.

Anuncios
comentarios
  1. Betty dice:

    ¡¡Sobresaliente, David!! Gracias a este flashback de Morgan, estamos en cierto modo empatizando con los infectados al vivirlo desde el otro lado. 👏👏👏

  2. Fran dice:

    Cierto…
    Curiosamente le queda algo de su vida anterior, la que le hacía proteger y cuidar a terceras personas.

    Fran

    • Betty dice:

      Tienes razón, Fran. A pesar de reseteo del virus sobre su mente hay algo de la esencia de Morgan que permanece ahí.

      ¡Saludos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s