3×1099 – Dúo

Publicado: 06/05/2017 en Al otro lado de la vida

1099

 

Periferia del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

21 de noviembre de 2008

 

Faltaba poco para el amanecer. Morgan miró al chico con la cabeza ligeramente ladeada, desde su posición en mitad de la calzada. Volvía con las manos vacías de una de sus habituales rondas nocturnas. Era la primera vez que le veía abandonar la lavandería desde que él mismo le llevase hasta ahí a cuestas, hacía ya una larga semana. Ricardo se mantenía erguido, con el pie herido ligeramente apoyado y el otro aguantando todo el peso de su pequeño cuerpo. Daba la impresión que fuese a perder el equilibrio de un momento a otro. El hueso ya había soldado, a una velocidad inusitada, y pese a que lo había hecho algo torcido, lo cual le obligaba a caminar con una acusada cojera, al menos le permitía mantenerse en pie.

Ricardo renqueó en dirección al policía y éste observó cómo caminaba calle abajo. Sin saber muy bien por qué, le siguió. El niño tenía serias dificultades para avanzar, lo cual obligó al policía a suavizar su ritmo. Detrás dejaron el hediondo e hinchado cadáver de aquella mujer de la que ambos se habían estado alimentando, junto con los pocos restos de un cachorro de gato que Morgan había traído al chico hacía un par de noches. También quedó abandonado sobre el sucio suelo de la lavandería el arnés y la cuerda que el policía había llevado en la cintura hasta hacía pocas horas. Ricardo le había librado de esa carga por pura casualidad, tras pasarse varias horas hurgando en el mosquetón hasta que fortuitamente consiguió desengancharlo del arnés.

Caminaron en dirección noroeste cerca de diez minutos, alejándose cada vez más de Bayit, hasta alcanzar el parque con el pequeño estanque del que Morgan había estado bebiendo los últimos días. Para entonces ya había amanecido, pero a Ricardo no parecía importarle demasiado. El chico, que tenía los labios cortados y sangrando y la boca pastosa de no haber bebido más que unos pocos mililitros de sangre los últimos días, se arrodilló a la orilla e introdujo media cabeza en el agua, para comenzar a sorber acto seguido, parar el tiempo justo para respirar y repetir idéntico proceso, una y otra vez. Morgan le observó curioso y decidió imitarle, incorporando de ese modo una nueva habilidad a su aún limitado repertorio. Aunque había borrado de su memoria todo cuanto había aprendido durante su vida anterior, quedándose en blanco, ésta era ahora un lienzo en blanco listo para ser pintado.

Su deambular errático les llevó a toparse con una niña unos años menor que Ricardo. Ambos habían convivido en aquél último reducto de supervivientes del que disponía la isla, la nave de la que Morgan le había rescatado, con la malsana intención de comérselo vivo. Incluso habían jugado a papás y a mamás en un par de ocasiones, en contra de la voluntad de Ricardo, instigado por los padres de ambos. Fue el policía el primero que reparó en ella, antes incluso que la niña se percatase de su presencia. La joven estaba hurgando en la basura de un contenedor volcado en mitad de la calzada, a la búsqueda de algo que llevarse a la boca.

La niña había escapado de aquél infierno por los pelos en compañía de sus padres, siendo la única de los tres que no había resultado herida, y por ende, infectada. Su padre murió ese mismo día. Su madre, un par de días más tarde. Ambos eran conscientes del peligro que ellos mismos supondrían para su hija una vez cruzaran el umbral de la muerte, y lo prepararon todo para evitar atacarla. No obstante, no pudieron garantizar su supervivencia una vez la niña se quedó sola en el mundo. Era demasiado joven para comprender el peligro al que se exponía saliendo a la calle, del que tanto le habían prevenido, y al final el hambre fue más fuerte. Esperó pacientemente a que amaneciera y salió a la calle en busca de alimento. La joven había encontrado un pedazo de salchichón reseco en una de las bolsas que había abierto con las manos desnudas, y lo mordisqueaba ávidamente con su dentadura mellada, sujetándolo con firmeza por la cuerda.

En contra de su propio instinto, que le hubiera empujado a salir a toda prisa en su busca, lo que hizo Morgan fue echarse a un lado y permitir que Ricardo hiciese los honores. Tan pronto el chico la vio, le cambió por completo la expresión de la cara, y comenzó a correr, de un modo ridículo. El ruido alertó a la niña, que enseguida se puso en tensión. Quizá su reacción hubiese sido distinta de no haberle reconocido. Tal vez si Ricardo hubiese caminado sin cojear, no hubiese despertado en ella ese instinto de ayuda al prójimo. En cualquier caso, aquél corto titubeo fue suficiente para que Ricardo se abalanzase sobre ella y hundiese sus jóvenes dientes en una de sus orejas, arrancándole un pedazo en el acto. El agudo grito de la niña se escuchó varias manzanas a la redonda.

La víctima de Ricardo consiguió deshacerse de su abrazo y se disponía a huir de ahí, con el cuello bañado en sangre, cuando se topó con Morgan. El policía le dio un fuerte empujón, devolviéndola al suelo lleno de basura, donde Ricardo no dudó en echársele encima, sujetarla por la muñeca y seguir dando rienda suelta a sus instintos depredadores de violencia desmedida. Cualquiera que hubiese observado a Morgan supervisando aquella atrocidad, hubiese negado ver en él expresión alguna de regocijo. No obstante, sus ojos, inyectados en sangre, adquirieron un brillo característico.

Cerca de una hora más tarde, Ricardo concluyó que ya había tenido suficiente. Morgan y él habían estado alimentándose hasta entonces del cadáver de aquella pobre niña. La habían dejado en tal estado que jamás podría volver a levantarse, por más que, al igual que ellos dos, estaba vacunada. Aquella extraña pareja formada por un cuarentón negro y un niño blanco que no alcanzaba ni los dos lustros buscó refugio en un pequeño supermercado de barrio que había sido saqueado hasta la extenuación. No tardaron en quedarse dormidos, el uno junto al otro, con el estómago lleno y hediendo a sangre.

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