3×1101 – Hambriento

Publicado: 13/05/2017 en Al otro lado de la vida

1101

 

Inmediaciones del barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

Morgan se quedó quieto al escuchar aquél extraño sonido proveniente de su estómago. Había estado rugiendo toda la noche, exigiendo que le alimentase, pero el policía aún no se había acostumbrado a él y seguía sorprendiéndose. Llevaba varios días sin apenas llevarse nada al estómago, y aunque las fuerzas aún le acompañaban, él no cejaba en su empeño de encontrar una nueva presa, cosa que en la isla cada día resultaba más complicado.

Hacía ya más de un mes del fallecimiento de Ricardo, y desde entonces no había parado de caminar, noche tras noche, sin rumbo alguno. Tras aquél desafortunado incidente volvió al bosque, y ahí estuvo viviendo durante prácticamente tres semanas, alimentándose de pequeños roedores e insectos y bebiendo agua cada vez que el río se cruzaba fortuitamente en su camino. Era una vida tediosa, monótona y nada gratificante, pero él se regía por el instinto, y poco le importaba. Durante aquella etapa se cruzó con varios infectados, a los que no prestó atención alguna, pero ni con un solo superviviente que le pudiese servir de alimento.

Aún sin saber muy bien cómo, esa noche su deambular errático le había llevado de vuelta a la civilización, por la parte sudoriental de la ciudad de Nefesh, al barrio del que tanto había aprendido y en el que tanto había perdido. En esos momentos se encontraba frente a la nave donde había encontrado al chaval en primera instancia. La reconoció enseguida y decidió entrar, al mismo tiempo que su estómago volvía a rugir. La mayoría de los cadáveres aún seguía ahí, por más que algunos de ellos habían servido de alimento a otros infectados y aún lucían peor aspecto que la última vez que él había estado ahí. De lo que no había rastro alguno era de ninguno de sus congéneres. Desde su vuelta a la civilización, no se había cruzado con uno solo.

Morgan caminó por el interior de la nave olisqueando el ambiente y se acercó a algún que otro cadáver. El estado de putrefacción al que habían llegado a esas alturas hacía que incluso para él, hambriento como estaba, resultase inconcebible alimentarse de alguno de aquellos cuerpos. Por más que se esforzó, no fue capaz de encontrar nada que llevarse al estómago, y finalmente acabó por abandonar la nave, consciente que no dispondría de mucho más tiempo para hacerlo antes que volviera a salir el sol y se viera obligado de nuevo buscar a cobijo del envite de sus cálidos y luminosos rayos en algún lugar a la sombra.

Continuó caminando calle arriba, dirección norte, cuando pasó junto al solar de una obra abandonada, de cuyo interior emergía una enorme grúa roja con la pluma al viento. Hubiera pasado de largo, como había hecho con otro montón de solares anteriormente en esa misma zona, de no haber sido por el olor. Comenzó a tomar grandes bocanadas de aire, por la boca y la nariz al mismo tiempo. Una miríada de matices llegó a su sentido del olfato. Si bien aquél olor no auguraba la presencia de una presa, resultaba tan extraño y sugerente que le obligó a virar el rumbo.

Tardó cerca de veinte minutos en encontrar el modo de acceder, pues el solar de la obra estaba minuciosamente vallado en todo su perímetro. Su único punto débil era el portón de acceso, que pese a que siempre se encontraba cerrado a conciencia, precisamente para evitar que infectados como él accediesen al interior, ahora lucía entreabierto, tentándole a entrar. Lo hizo.

El interior del solar no distaba mucho de los demás solares abandonados que había en esa zona del ensanche de Bayit, a diferencia de la maquinaria de construcción, la caseta de obra, aquella descomunal grúa y la excavación del aparcamiento de la que provenía aquél peculiar olor. Morgan, guiado en todo momento por su olfato, caminó en dirección a la excavación que los habitantes del barrio amurallado habían utilizado como vertedero desde el inicio de su asentamiento. La cantidad de basura que ahí había acumulada parecía delatar un asentamiento mucho mayor.

El policía consiguió bajar al nivel inferior, no sin llevarse un buen golpe debido a su torpeza, y tan pronto llegó a la zona donde estaban acumulados todos aquellos desperdicios comenzó a hurgar entre ellos. Ignoró la montaña de pañales sucios y comenzó a llevarse a la boca pequeñas porciones de alimento que habían quedado adheridas a bolsas de plástico o latas no lo suficientemente bien rebañadas. El aporte de alimento era ridículo, pero no por ello dejó de insistir, hundiéndose hasta las rodillas en la basura. Se hizo un corte en la lengua al lamer unos restos resecos de atún de una lata dorada y ovalada, pero no le dio importancia. La herida enseguida se curaría sola: eso no era algo de lo que debiera preocuparse. Durante el proceso también se llevó a la boca algo de tierra y pequeñas piedrecillas, pero no parecía importarle lo más mínimo.

Siguió así durante un par de horas, apenas encontrando unos pocos gramos de alimento con el que poder saciar su acrecentada hambre, hasta que empezaron a caer las primeras gotas de agua. Habida cuenta del rechazo que la lluvia le producía, y que no tardaría mucho en amanecer, Morgan concluyó que ya había tenido suficiente por esa noche. Aún considerablemente hambriento, Morgan salió de la excavación por la rampa habilitada a tal efecto, después de pasar varios minutos intentando infructuosamente trepar por las paredes prácticamente verticales de aquél descomunal agujero en el suelo, cada vez más embarradas.

Trató de abandonar el solar siguiendo la misma táctica que al entrar, acuciado y cada vez más nervioso por la lluvia que le caía encima, pero fue incapaz de volver a encontrar el portón de acceso. Finalmente reparó en la caseta de obra, largo tiempo después que se hubiese hecho de día, y no se lo pensó dos veces antes de acceder al interior. Se hizo un ovillo en una de las esquinas opuestas a la puerta de entrada, entre una caja de herramientas y una vieja silla de madera, gruñendo levemente al escuchar el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el techo de chapa.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Y de forma rapida hemos llegado a donde nos quedamos. Y si he llegado a conocer en algo a nuestro apreciado Lord Villahermosa, se viene otra receta antes de saber que hay de Zoe y Morgan

    D-Rock

    • ¡Al contrario, lord D-Rock! Lo cual se traduce en buenas noticias. 🙂
      La trama troncal avanza hasta un cliffhanger en el que habitualmente se presenta a un personaje, nuevo u obviado durante un tiempo -> cronología/crónica/receta para hacer de colchón -> Flashback del personaje que se incorpora hasta que alcanza el cliffhanger desde su propia perspectiva -> continuación de la trama troncal hasta el siguiente cliffhanger.
      Queda un capítulo más que es el de anexión Zoe-Morgan desde su perspectiva, pero en adelante seguiré contando la historia desde ese punto, sin más saltos hasta… cierto punto (que hará que me queráis matar XDDDDD).

      David.

      • Drock9999 dice:

        Jajajaja. Siempre nos pasa. Creo que solo queda por revelar 2 incognitas: Guille infectado y Barbara en el ataud. Lo que venga despues…..

        D-Rock

  2. Betty dice:

    Jejejeje, muy bueno Lord David. 😉
    Yo seguía el mismo hilo de pensamiento que D-Rock y tenía en mente la receta de Abril y compañía…

  3. Battysco dice:

    Pues yo, sencillamente, no me entero del ritmo que marcas. Al leer capítulos sueltos en momentos distintos pues parezco un ente errático que camina sin rumbo…

    Me ha encantado conocer cómo ha llegado Morgan al solar donde, en breve, se encontrará con su pequeñaja. Y, nada. ¿Qué decir? Pues que me muero de la impaciencia por volver a la trama troncal.

    Sonia.

  4. Fran dice:

    Pues no sé, pero hay un jovenzuelo al que yo mataría con mis propias manos si pudiera…
    Siempre que ha pasado algo malo a algún personaje está de por medio, el cura, el padre de Maya, Morgan, Francisco y ahora Zoe…
    David, cárgate a ese sin miramientos y salva a Zoe, anda…

    Fran

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