3×1108 – Lamentable

Publicado: 06/06/2017 en Al otro lado de la vida

1108

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

6 de enero de 2009

 

CARLOS – No lo sé. No sé en qué diablos estaría pensando… ¡Maldita cría! ¿Podrás venir?

ABRIL – Sí. Claro… Salgo… Salgo ahora. Descuida.

CARLOS – ¡No, mujer! Te paso buscando si quieres. No… No vayamos a tener otro disgusto. Sólo faltaría.

ABRIL – Qué va. Tengo… Tengo aquí el coche a punto, y un montón de combustible del que me trajisteis la última vez. Además, hace un día genial para salir. No me va a pasar nada. Ya voy yo.

CARLOS – ¿Estás segura?

ABRIL – Sí. Mientras antes llegue, mejor. No podemos perder más tiempo.

CARLOS – A ver… Tampoco… Quiero decir… la niña está mal, pero no creo que…

ABRIL – Olvídate. Cojo el coche y voy. No se hable más. Además, hace mucho tiempo que os debía una visita. Aunque… es una pena que tenga que ser en estas condiciones.

Abril suspiró. Carlos no encontró las palabras con las que responder a la médico. Fue ella la que rompió el silencio incómodo que se había apoderado del dormitorio de Bárbara, con la cama aún deshecha.

ABRIL – Nos vemos esta tarde.

CARLOS – Muchas gracias. Te debemos una.

ABRIL – No digas tonterías. Hasta luego.

El ruido de la estática se adueñó de la habitación. Carlos cortó la comunicación de radio. Respiró hondo, con los ojos cerrados y la nuca apoyada contra el respaldo de la silla del escritorio, dejó pasar unos segundos y acto seguido se puso en pie. Miró de reojo la puerta por la que había entrado y un escalofrío le recorrió la espalda. La puerta que comunicaba con la terraza estaba abierta: seguía lloviendo. El instalador de aires acondicionados se levantó, echó mano del bolsillo y extrajo una cajetilla de tabaco. Se acercó a la terraza, sacó un cigarro y el mechero de la cajetilla y lo encendió con manos temblorosas. Empezó a fumar, con caladas excesivamente largas y la mirada perdida en el cielo encapotado.

Aunque durante los períodos de bonanza como el que acababan de disfrutar la sensación se diluía sustancialmente, haciéndoles incluso bajar la guardia, Carlos se convenció que nada de lo que hicieran iba a parar la rueda que se estaba llevando por delante el mundo entero. En su mente volvió a formularse la pregunta que jamás le había abandonado desde que comenzase esa pesadilla: ¿Valía realmente la pena seguir luchando contra lo inevitable?

Acabó el cigarro en tiempo récord, esforzándose porque no entrase humo a la habitación, y se dispuso a encender otro. Llegó a posar el dedo sobre el pequeño botón de plástico del mechero, el cigarro pendiente de los labios, pero se lo pensó mejor y lo guardó de nuevo todo en la cajetilla, y ésta de vuelta al bolsillo. Evadirse de los problemas no era su estilo, y en el dormitorio contiguo sería más útil que ahí, aunque sólo fuese aportando algo de apoyo moral, de lo que él mismo estaba bastante falto.

Al entrar en el dormitorio de Zoe se sorprendió por lo vacío que estaba. Ya se había ido prácticamente todo el mundo, después del lamentable espectáculo que había protagonizado echando a cuantos compañeros curiosos y preocupados se habían congregado en el dormitorio, ávidos de conocer la gravedad de la situación y ofrecerle palabras de ánimo a la pequeña. Tan solo quedaban la profesora, Ío, a la que no había conseguido convencer, y Christian, que no había abandonado a Zoe desde que volviese con ella en brazos al barrio. La niña estaba tumbada boca arriba en su propia cama, la colcha hasta el cuello, con los ojos cerrados. No había manera de saber si sólo descansaba o si finalmente se había quedado dormida. Bárbara estaba sentada a su lado, junto a la cama, sujetándole con suavidad la mano con la muñeca nuevamente vendada. Al menos ya no sangraba.

CARLOS – Acabo de llamar a Abril. Vendrá esta tarde, a… a… a echar un vistazo.

Todos le miraron, pero nadie le ofreció una respuesta. Tampoco había mucho que añadir. Su gesto no dejaba de ser loable, pero todos sabían que Abril poco podría hacer por la pequeña Zoe, más allá de limpiar y desinfectar sus heridas, ofrecerle alguna medicación para paliar el dolor y darle algún que otro punto. El mal que aquejaba a la niña no lo podría curar ni el mejor médico del mundo. Ío volvió a agachar la mirada, los ojos enrojecidos por el llanto. Bárbara no paraba de mirar a la niña, cuya cara herida se hinchaba más por momentos. La impotencia la estaba matando por dentro. No estaba preparada para un golpe como ese.

Christian fue el único que asintió vagamente al instalador de aires acondicionados, segundos después, para acto seguido dirigir su mirada de vuelta a la ventana. Él estaba muy preocupado por la más que probable avalancha de preguntas que recibiría tan pronto volviese al barrio, pero nadie le había interrogado aún sobre el modo cómo había encontrado a la niña, lo cual le había sorprendido bastante. Al parecer, el lamentable estado físico de la niña y la herida de su muñeca resultaban lo suficientemente explicativas del destino que había sufrido la pequeña, y visto lo visto, los pormenores del mismo poco importaban ya. Todos se habían centrado en ella, y él había pasado a un segundo plano, aún siendo su salvador. Tampoco nadie se lo había agradecido, aunque eso a él no le importó lo más mínimo.

Carlos se colocó a la vera de Bárbara, y posó su mano sobre el hombro de la profesora. Bárbara levantó la mirada, con sus ya habituales ojeras aún más acusadas por la falta de sueño y la preocupación, y el instalador de aires acondicionados vio cómo sus ojos color avellana adquirían un brillo característico. A Carlos se le rompió el alma, y su mente comenzó a divagar hacia el futuro. Estaba convencido que Bárbara no sería capaz de dar paz a la niña llegado el momento, y que en consecuencia, esa difícil tarea le correspondía a él. Miró a la niña, que respiraba pausadamente por la boca. Se le hizo un nudo en el estómago tan solo de imaginarlo.

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