3×1112 – Fe

Publicado: 20/06/2017 en Al otro lado de la vida

1112

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

7 de enero de 2009

 

Zoe se despertó al escuchar cuchicheos a su alrededor. Entreabrió con lentitud su único ojo sano pero tuvo que cerrarlo enseguida, abrumada por tal cantidad de luz. Junto a ella distinguió dos siluetas borrosas que la observaban con detenimiento. Volvió a abrirlo, acostumbrándolo paulatinamente a la luz diurna que entraba por la ventana, a través de la cortina: se trataba de Bárbara y de su hermano.

BÁRBARA – Buenos días cariño.

La niña parpadeó un par de veces, aún bastante desubicada. Había tenido un mal sueño, y pese a que ya lo había olvidado, aún sentía parte de la congoja que éste le había provocado. Recordar dónde estaba y por qué se sentía tan mal tampoco la ayudó. Bárbara posó con suavidad la palma de su mano en la frente a la pequeña: la fiebre no había remitido, y pese al frío que reinaba por doquier, comprobó que Zoe estaba empapada en sudor. La profesora respiró hondo, visiblemente nerviosa.

BÁRBARA – ¿Cómo… cómo te encuentras?

Zoe notó cómo sus labios se resistían a abrirse al intentar responder. Tenía la boca muy seca, y notó cierta congoja al sentir cómo se separaban. Al hacerlo, tan pronto inspiró le sobrevino un ataque de tos, y enseguida se llevó una mano a la boca, temiendo que el mal que la atormentaba pudiese extenderse por el aire. Se trataba de una reacción bastante estéril habida cuenta que las otras tres personas que se encontraban en ese momento en el ático, al igual que ella, estaban infectadas. Bárbara notó un nudo en el estómago y se apresuró a coger un vaso de agua que ella misma había dejado sobre la mesilla de noche la jornada anterior.

BÁRBARA – Toma, bebe un poco. Te sentará bien.

La niña se incorporó y cogió el vaso que le ofrecía la profesora. A duras penas bebió un corto sorbo y se lo devolvió, con la mirada gacha, el silencio como única respuesta. Se sentía muy avergonzada por el fruto de su imprudencia, y cada vez que veía a Bárbara, ahora todavía más al verla lucir aquellas acusadas ojeras por la falta de sueño, esa sensación se convertía en un dolor prácticamente tangible. Ser consciente de lo mal que se lo estaba haciendo pasar le hacía casi tanto daño como el virus que corría por sus venas, exigiendo el gobierno de su cuerpo.

A Bárbara se le rompía el alma viéndola en ese estado. Zoe estaba empezando a parecerse cada vez más a la niña triste, asustada y desmotivada que conoció por pura casualidad en aquél supermercado abandonado en Sheol, alejándose de la jovencita vital, positiva y ávida de aventuras en la que se había convertido durante su larga convivencia. La profesora tomó aire, con el corazón latiéndole a toda velocidad debajo del pecho.

BÁRBARA – Zoe, cariño.

Volvió a tomar aire. Le temblaban las manos.

BÁRBARA – Hemos traído una medicina, para… que…

Notó cómo le temblaba la mandíbula y se esforzó por mantener la compostura. Zoe tenía serias dificultades para mantener el ojo abierto. Se encontraba muy débil y necesitaba seguir descansando.

BÁRBARA – Te sentará bien.

ZOE – ¿Más pastillas?

BÁRBARA – No… Es… Es… Te lo tendremos que inyectar en la corriente sanguínea, en… el brazo.

La niña suspiró, desanimada, pero enseguida sacó su huesudo brazo de debajo de las sábanas y se lo ofreció a Bárbara. Confiaba en ella más que en sí misma. La profesora se giró hacia su hermano y realizó un corto asentimiento con la cabeza. Él le respondió con idéntico gesto, y ambos intercambiaron sus posiciones.

GUILLERMO – La aguja es muy pequeña. A duras penas notarás un pequeño pinchazo.

ZOE – No pasa nada. Eres el hermano de Bárbara. Confío en ti.

Bárbara se apresuró a limpiar con el dedo índice la lágrima que emergió de su ojo izquierdo. Le entregó el vial a su hermano, que ya tenía preparada la jeringuilla, una de las que venía con el juego de vacunación que habían tomado prestado del hospital de la isla. Demostró su habilidad vaciando por completo el vial. Bárbara notó un sobresalto al ver cómo un minúsculo chorro de aquél líquido volaba por los aires cuando su hermano aseguró que no quedase nada de aire en la jeringuilla.

GUILLERMO – Puedes mirar si quieres. Dicen que da menos impresión.

ZOE – No, no, no. No quiero mirar.

Zoe giró el cuello en un gesto exagerado, para apartar de su campo de visión aquella jeringuilla, al mismo tiempo que cerraba su ojo sano.

GUILLERMO – Bueno, como quieras…

Guillermo colocó una tira de plástico en el antebrazo de la niña, para facilitar la inyección. Respiró hondo, consciente que ya no había marcha atrás. Zoe profirió una corta inspiración al notar cómo la aguja penetraba en su piel. Bárbara se tapó la boca con la palma de la mano, observando con detenimiento cómo aquél líquido incoloro entraba en el organismo de la pequeña, mientras temblaba de pies a cabeza. Esa era su última carta. Si no surtía efecto, Zoe estaba sentenciada a algo incluso peor que la muerte. La incertidumbre amenazaba con hacerle perder la cordura.

Aguantó la respiración unos segundos al tiempo que su hermano sacaba la minúscula aguja del brazo de la pequeña, y acto seguido le colocaba una tirita con motivos de Bob Esponja en el lugar del pinchazo, del que emergió una minúscula gota de sangre. Esperaba una reacción, algún tipo de señal que le dijese que aquél salto de fe no había sido en vano, pero no ocurrió absolutamente nada. Guillermo guardó el vial vacío y la jeringa, debidamente protegida en la riñonera. Corrió la cremallera. Se apartó para devolverle a su hermana la posición privilegiada junto a la enferma. Bárbara asió la mano de Zoe con la muñeca vendada.

BÁRBARA – ¿Quieres…? ¿Quieres que te traiga algo para comer?

ZOE – ¡No! No podría comer nada, ahora. No… Gracias. Lo siento, pero… estoy muy cansada.

Bárbara asintió. Respiró hondo. Cruzó la mirada un instante con su hermano, y volvió a mirar a la niña, que mostraba signos evidentes de tener dificultades para mantener el ojo abierto.

BÁRBARA – Descansa entonces.

La profesora le dio un beso en la frente, y se disponía a alejarse de ella para dejarla descansar, cuando la niña la agarró con ambos brazos, impidiéndole alejarse. Bárbara se dejó abrazar, en una posición terriblemente incómoda. Zoe le susurró al oído.

ZOE – Lo siento. Lo siento mucho.

Ambas estallaron en llanto al unísono. Guillermo puso los ojos en blanco.

BÁRBARA – No pasa nada, cariño. Te pondrás bien. Confía en mí.

ZOE – No. No me pondré bien. Lo he jodido todo. Lo siento muchísimo. Lo siento… De veras que lo siento…

Bárbara acabó derrumbándose. Guillermo las dejó a solas mientras ambas lloraban. La suerte estaba echada.

Anuncios
comentarios
  1. Betty dice:

    La suerte está echada…

  2. Fran dice:

    Bueeeeno…. a ver……

  3. Carol dice:

    Uf, no sé yo…

  4. Angela dice:

    Y si no le hace efecto… le hara compañia a Morgan…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s