3×1113 – Cinta

Publicado: 24/06/2017 en Al otro lado de la vida

1113

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

8 de enero de 2009

 

Christian se sorprendió bastante al comprobar que Bárbara accedía a su sugerencia de relevarla al cuidado de Zoe. La profesora llevaba más de cuarenta y ocho horas sin dormir y necesitaba descansar, aunque eso significase alejarse del lado de la pequeña enferma. El ex presidiario se molestó incluso en arroparla, después que cayese rendida en los brazos de Morfeo segundos después de echarse en su propia cama.

La vida en el barrio había seguido avanzando sin pena ni gloria, pero todo eran caras largas y silencios incómodos. Carlos había rescatado todos aquellos regalos que con tanta ilusión había ocultado bajo el árbol con la ayuda de Bárbara, y los había guardado a buen recaudo, sin saber muy bien si jamás llegarían a servir su propósito original. También se había molestado en retirar toda la decoración navideña del barrio, incluida la del álamo, aunque ello lo hizo tan solo para distraer la mente. No tuvo demasiado éxito en ese aspecto.

Habían seguido cuidando de los bebés como siempre, pero con la ayuda de Abril, que se había ofrecido a hacer una exploración pediátrica a todos y cada uno de ellos. Acabó bastante sorprendida por su buen estado de salud. Seguían reuniéndose para preparar la comida, alimentarse con ella y para limpiar utensilios y ropa, como de costumbre. Para desconcierto de todos, Paris y Abril tuvieron incluso la ocasión de enterrar el hacha de guerra. Fue el propio dinamitero quien propició el acercamiento, y Abril, que no era especialmente orgullosa, aceptó sus disculpas y se esforzó al menos en tolerar su presencia. A los ya habituales rituales se había sumado el de visitar a Zoe para ver cómo evolucionaba. Bárbara tan solo permitía visitas de cómo máximo dos personas a una vez, pero raro era el momento en el que la niña no estuviera acompañada.

Christian cerró con suavidad la puerta de la habitación de Bárbara y se dirigió a la de Zoe, notando cómo le latía con fuerza el corazón bajo el pecho. Sabía lo que se encontraría al cruzar aquél umbral, no en vano acababa de salir de ahí hacía un minuto, pero estaba muy nervioso. La puerta estaba entreabierta, y tan solo tuvo que empujarla un poco. Ahí dentro olía rancio, a cerrado, pero fuera hacía tanto frío y Zoe estaba tan débil, que la idea de abrir la ventana para ventilar el cuarto ni siquiera se le llegó a pasar por la cabeza.

Zoe había empeorado muchísimo las últimas horas. Si bien los frutos de la batalla con Morgan habían remitido hasta prácticamente desaparecer, pues incluso la hinchazón de su ojo amoratado había mejorado sustancialmente, su estado de salud general había empeorado preocupantemente.

En cuestión de veinticuatro horas había recuperado la fiebre de antaño, que se había vuelto mucho más fuerte, hasta incluso hacerla desvariar. A ella se había sumado un dolor general por todo el cuerpo que no le permitía siquiera dormir, y le obligaba a mantener los dientes apretados la mayor parte del tiempo. Abril la había visitado en varias ocasiones, recetándole una medicación cada vez más fuerte, pero todo esfuerzo había sido en vano. Aquél lento y triste declive parecía tener las horas contadas, y nada de lo que ellos hicieran iba a hacerlo cambiar.

Zoe giró lentamente la cabeza hacia la puerta al notar cómo Christian se acercaba a ella. Emitió un ligero gemido de dolor. Le dolían todos los músculos, como si hubiese estado haciendo un esfuerzo titánico las últimas horas, y aquél simple gesto le suponía todo un mundo. Se esforzó por esbozar una sonrisa al ver al ex presidiario. Christian, sin embargo, lucía un rictus de seriedad en la cara.

El ex presidiario tomó asiento en el mismo lugar donde Bárbara había estado sentada hasta hacía tan poco, y ambos amigos se miraron el uno al otro. Christian frunció ligeramente el ceño al ver cómo en el ojo antaño amoratado de Zoe, que ahora tan solo lucía un sutil tono violeta en su perímetro, mostraba un capilar roto, que había encharcado parcialmente el cuadrante inferior izquierdo del ojo de la niña. Si bien sabía que eso no tenía nada que ver con la infección, no pudo evitar notar un escalofrío en la espalda. Sintió que era una especie de mal presagio.

CHRISTIAN – ¿Qué tal te encuentras, Zoe?

La niña separó con dificultad sus labios, que se habían quedado pegados debido a la sequedad de su boca. Le dolía tanto la garganta que no era capaz de tragar, ni alimento ni agua, y hacía ya más de veinticuatro horas que no hacía aguas menores ni mayores. Mintió.

ZOE – Bien.

Christian tragó saliva. El corazón luchaba por salírsele del pecho.

CHRISTIAN – Tengo… He traído algo para ti.

Zoe frunció ligeramente el ceño. No era la primera vez que alguno de sus amigos, ignorante de su verdadero estado de salud, le traía alguna golosina. Sin embargo, la expresión facial de Christian no parecía sugerir algo así. El ex presidiario respiró hondo y se llevó la mano al bolsillo. Zoe emitió una corta inspiración, fruto de la sorpresa, al ver emerger del bolsillo de Christian su cinta violeta. La niña enseguida comenzó a toser, tapándose la boca con el brazo. Por fortuna, en esta ocasión no tardó mucho en recuperarse. El ex presidiario le entregó la cinta, y la niña la observó con detenimiento. No cabía duda, se trataba de su cinta, y no otra que Christian hubiese podido encontrar en cualquier mercería.

ZOE – ¿Dónde la has encontrado?

Christian cerró los ojos. Aún recordaba cuánto le había costado convencer a Josete para que se la diese y se comprometiese a no contárselo a nadie, explicándole que debía ser un secreto entre hombres de palabra. Mintió.

CHRISTIAN – La encontré en el solar de la grúa. Estaba ahí, entre unas bolsas. Sólo que… no tuviste ocasión de buscar lo suficiente.

Se había pasado más de media hora buscándola infructuosamente, y al parecer tan solo había sido el azar quien había impedido el éxito de su empresa. La niña acarició la cinta entre el pulgar y el índice y suspiró.

ZOE – ¿Cómo está Morgan?

Christian notó cómo le temblaban las piernas. No estaba acostumbrado a mentir, y si bien había decidido hacerlo por el bien de la niña, por apaciguar su espíritu, temía no estar a la altura. Estaba deseando salir de ahí cuanto antes, pero había prometido a Bárbara no separarse de la niña hasta que ella despertase, un par de horas más tarde.

CHRISTIAN – Bien… Se pone nervioso cuando escucha ruido alrededor, pero… él está bien.

ZOE – ¿Le has llevado comida?

El ex presidiario tragó saliva. Negó con la cabeza, al tiempo que se mordía el labio inferior.

ZOE – Estaba… estaba muy flaco. Necesita comer algo. Prométeme que le llevarás algo la próxima vez que vayas. Y… algo de agua.

Christian asintió con la cabeza.

CHRISTIAN – ¿Quieres que te la ponga?

ZOE – Sí. Claro. Gracias.

El ex presidiario siguió las instrucciones de la niña y le volvió a colocar la cinta en la muñeca de la pequeña. Pese a que aún conservaba los puntos que Abril había cosido en su herida, ésta había cicatrizado a una velocidad antinatural, como si de la de un infectado cualquiera se tratase, y ahora se veía hasta saludable. Zoe levantó con dificultad su brazo derecho, mostrando el dorso de la mano, para alejar de su campo de visión la cicatriz en forma de media luna que lucía por dentro, y sonrió al ver de nuevo la cinta en su muñeca. Christian tuvo que ocultar con tos el gimoteo nervioso que le provocó tal visión, manteniendo los ojos bien abiertos para evitar que sus lágrimas corrieran mejillas abajo.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, me has mantenido con la imaginacion “desbordada” pensando en cual sera el resultado de la vacuna experimental en Zoe.

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