3×1116 – Deber

Publicado: 31/10/2017 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 7 (PARTE I)

 

Reservar unos pedazos de incomprensión

1116

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

27 de septiembre de 2008

 

GUILLERMO – Lo siento, Guille.

El niño hacía pucheros con un rictus de pena en el rostro. Ello no hizo si no reafirmar a su padre en su decisión.

GUILLE – ¿Y si te pasa como a la mama? ¿Y… y si no vuelves?

GUILLERMO – Tengo que ir. ¿Qué pasa, que no quieres ver a la tita?

Guille se quedó callado, tomándose su tiempo para procesar la respuesta a la pregunta que le había formulado su padre. Deseaba reencontrarse con su tía, pero al mismo tiempo estaba convencido que si su padre abandonaba el campamento, jamás le volvería a ver.

GUILLE – Pero… Pero…

GUILLERMO – No se hable más. Aquí estás seguro. Y a mi no me va a pasar nada. Yo… volveré con ella esta tarde, o… lo más tardar, mañana.

El chaval comenzó a llorar y su padre le abrazó, negando con la cabeza, lamentándose por enésima vez por haber esperado tanto para dar ese paso.

Encontrar excusas para demorar ese acto temerario había resultado excesivamente sencillo, y más después de la traumática experiencia a la que habían sobrevivido padre e hijo en el centro de acogida a refugiados de Mávet, del que escaparon por los pelos. De eso hacía ya más de una semana. Encontrar asilo en otro centro había sido difícil, pues éste era el tercero por el que habían pasado desde el inicio de ese corto peregrinaje: el único que aceptaba a varones mayores de edad.

El de Midbar era, sin lugar a dudas, el centro más cercano a Sheol de cuantos había habilitado el estado. Al menos el más cercano de cuantos aún seguían en pie, pues durante el inicio de la pandemia habían caído varios en el centro de la ciudad y en la periferia, ubicados la mayoría en centros cívicos y polideportivos. Sin embargo, tenía todo cuanto él necesitaba: personal armado dispuesto a abatir a cualquier infectado que se acercase más de la cuenta y recursos suficientes para alimentarles y darles cobijo durante meses. Exactamente lo mismo que todos los demás centros que habían caído las últimas semanas a manos de los infectados o de grupos violentos que pretendían saquearlos.

Sólo Dios sabía dónde podía estar Bárbara a esas alturas, pero Guillermo aún no había perdido la esperanza de encontrarla. No podía parar de pensar en la nota que le había dejado en la masía de los abuelos, en la que le invitaba a dirigirse al centro de Majaneh.

Si Bárbara la había leído, habría ido a buscarle, y si había hablado con Jaime y éste le había informado del cambio de planes, Guillermo supuso que acabaría quedándose ahí, habida cuenta que el centro en el que se supone que su hijo y él debían estar había caído. Durante días quiso convencerse que su hermana se había quedado a salvo en Majaneh, con Jaime. Lamentablemente, sólo había una manera de averiguarlo.

Convencer a Guille de que no le siguiese hacia la entrada, con aquella maleta bien agarrada con la mano derecha, fue una tarea difícil.

La soldado se sorprendió al ver a Guillermo acercándose con paso tan decidido, y se acercó a él.

SOLDADO – ¿Le puedo ayudar en algo?

GUILLERMO – Tengo que irme.

La mujer se mostró sorprendida, pero asintió, y sin darle una respuesta, se metió en la pequeña garita desde la que le había visto acercarse. Enseguida salió de ella con un documento que había sacado de una carpeta que tenía sobre la mesa, junto a la puerta.

SOLDADO – Tiene que firmar aquí.

Guillermo frunció el ceño, y echó un vistazo al papel que le ofrecía aquella mujer. La parte que rezaba “Renuncio a mi plaza” no le gustó un pelo.

GUILLERMO – ¿Esto significa que no podré volver?

SOLDADO – No… Mientras siga habiendo plazas será igualmente bienvenido.

GUILLERMO – Pero si se cubren todas antes que vuelva… ¿podría quedarme fuera?

La mujer alzó los hombros, demostrándole su ignorancia al respecto.

SOLDADO – Nosotros no retenemos a nadie aquí dentro, pero éste es el procedimiento. No le puedo garantizar nada.

GUILLERMO – Tengo un hijo, aquí conmigo, un niño de diez años.

SOLDADO – Mientras esté aquí dentro, su seguridad corre de nuestro cargo. No tiene de qué preocuparse.

GUILLERMO – Pero… entre usted y yo… ¿Podré volver o no? Si vuelvo… digamos… en veinticuatro horas.

La mujer puso los ojos en blanco. Echó un vistazo a un lado y a otro, y se incorporó ligeramente. Guillermo la imitó.

SOLDADO – Ahora mismo disponemos de muchas plazas. Aquí no creo que tengas problemas para volver. Esto está demasiado jodidamente cerca de Sheol para que a nadie con dos dedos de frente se le ocurra acercarse.

La expresión del rostro de Guillermo hizo que la mujer se sonrojase.

SOLDADO – No. Entiéndeme. Es un lugar seguro, pero… pudiendo ir a un centro de la meseta… o del norte, que es mucho más tranquilo… Quiero decir… que no tiene tanta demanda como el resto, no es que…

Un compañero de la soldado pasó junto a ellos, y la mujer se puso en tensión.

SOLDADO – ¿Entonces, va a firmar o no?

Guillermo sentía en su interior una contradicción de difícil solución. Su apego a la supervivencia le suplicaba a gritos que olvidase lo que estaba haciendo y volviese con Guille ipso facto. Por otro lado, el deber para con su hermana, a la que él mismo había metido en ese problema, le instigaba a todo lo contrario.

El investigador biomédico cogió el bolígrafo que pendía burdamente de un trozo de lana atado a la plancha de plástico a la que estaba adherido el documento con una pinza metálica, y rellenó los datos a mala gana.

SOLDADO – Muchas gracias. Ahora si es tan amable, acompáñeme.

Guillermo siguió a la soldado hacia el portón de acceso firmemente vigilado por media docena de hombres y mujeres armados, y tras una corta conversación con uno de los centinelas, le abrieron la puerta. Guillermo tragó saliva, afianzó el asa de su maleta en la palma de su mano sudorosa y echó un último vistazo hacia atrás. La mirada de Guille desde mitad del patio se le quedó grabada en la retina. Guillermo respiró hondo y se dio media vuelta, rezando porque esa no fuese la última vez que viese a su hijo, para acto seguido continuar su camino fuera del campamento, al que esperaba con todas sus fuerzas volver cuanto antes.

Por fortuna, no había aparcado demasiado lejos.

comentarios
  1. vicentegryahoo dice:

    Muchas gracias, lo echaba de menos

    Un abrazo

  2. Whoopertrex dice:

    Joder tío! Que son demasiado cortos los capítulos!
    Pero es bueno tenerlos de vuelta.
    Saludos!

    • Fran dice:

      Lo comparto y reafirmo…
      Podrían ser un poco más largos…, no sé…, unas 50 páginas estaría bien.
      Y encima me quedo sin saber cómo sigue Zoe 😦
      Pero ya estamos de vuelta!!!! 🙂

  3. Drock9999 dice:

    Fran, Whoopertrex, bienvenidos al dificil mundo de AOLDLV. Hemos tenido parones (aunque no tan largos) en varias ocasiones. Y no es una critica a David, al contrario, es admirable que a pesar de tanto tiempo continue publicando. Pero la historia tiene sus caracteristicas establecidas desde las dos anteriores (recomendadas, mas cortas y terminadas) y seria dificil cambiarlas ahora. Solo puedo decir que, con el tiempo, uno termina acostumbrandose. Ademas, los saltos de la historia y el efecto “culo torcido” son especialidades del autor.

    Bravo por un nuevo capitulo, Lord Villahermosa!

    D-Rock.

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