3×1118 – Lágrimas

Publicado: 07/11/2017 en Al otro lado de la vida

1118

 

Masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

Las lágrimas recorrían las mejillas de Guillermo, formando un surco de humedad que el viento que entraba por la ajada puerta se encargaba de secar, dejando una sensación desagradablemente fría. Un grito desgarrador inundó la cabaña, un grito que aunaba frustración, pesar y resignación. Un par de gorriones que hasta el momento habían estado descansando sobre un viejo olivo a escasos metros de ahí alzaron el vuelo.

Consciente que sólo un milagro permitiría que encontrase a su hermana Bárbara, Guillermo había abandonado las ruinas del centro de Majaneh y había puesto rumbo al lugar donde empezó todo: Sheol. Su estado de apatía era tal, después de tan ingrato desengaño, que volvió a hacer oídos sordos a la voz de la cordura, que le pedía a gritos que volviese con su hijo y dejase de esforzarse en vano por conseguir algo inalcanzable, y lo que era peor: poniendo su vida en riesgo.

Había traído consigo una libreta que tomó prestada de otro de los supervivientes de Midbar, y durante el trayecto estuvo dándole vueltas a la nueva nota que escribiría a su hermana. Si realmente nunca había leído la primera, y jamás se había dirigido a Majaneh, lo más seguro es que ya estuviese muerta o tan lejos de ahí que todos sus esfuerzos por generar un nexo entre ambos que les permitiese volver a encontrase sería inútil. No obstante, él aún no había perdido la esperanza, y estaba dispuesto a hacer un último esfuerzo, aunque eso significase meterse en la boca del lobo. Al fin y al cabo, ese era el único lugar en el que tendría sentido que él supiese algo de ella, el último nexo que había entre los dos hermanos a los que el destino había separado, según todo parecía apuntar, sin intención alguna de volver a reunir.

Practicar en voz alta la nota que le dejaría a su hermana en una de las hojas de aquella vieja libreta de anillas le ayudó a mantener la compostura ese mundo aparentemente yermo de vida. El mero hecho de escuchar una voz, aunque fuese la suya propia, le hizo sentirse algo mejor, pues en todo el espectro de la radio lo único que fue capaz de encontrar fue estática y más estática. Después de convivir durante tanto tiempo entre una cantidad tan grande de gente tan ruidosa, a la que había llegado a detestar, sobre todo durante las largas noches, ahora incluso los echaba en falta.

El indicador de gasolina era una de sus principales preocupaciones. Si bien sabía perfectamente que la autonomía que le marcaba el panel de control y las dos garrafas de gasolina que tenía en el maletero le permitirían de sobra cumplir su propósito y llegar de vuelta a Midbar con una buena reserva, el hecho de saber que ninguna estación de servicio podría atenderle si surgía cualquier contratiempo le ponía de los nervios. El correcto funcionamiento de ese fiel coche era todo cuanto le separaba de una muerte casi segura, y por más que confiaba plenamente en él, estaba deseando perderlo de vista.

La primera parte del viaje resultó sospechosamente tranquila. Del mismo modo que durante el trayecto de ida a Majaneh, no se cruzó con un solo vehículo. Resultaba a un tiempo tranquilizador y escalofriante. Guillermo tuvo la sensación de encontrarse en un mundo perdido, una nueva versión del mundo que él había conocido en la que el ser humano hubiese pasado a la historia. Sin embargo, esa sensación se fue diluyendo cada vez más a medida que se iba aproximando a Sheol.

Al principio tan solo fue algún que otro infectado errante caminando por campos de cultivo en busca de algún conejo despistado al que hincar el diente, pero pronto empezó a ver a verdaderos rebaños, deambulando en lo que parecían pequeñas hordas primitivamente organizadas, en las afueras. Dado que él era mucho más rápido que ellos a bordo de su Audi, siempre que temía cruzarse con algún grupo que pudiese poner en jaque su seguridad al abalanzarse sobre su coche, daba media vuelta y buscaba una vía alternativa. Para su sorpresa y tranquilidad, esa simple estrategia le permitió llegar a su destino sin haber atraído la atención de ninguno de aquellos detestables seres carentes de humanidad.

La masía de los abuelos seguía en el mismo sitio y con el mismo aspecto de la última vez que él había estado ahí, hacía casi tres semanas. Pese a que sería precisamente lo contrario lo que carecería de sentido, a él le llamó la atención descubrir que, pese a todo cuanto había cambiado por doquier en tan poco tiempo, ese lugar anclado en la infancia de su memoria seguía exactamente igual. Tuvo la sensación que ese era un lugar mágico, un lugar seguro en el que no podía ocurrir nada malo.

Utilizando la misma estrategia que había enseñado a su hermana en un verano que parecía imposiblemente lejano, se escurrió por aquél pequeño hueco en el muro, que parecía haber menguado en todos estos años. Una vez dentro, al abrigo de aquella imponente pared de piedra aún se sintió más a salvo. Paseó sin prisa por el viejo camino que llevaba a la masía, sucumbido en parte a las malas hierbas, ignoró la casa familiar y se dirigió a la vieja barraca, el lugar donde tanto tiempo atrás le había dicho a Bárbara, mientras huía de la policía, que sería su lugar de reunión si las cosas se ponían feas. Y las cosas se habían puesto muy feas desde entonces.

La puerta de la vieja barraca donde él había sido engendrado estaba entreabierta. Guillermo frunció ligeramente el entrecejo, incapaz de recordar si la había cerrado la última vez que estuvo ahí, en compañía de Guille. Respiró hondo, consciente que si todo seguía ahí dentro tal cual él lo había dejado, toda esperanza de encontrar a su hermana se perdería para siempre. Caminó hasta la puerta y la abrió del todo. Sus ojos tardaron unos segundos en amoldarse a la relativa oscuridad que reinaba en esa pequeña estancia que olía a humedad. No le hizo falta siquiera, porque enseguida vio el cuerpo, tendido en el suelo, en posición fetal. Sus ojos se abrieron como platos y una sonrisa surcó su cara.

Si bien ese era precisamente su objetivo final, lo último que hubiese esperado era encontrar a Bárbara ahí dentro, hecha un ovillo en el suelo, durmiendo. Aún incapaz de creer su suerte, tiró la libreta al suelo, pues ya no la necesitaría, y corrió risueño hacia ella. Se ruborizó al ver el pecho desnudo de Bárbara a través de su camiseta desgarrada. Estaba descalza y tan solo tenía un pequeño calcetín blanco, cuya planta estaba negra de suciedad, al igual que su pie descalzo. El investigador biomédico hincó las rodillas en el suelo polvoriento y la sujetó del hombro, zarandeándola ligeramente, para despertarla sin darle un sobresalto mayor de lo imprescindible. Su sonrisa se fue borrando al ver que la profesora no reaccionaba, pues él sabía que su hermana tenía el sueño bastante ligero.

No le hizo falta siquiera tomarle el pulso para atestiguar que en realidad no estaba dormida, tal como él había imaginado en primera instancia. El motivo por el que había decidido acabar sus días precisamente ahí se escapaba a su imaginación. Sus peores pesadillas se habían vuelto realidad: Bárbara estaba muerta.

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comentarios
  1. Betty dice:

    ¡Wow! Éste flashback empieza a ponerse pero que muy interesante…

  2. Drock9999 dice:

    Finalmente empezamos a ver las orejas al lobo que inicio esto!!!

  3. Angela dice:

    Excelente!!

  4. battysco dice:

    ¡Coñ….!

    Esto sí que ha sido toda una sorpresa. Voy a por el siguiente capi, ya me voy relamiendo.

  5. Fran dice:

    Empezamos a vislumbrar el por qué aparece en un ataúd…?

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