3×1123 – Retraso

Publicado: 25/11/2017 en Al otro lado de la vida

1123

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Marion respiró hondo, con el mentón levantado, observando el techo pero con la mirada perdida. Se llevó el dorso del dedo índice bajo el ojo y secó una lágrima que había estado a punto de derramarse por su mejilla. Volvió a mirarse al espejo y forzó una sonrisa falsa, convencida que no engañaría a nadie. Y mucho menos a Carlos. Ya no sabía qué hacer.

Puso el tapón del lavamanos y vertió un poco de agua de lluvia de una de las garrafas que había junto a la bañera vacía. Se empapó ambas manos y se lavó la cara lo mejor que pudo, tratando de ocultar la rojez alrededor de sus ojos que delataba que había estado llorando. Se secó con la toalla una vez acabó, y lo que vio hizo que comenzase a sollozar de nuevo.

Gritó a pleno pulmón, para acto seguido quedarse en silencio, avergonzada. Quería desahogarse, pero se dio cuenta que en los tiempos que corrían, un grito de ese estilo sólo podría malinterpretarse. La ventana y la puerta estaban cerradas, y ella estaba sola en el piso. Dejó pasar unos segundos más, y al ver que no ocurría nada, respiró hondo de nuevo, soltando el aire lentamente. Decidió abandonar el piso.

En esos momentos Carlos estaba al cargo de los bebés en compañía de Maya: aún tardaría bastante en volver, de modo que tenía tiempo de sobra para hacer cuanto le viniese en gana. Se lo pensó mucho antes de dar el primer paso y comenzar a subir las escaleras que le llevarían al ático. Se sentía increíblemente avergonzada, pero no sabía a quién más recurrir. No había encontrado el momento de hacerlo con Abril, que hubiera sido sin duda la más indicada a ese respecto, pero tampoco se arrepentía de ello: aquella mujer era demasiado fría, y Marion no se sentiría cómoda hablando con ella de un tema tan delicado, por más que fuese la única médico a centenares de kilómetros a la redonda.

Dio tres cortos golpes en la puerta con los nudillos. Tragó saliva, sintiendo de nuevo aquél desagradable sabor ácido, y esperó. El ruido de pies arrastrándose por el suelo en dirección a la puerta del ático hizo que sintiera la tentación de huir escaleras abajo lo más rápido que le permitiesen sus piernas. No obstante supo aguantar, hasta que finalmente la puerta se abrió y al otro lado apareció Bárbara, con el corto pelo algo alborotado: resultaba evidente que había estado durmiendo hasta hacía poco. La recibió con un sonoro bostezo, que ocultó por educación tras la palma abierta de su mano. Estaba sorprendida, pues era la primera vez que recibía su visita. Su relación, si bien algo menos tensa esta última etapa, no era para nada de amistad. No obstante, la profesora mostró su lado más amable.

BÁRBARA – Hola, Marion. ¿Qué tal? No… No te esperaba, a estas horas.

MARION – ¿Es demasiado pronto? Perdona. Me… me voy. Ya volveré luego.

La profesora se extrañó mucho al ver cómo Marion se daba media vuelta y comenzaba a bajar las escaleras apresuradamente.

BÁRBARA – ¡Que no, mujer! ¡Para! Va, sube.

La hija del difunto presentador frenó su descenso y se giró hacia Bárbara, que la observaba con una media sonrisa en los labios.

BÁRBARA – Si… llevo ya un rato despierta. Es cosa mía. Llevo demasiado sueño acumulado, y… no veo el momento de salir de la cama. Pero ven, mujer. Va. Entra. ¿Has desayunado?

Marion negó con la cabeza. Dudaba mucho que le entrase nada en el estómago en esos momentos.

BÁRBARA – Pues de lujo. Yo iba a hacerlo ahora. Has llegado justo a tiempo.

Marion accedió y entró al ático. Bárbara cerró la puerta y ambas se dirigieron a la cocina, donde la hija del presentador tomó asiento, con la cabeza gacha, arrepintiéndose de haber venido.

MARION – ¿Estás sola?

BÁRBARA – Sí. Mi hermano y Guille salieron pronto. Van todas las mañanas a la escuela, y hacen una especie de terapia para que… Bueno. Eso era lo que hacíamos antes de… lo de Zoe. Y… ayer me dijo que iba a empezar de nuevo. Guille es buen chico. Lo ha pasado muy mal pero… poco a poco… se va notando la mejoría. Yo creo que si le dedicamos el tiempo suficiente, puede ponerse mucho mejor. Pero eso sí, necesita que le estén encima todo el tiempo. Yo también…

MARION – ¿Y Zoe?

Bárbara arrugó la frente, pero no dio importancia al modo cómo Marion había mostrado su total desinterés por lo que le estaba explicando. Al fin y al cabo, ya sabía de qué pie cojeaba aquella joven que, pese a tener su misma edad, parecía haberse estancado emocionalmente hacía varios años.

BÁRBARA – Salió hace un rato. Dice que había quedado con Chris para dar una vuelta. Está la chica como si no hubiera pasado nada, oye. Fresca como una lechuga. Yo la verdad es que no doy crédito.

La profesora sacó un tarro con galletas de un armario y lo dejó sobre la mesa. Marion lo observó atentamente, con la cabeza muy lejos de ahí. Bárbara entonces se puso a preparar un par de tazas de café con leche. La sonrisa en su rostro delataba que para ella, todo iba bien. Después de lo mal que lo había pasado los últimos días, ahora se sentía pletórica. Tanto que ni siquiera reparó en la expresión compungida en el rostro de su invitada. Le entregó una de las tazas y se sentó a la mesa.

BÁRBARA – Y… Bueno, ¿a qué debo tu visita?

Marion chistó con la lengua, lo que propició que Bárbara frunciese ligeramente el ceño. No respondió. El silencio se prolongó unos segundos tensos, y justo cuando Bárbara se disponía a preguntarle de nuevo, Marion empezó a llorar. Entonces la profesora se levantó enseguida de su asiento y se dirigió hacia ella, posando la mano sobre sus hombros, sin saber muy bien cómo reaccionar.

BÁRBARA – ¿Qué te pasa, Marion?

La hija del difunto presentador la miró a los ojos. De uno de los suyos brotó una lágrima que impactó contra la superficie de madera de la mesa.

MARION – Tengo un retraso.

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comentarios
  1. Fran dice:

    Se le viene el mundo encima… pobre, con lo que están pasando.
    Cómo se lo tomará Carlos?
    Pero bueno, si ya están cuidando un montón de bebesno les vendría de uno, no?
    A ver, a ver…

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