3×1125 – Envidia

Publicado: 02/12/2017 en Al otro lado de la vida

1125

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

10 de enero de 2009

 

Bárbara acarició la espalda de Marion, que había ocultado su cabeza en el hueco de su brazo apoyado sobre la mesa de la cocina. Volvía a llorar. Su revelación le había cogido por completo con la guardia baja, y no supo muy bien cómo reaccionar. Estaba claro que la hija del difunto presentador lo estaba pasando mal, y se esforzó por mostrar su lado más amable, independientemente de su opinión al respecto de si Marion lo merecía o no.

BÁRBARA – Tranquila, mujer. Al igual… no es nada. Yo he tenido varios retrasos desde que… empezó todo esto. Una vez estuvo casi un mes sin venirme. Y te puedo garantizar que esa era una de mis últimas preocupaciones en ese momento. Supongo que es cosa del estrés y… la mala alimentación. Se nos han juntado muchas cosas, y el cuerpo… se resiente. No le des tanta importancia.

Marion levantó la cabeza y miró a Bárbara a los ojos. Había dejado de llorar, pero los suyos estaban algo enrojecidos y mostraban una mezcla de pesadumbre y ofensa. Lo último que necesitaba era alguien que ningunease su problema. Tuvo claro que se había equivocado al venir hasta el ático a pedir ayuda.

MARION – Sí Bárbara, pero tú no te has acostado con nadie en todo ese tiempo.

La profesora se ruborizó. Pese a que ya se conocían desde hacía bastante tiempo, no esperaba una respuesta de ese estilo, incluso viniendo de ella. Trató de no darle importancia, aunque en ese momento lo que más le venía en gana era echarla de su piso con una sonora patada en el trasero.

BÁRBARA – ¿Cuánto tiempo hace que tendría que haberte venido?

MARION – Una semana. En realidad… algo más de una semana. Dos o tres…

BÁRBARA – ¿Una semana? ¿Una semana y te estás preocupando? A mi me ha pasado eso más de una vez, antes… mucho antes de… todo esto. Eso no es como un reloj, mujer. No siempre…

MARION – Yo conozco mi cuerpo, Bárbara. Yo soy muy puntual con estas cosas. Siempre lo he sido… Hasta ahora.

BÁRBARA – Pero a ver… Carlos y tú… ¿usáis protección, cuando…?

La hija del difunto presentador se apresuró a responder, viendo su ego ultrajado con esa pregunta. Se había visto en la obligación de ir a buscar la pastilla del día después más de media docena de veces en el transcurso de su vida, y era bastante sensible con ese tema.

MARION – ¡Sí!

BÁRBARA – ¿Entonces?

MARION – Siempre… Siempre usamos preservativo, pero… en fin de año… Bebimos mucho. Y… no me acuerdo apenas de lo que pasó esa noche. Yo creo que fue entonces cuando…

La profesora chistó con la lengua. Tal vez Marion estaba en lo cierto, pero bajo su punto de vista, las probabilidades eran muy bajas, y ella estaba haciendo una montaña de un grano de arena.

BÁRBARA – Es demasiado pronto para sacar conclusiones, Marion. Creo que te estás precipitando. Puede ser debido a mil cosas.

Marion negó con la cabeza.

MARION – Además… me he estado encontrando algo mal estos últimos días. Como… que… noto… algo, ¿sabes?

BÁRBARA – Espérate unos días más. Seguramente te vendrá enseguida, y… verás que te has preocupado para nada.

MARION – Si no te lo vas a tomar en serio, me voy, Bárbara. No sé para qué he venido.

La hija del difunto presentador se levantó de la mesa, mostrando su cara más ofendida a la profesora. Ésta sintió de nuevo que no estaba reaccionando adecuadamente. Marion era una persona complicada pero lo estaba pasando mal, y quizá ella no estaba mostrándole todo el tacto que la situación requería.

BÁRBARA – ¡Que no, mujer!

MARION – No. De verdad.

BÁRBARA – ¡Vale! Vale. ¿Quieres salir de dudas? Pues es muy fácil. Hay una manera muy sencilla de hacerlo.

Marion se quedó de piedra. Sabía perfectamente que ese era el único desenlace lógico de su particular espectáculo, pero una vez lo hiciera, ya no habría marcha atrás. La incertidumbre, pese a ser un calvario, albergaba cierto nivel de esperanza.

BÁRBARA – Cuando fuimos a buscar tests de embarazo para Paris, para… cuando lo de Nuria, todo lo que sobró y el resto de medicamentos, los dejamos en unas bolsas, ahí encima de una mesa, en la alacena del centro de ocio. No hará falta siquiera que vayamos a una farmacia. Sólo lo que tardemos en bajar las escaleras y coger uno. Están aquí delante mismo.

Marion se mordió el labio inferior. El corazón le latía a toda velocidad debajo del pecho.

MARION – No sé, Bárbara…

BÁRBARA – Quieres quitarte esa duda, ¿no? Pues vamos. Yo te acompaño, tú no te preocupes.

Bárbara ofreció su mano a Marion. Ésta la miró, recelosa.

MARION – Pero…

BÁRBARA – ¿Pero qué? Tanto si lo estás como si no lo estás, que lo comprobemos no va a cambiar nada. Lo único que conseguiremos es que te quedes tranquila. Y… que tengas más información para… tomar cualquier decisión.

Marion frunció ligeramente el entrecejo. Finalmente dio su brazo a torcer, y ambas se dirigieron al centro de ocio.

Veinte minutos más tarde, Marion lloraba como una magdalena sobre un saco lleno de nueces con cáscara en la discoteca grande del centro de día, que hacía las veces de alacena al grupo de Bayit. Su mano, con los dedos helados y ligeramente temblorosos, sostenía un test de embarazo positivo. Otro con idéntico resultado se encontraba tirado en el suelo, a los pies de ambas. Bárbara se encontraba a su lado, en aquél sótano iluminado tan solo por una linterna que enfocaba al techo, a la bola de discoteca que esparcía la débil luz en mil direcciones.

La profesora, nerviosa tras tanto tiempo de silencio incómodo, se aclaró la garganta y se dirigió a la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – No… No tienes de qué preocuparte. Piensa que… Abril te puede ayudar en todo lo que haga falta, durante todo el proceso. Tenemos mucha suerte de contar con una médico para… estas cosas. Además, aquí no le va a faltar de nada. No deja de ser curioso, es como si todos hubiéramos estado practicando para esto. Se nos ha estado dando bastante bien cuidar de los demás…

Marion levantó la mirada, y Bárbara frenó el seco su discurso al ver su mirada airada. Tragó saliva. El pretérito silencio se repitió, y Marion volvió a sollozar. Le empezaba a doler bastante la cabeza.

BÁRBARA – Es normal que estés un poco en… shock… Es una noticia… impactante. Pero… ya verás que bien se lo toma Carlos cuando…

MARION – ¡No!

Bárbara frunció el entrecejo. Marion parecía más nerviosa que nunca.

MARION – No le digas nada a Carlos, todavía, te lo ruego. No… no le digas nada a nadie.

BÁRBARA – Va… Bueno… Vale. No diré nada. Tranquila.

Marion respiró aliviada. Bárbara se rascó la nuca y no pudo evitar llevarse esa noticia a su terreno. Su mente comenzó a divagar hacia un pasado agridulce en compañía de Enrique.

BÁRBARA – En el fondo es una bendición. Es como… una señal de que aquí estamos… bien. Que estamos… seguros.

Lo siguiente lo dijo en un susurro.

BÁRBARA – Has tenido mucha suerte…

MARION – ¡¿Suerte?! ¿Tú te has vuelto loca? ¡¿Tener un bebé en mitad del puto Apocalipsis es una suerte?!

BÁRBARA – ¡No! Tenerlo ahora mismo… quizá no, pero un bebé… es siempre una bendición.

MARION – Una puta maldición es lo que es, Bárbara. Tú no te haces a la idea de lo que es esto.

Bárbara se mordió la lengua con tal de no soltar un improperio. Ella había intentado quedarse embarazada en infinidad de ocasiones en el pasado, sin conseguirlo, y ver a Marion renegando de su embarazo le resultó bastante ofensivo. El mundo seguía siendo injusto, incluso después de haber acabado.

BÁRBARA – Será mejor que recojamos y nos marchemos. Aquí ya no se nos ha perdido nada.

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