3×1127 – Florecer

Publicado: 09/12/2017 en Al otro lado de la vida

1127

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Gerardo la tenía firmemente cogida por las muñecas, a su espalda. Ella no era capaz de verle desde su posición, sobre la cama, pero sabía que era él. Cómo había conseguido entrar a su dormitorio, era todo un enigma para ella. Ío no paraba de agitarse, meneando las piernas, tratando en vano de deshacerse de su abrazo. Las manos del retrasado estaban ásperas y llenas de callos, además de sucias, y ello no hacía si no tornar aún más desagradable la traumática experiencia. Pese a estar desnuda de cintura hacia abajo, no sentía frío. El cielo que se veía a través de la ventana abierta, de un azul infinito, lucía un sol radiante que invitaba a darse un baño en la playa más cercana. Ío hubiese deseado estar en cualquier otro lugar del mundo menos ahí.

La chica del pelo plateado comenzó a gritar con todas sus fuerzas, y contra todo pronóstico, fue capaz de escuchar sus propios sus gritos. Lamentablemente, nadie más parecía poder oírlos. Ese bloque de pisos tenía inquilinos en cada rellano, pero nadie acudiría a echarle una mano. Las lágrimas recorrían sus mejillas sonrosadas, y su respiración entrecortada parecía abocada a la hiperventilación. Gerardo estaba pasándoselo en grande, sin intención alguna de acallarla. Ío siguió gritando y agitándose durante varios minutos, notando cómo cada vez sus fuerzas iban flaqueando más y más. Calló de inmediato al ver cómo la puerta del dormitorio se abría. Se le heló la sangre cuando vio aparecer a Héctor, con aquella característica sonrisa burlona dibujada en el rostro.

La chica del pelo plateado abrió los ojos como platos al ver lo que el ex presidiario sostenía: era el mismo cortapuros con el que le había mutilado la mano. Lo reconoció porque aquél infame ser no se había molestado siquiera en limpiar la sangre, que ahora lucía reseca, pegada a la brillante superficie metálica del pequeño artilugio. Ío tragó saliva. Héctor se cambió el cortapuros de mano un par de veces, tanteando su peso, jugando con él.

HÉCTOR – Bueno… nos volvemos a encontrar, pequeña Ariel.

Ío notó cómo sus dientes empezaban a castañear incontrolablemente. No era capaz de escucharle, pero podía leer con toda claridad sus labios.

HÉCTOR – Parece que… te has vuelto a escapar. Y… claro. ¿Sabes lo que eso significa, no?

El ex presidiario agitó el cortapuros frente a ella, aún con aquella desagradable sonrisa grabada en la cara. Ío frunció el entrecejo al girar levemente la cabeza y comprobar que Gerardo ya no estaba en el dormitorio. La habitación se había quedado en semipenumbra. Las cortinas empezaron a agitarse, y a través de la ventana Ío pudo ver cómo una virulenta tormenta eléctrica se formaba en el cielo, ahora completamente encapotado y amenazando lluvia.

HÉCTOR – Pero eso será luego. Antes… quiero divertirme un poco. Por los viejos tiempos, ¿vale?

Héctor dejó el cortapuros sobre la mesilla de noche y acarició la pierna izquierda de Ío, que notó un escalofrío que le recorrió desde donde él le había tocado hasta la espalda, erizando el vello de todo su cuerpo. Un relámpago iluminó por completo la estancia, y de repente todo se agitó a su alrededor. Empezó a llover con violencia. Ella trató de escapar, pero sin saber muy bien cómo, se encontró echada boca arriba en la cama. Héctor se había bajado los pantalones y mostraba su miembro desnudo, más que dispuesto a ultrajarla por última vez. El ex presidiario tapó su cara con la almohada y entonces ella notó un intenso dolor en la entrepierna, al tiempo que empezaba a ahogarse, al ser incapaz de respirar.

Ío despertó sobresaltada, con la frente perlada de sudor y su níveo pelo pegado a la frente. Se incorporó a toda velocidad en la cama. La sábana y la funda nórdica cayeron hasta su regazo, y entonces notó un frío desagradable que le hizo sentir un escalofrío. Al mirar por la ventana, cerrada a conciencia, pudo comprobar que el día era nublado, pero no amenazaba lluvia. Debía haber amanecido hacía muy poco, a juzgar por la paleta cromática del cielo.

No era la primera vez que tenía una pesadilla de ese estilo, pero esta había sido especialmente vívida. Detestaba tener que revivir aquella horrible etapa de su vida, más ahora que todo se había arreglado y vivía en cierta paz y armonía en el barrio. Respiró hondo y trato de calmarse. El corazón aún le latía a toda velocidad bajo el pecho.

La vida real empezó a imponerse a la del mundo onírico del que acababa de escapar. Echó un vistazo a su lado y vio la mochila que había montado con ropa y algo de comida para el viaje que emprenderían esa misma mañana, para visitar a Abril y a su amigo Ezequiel. Estaba ilusionada por volver a ver a la médico, una de las personas que mejor la habían tratado desde que consiguió librarse del yugo de aquella panda de desalmados. Irremediablemente, el recuerdo de la pesadilla volvió a caerle encima como una losa. Todo había sido un sueño, pero Ío sintió un mal presagio, como si parte de él aún conservase cierto remanente en el mundo real. Enseguida supo a qué era debido. Frunció el ceño al notar cierto malestar y algo de humedad en la entrepierna. Tragó saliva y apartó algo más la sábana. Volvió a gritar al ver la sangre.

Nada de eso tenía el menor sentido para ella. Héctor la había vuelto a violar, pero eso había sido en su sueño. Ahí abajo no debía haber sangre. Además, ella hacía mucho tiempo que había dejado de ser virgen. Pese a lo evidente que resultaba la respuesta a tan sencillo enigma, Ío tardó cerca de un minuto en dar con ella. Era algo demasiado nuevo para ella. Tan pronto lo hizo, se puso a llorar. Se tapó de nuevo con la sábana, notando cómo el calor corporal comenzaba a subir de nuevo, y ahí se quedó, gimoteando y humedeciendo la almohada con sus lágrimas, durante cerca de media hora.

Algo más tarde se sorprendió a si misma subiendo las escaleras hacia el ático, en busca de Bárbara. Había pasado un buen rato aseándose y se había cambiado la ropa interior, pero aquello no parecía ir a mejor. Dio tres tímidos golpes con los nudillos en la puerta. No pudo escuchar el sonido de pies arrastrándose hacía ahí, pero tan pronto vio que la puerta se abría hacia dentro, dio un paso atrás. Respiró aliviada al comprobar que quien la abría era la profesora, no su hermano ni su amiga Zoe. En esos momentos no le apetecía ver a nadie más. Se sentía increíblemente avergonzada, aunque no tuviera motivos para ello.

BÁRBARA – Hola, cariño. ¿Qué haces aquí tan pronto?

Bárbara arrugó la frente al ver la expresión triste en la cara de la adolescente. Ío comenzó a llorar, y Bárbara la atrajo hacia sí. Parecía tener un imán para los problemas de los demás, pero ello no hacía si no hacerla sentir importante, querida, en cierto modo una pieza clave de la pequeña sociedad que habían creado en la isla. La profesora, consciente de la discapacidad de la joven, la apartó de sí un momento y la miró a los ojos, de aquél penetrante verde esmeralda.

BÁRBARA – Anda, entra, y cuéntame que ha pasado.

Ío asintió. Bárbara cerró tras de sí una vez ambas estuvieron dentro del ático.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Que malvado eres, Lord David. Hacer recordar a Io esos dias oscuros antes de……..

    D-Rock.

  2. Mora dice:

    Seguro que vamos ha encontrar sorpresas en la Casa de Abril , que ya llevamos buen tiempo queriendo saber más de Ezequiel el que vive con ella , apuesto que es uno de los del Barco .

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