3×1130 – Presentimiento

Publicado: 19/12/2017 en Al otro lado de la vida

1130

 

De camino a la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

22 de enero de 2009

 

BÁRBARA – Oye, ¿y por qué no la llamas ahora que lleguemos, y ya está?

Carlos, desde su posición tras el volante, miró de reojo a Bárbara. La profesora había ocupado el asiento del copiloto después de aquél accidental encuentro con media docena de infectados en el que Paris demostró una vez más que aún no había recuperado del todo la cordura. Después que acabase con el último, tras saltar del coche prácticamente en marcha, y luego de una acalorada y tensa discusión con Carlos, el dinamitero había cedido a regañadientes su asiento a la profesora. Ahora se encontraba en la parte trasera de la furgoneta, con los demás. Desde ahí apenas se veía el exterior, tan solo a través de unas pequeñas rejillas horizontales en las planchas metálicas que Fernando había instalado en las ventanillas.

CARLOS – Pues sí… Lo haré. Me ha quedado mal cuerpo irme… así, de esa manera. Después de… No es que no hayamos discutido nunca antes, porque lo hemos hecho, y… mucho más acaloradamente, pero… no sé, Bárbara. Últimamente la veo… más rara, como más apagada, más triste que de costumbre, y…

La profesora se sentía mal al no poder explicarle el motivo por el que Marion se comportaba así, del que tan solo ella era conocedora, pero no tenía intención alguna de romper su pacto de silencio con la hija del difunto presentador.

BÁRBARA – Estará bien. Tú sólo llámala, y… así te quedas tranquilo. Y ella también se sentirá mejor, si ve que te preocupas.

El instalador de aires acondicionados asintió, y se desvió un poco del camino para esquivar el cuerpo medio descuartizado de lo que parecía un burro. El frío de las últimas semanas y las heladas nocturnas le habían conservado en relativo buen estado, pero resultaba evidente que no era un cadáver reciente. Entre todos cundía la sensación que los infectados estuviesen aletargados por el frío, y no fuesen tan activos en esta época del año. Era un hecho que las visitas al barrio eran cada vez menos frecuentes. La realidad era mucho menos halagüeña, o obstante: pese a que hacía mucho tiempo que no reiteraban en sus rondas de limpieza, éstas habían sido muy efectivas, y habían acabado con más de la mitad de los infectados de la isla.

No tardaron mucho más en llegar. No en vano, tan solo habían encontrado compañía durante el trayecto en esa única ocasión que condenó a Paris a la trasera de la furgoneta. Carlos conocía muy bien el camino y cada vez recortaba más el tiempo sobre ruedas.

Entraron como de costumbre, por la puerta de servicio. La pequeña nube que emergía de la chimenea delataba que dentro no pasarían frío, al menos mientras se mantuvieran cerca del fuego. Uno a uno fueron entrando en aquella mansión centenaria. Carlos fue el primero en dar con la médico, que tal como él sospechaba, se encontraba en la cocina. Abril estaba muy concentrada en su tarea, amasando algo parecido a una base de pizza de gran tamaño, con las manos manchadas de harina, cuando el ruido junto a la puerta le llamó la atención.

ABRIL – ¿Ezequiel?

Carlos se asomó, con una amplia sonrisa en el rostro. Había algo en esa mujer que siempre le ponía de buen humor.

CARLOS – ¡Hola!

La médico se giró. Chocó una mano contra la otra para deshacerse del exceso de harina, y una nube de polvo blanco se formó frente a su cara. Ella se apartó un poco, parpadeando repetidamente. Bárbara, Christian y Maya entraron a la cocina.

ABRIL – ¡Hombre! ¿Ya habéis llegado? Os esperaba algo más tarde.

CARLOS – Qué va. Si el camino ha sido la mar de tranquilo. Apenas hemos encontrado compañía.

ABRIL – Ah mira. Me alegro. Eso siempre es buena señal.

BÁRBARA – Bueno, ¿y vosotros qué tal estáis? ¿Dónde está tu famoso amigo, el que tantas ganas tenía de vernos?

ABRIL – Mira, ni me hables, ¿eh? Estoy enfadada como una mona.

CARLOS – ¿Qué pasa?

ABRIL – El tío este. Que ha vuelto a desaparecer. Ha vuelto a hacer lo mismo. Lo mismo que la última vez. Esta mañana, me dijo que se iba a buscar leña, porque dice que quedaba poca, para la chimenea y… la lumbre. Y… que no ha vuelto. Mira las horas que son, y todavía no ha vuelto. No tengo ni idea de dónde diablos puede haber ido.

Poco a poco, las voces de los demás, charlando unos con otros, formaron una miríada de ecos en aquella casa vieja. Bárbara se sorprendió al ver la expresión ceñuda en la cara de Carlos.

CARLOS – Pero… ¿a qué hora se fue?

ABRIL – Yo qué sé… se fue que no hacia ni una hora que había amanecido. Ha tenido tiempo de sobra de talar medio bosque.

CARLOS – Joder… ¿Pero se puede saber qué le pasa a este hombre? Parece que nos quiera tomar el pelo.

Bárbara asintió mecánicamente. De haber sido la primera vez, estarían más preocupados por su suerte que por su ausencia, pero algo empezaba a oler mal. Ella tampoco acababa de entender lo que ocurría. Había sido el propio Ezequiel quien les había citado, con la intención de conocerse definitivamente, tras los anteriores intentos fallidos. Que desapareciese de nuevo en idénticas condiciones no albergaba el menor sentido para ella.

ABRIL – Os he estado llamando, varias veces, para avisaros, por si todavía no habíais salido, pero… supongo que ya era tarde.

CARLOS – No. Marion e Ío se han quedado en el barrio, con los bebés. La niña… la niña vale que no haya escuchado nada, pero Marion seguro que sí que tiene que haberlo oído. Eso suena que parece que se vayan a romper los cristales. Tienen que estar en el centro de día, y eso está justo debajo del piso de Bárbara. No tiene pérdida.

ABRIL – Pues te puedo asegurar que nadie lo ha cogido.

Carlos respiró hondo, y soltó el aire sonoramente entre los labios, con los dientes apretados.

ABRIL – Pero… que habré llamado tres o cuatro veces. Al igual… en ese momento no estaba cerca. Y… si me dices que estaba Ío con los bebés, es muy fácil que ella no haya escuchado nada.

El instalador de aires acondicionados negó con la cabeza. Bárbara tragó saliva. Los demás se habían repartido entre el salón principal, donde se encontraba la chimenea humeante, y la cocina. Muchos estaban deseosos de saludar a Abril con un abrazo y dos sonoros besos en las mejillas, pero prefirieron no perturbar la conversación.

CARLOS – No… No, no. ¿Puedo usar la radio?

ABRIL – Sí, claro.

Llamaron durante más de cinco minutos ininterrumpidos. Bárbara y Zoe estaban sentadas en la cama, codo con codo, observando con un nudo en el estómago el creciente nerviosismo de Carlos. Abril se encontraba a su vera, y se sentía increíblemente impotente por no poder darle una mejor respuesta.

CARLOS – Voy a ir. Necesito saber qué pasa.

ABRIL – Pero quieres decir que…

CARLOS – No. Me voy. Tengo un mal presentimiento.

ABRIL – No seas inconsciente. Se te va a hacer de noche con el coche.

CARLOS – Me da lo mismo. Es la única manera de que me quede tranquilo.

Las tres se quedaron atónitas al ver cómo el instalador de aires acondicionados salía por la puerta al trote.

BÁRBARA – Carlos. ¡Carlos espera, hombre!

Abril y Zoe se miraron la una a la otra, al tiempo que Bárbara salía a toda prisa del dormitorio.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Ay madre!! Ezequiel no está, Marion y Io están solas, me huelo algo cómo Carlos… y no es bueno!

  2. Fran dice:

    Me cago en la leche… Los ha hecho venir para poder ir él al barrio y no encontrar resistencia… David, por dónde estás llevando la trama veo a Ío sufriendo de lo lindo. Pero no ha sufrido ya lo bastante la pobre?…
    Héctor vuelve??? Ummm, me da qué pensar…

  3. Carol dice:

    Pues si es uno de los salvajes inhumanos que torturaron a Io, espero que David nos muestre el resarcimiento de ella. En ese hipotético escenario y después de la polémica que surgió en su momento, David, nos lo deberías!! 😉

  4. Drock9999 dice:

    Oh por Dios! Es que………. me debo morder la lengua porque si mi suposicion es cierta……………..

    D-Rock.

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