3×1131 – Suspicaz

Publicado: 23/12/2017 en Al otro lado de la vida

1131

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

Ío respiró hondo y acto seguido soltó el aire con un ligero gimoteo nervioso. Se abrochó el último botón del pantalón y salió del cuarto de baño. Era la tercera vez que se cambiaba la compresa ese día y la segunda que se mudaba de ropa interior, pero aún así seguía sintiéndose incómoda, sucia. Caminó arrastrando los pies y salió al rellano del bloque de pisos. De no haber sido sorda, habría escuchado claramente unos sonoros pisotones bajando las escaleras, que se volvieron atropellados tan pronto reinó en el lugar el eco proveniente de la puerta de su piso al abrirse.

Juanjo tropezó en el último escalón, con las prisas, y cayó de bruces al suelo, golpeándose la cabeza contra el suelo al tiempo que profería un grito asustado. Esperaba que tanto Ío como Marion estuvieran en el centro de día al cuidado de los bebés, y descubrir que no estaba solo en el bloque le había puesto francamente nervioso. Se levantó atropelladamente y se llevó una mano temblorosa a la ceja. Chasqueó la lengua al notar algo de humedad y maldijo entre dientes al revisar su mano y ver que estaba manchada de sangre. Se había hecho un buen corte, que no paraba de sangrar.

El banquero se llevó la mano al bolsillo, sacó un pañuelo de tela con algunos mocos resecos y se lo llevó a la ceja, tratando así de parar la hemorragia, que le había obligado a cerrar el ojo derecho para evitar que le entrase la sangre. Maldijo de nuevo entre dientes, con el eco de las pisadas de la joven de los pendientes de perla bajando las escaleras, y salió a toda prisa a la calle, notando una bofetada de aire frío en la cara. El pañuelo estaba empezando a empaparse, y pronto resultaría inútil. Consciente de que no tenía mucho tiempo, corrió al extremo opuesto de la calle.

Ío bajó tranquilamente las escaleras, ajena al ruido de la escalera, pensando en todos los que se habían ido a visitar a Abril hacía escasos quince minutos, arrepintiéndose de nuevo por no haber ido con ellos. La suya había sido una decisión tomada en el último momento. Se sentía mal por el advenimiento de su primera menstruación, y se le antojaba tedioso el viaje que sus compañeros acababan de iniciar, pero era consciente que lo que le esperaba en el barrio no era mucho mejor. Cuidar de los bebés prácticamente ininterrumpidamente, además de tener que dormir en el centro de día, no entraba dentro de sus preferencias en esos momentos. Pero estaba dispuesta a hacerlo, sin proferir queja alguna.

Pese a pasar por encima, no se dio cuenta de las gotitas de sangre que había en el portal, frente a aquél gran espejo. Al salir vio por el rabillo del ojo cómo se cerraba del todo la puerta del parking que daba acceso a la calle larga, a la que no había acudido desde hacía más de una semana. Frunció ligeramente el ceño. Sabía a ciencia cierta que Marion estaba en el centro de día; ella misma venía de ahí, de donde se había ausentado hacía menos de cinco minutos. En el barrio, a excepción de los bebés, tan solo quedaban ellas dos y Juanjo. Dedujo que se trataría del banquero, aunque no acababa de comprender qué se le había perdido en esa zona del barrio; hacía mucho tiempo que vivía solo en su casa de las afueras, sin acercarse siquiera a saludar. Sin embargo, no le dio mayor importancia y continuó su camino. Tenía demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparse de aquél hombre al que detestaba, el único, junto con Paris, cuya presencia aún no había aprendido a tolerar.

Juanjo esperó pacientemente unos segundos al otro lado del portón de acceso al parking, temiendo haber despertado las sospechas de quien quiera que estuviese en el bloque cuando él bajaba del ático. Aguzó mucho el oído, mientras la sangre, que ya había empapado el pañuelo, goteaba sobre su chaqueta de plumas de oca. Para su tranquilidad, no ocurrió absolutamente nada. Nadie se acercó a preguntar qué hacía ahí. Poco después, prosiguió su camino, de vuelta a la casa de la que se había vuelto ermitaño.

Cuando Ío entró en la sala donde se encontraban los bebés, Marion se dio media vuelta rápidamente, dándole la espalda, y se enjugó una lágrima a escondidas de ella. Ío ocupó el lugar que había abandonado y procedió a cambiar a uno de los bebés, mecánicamente. Era un trabajo tedioso, con tantos pequeños exigiendo atención en todo momento, pero había aprendido a acostumbrarse, y ahora ya lo hacía prácticamente sin pensar. La hija del difunto presentador abrió los ojos como platos durante unos segundos, pretendiendo así secárselos y que no resultase tan evidente que había estado llorando, y acto seguido se acercó a ella. Tragó saliva.

MARION – ¿Te encuentras bien, Ío? Tienes mala cara.

La joven asintió, perpetuando su costumbre de comunicarse sin abrir la boca. Marion había preguntado únicamente por cortesía, y esa respuesta le resultó más que suficiente. Ambas se aguantaron la mirada durante unos segundos, que pronto se volvieron incómodos.

ÍO – ¿Y tú?

La hija del difunto presentador suspiró, echó un vistazo al suelo y dirigió de nuevo su mirada a Ío, mostrando una sonrisa falsa.

MARION – Sí, sí. Yo estoy la mar de bien.

Ío asintió de nuevo, consciente tanto de no haber convencido a Marion con su respuesta, como de que ella tampoco había dado crédito a la suya. Esa fue toda la conversación que tuvieron en varias horas, a excepción de algún comentario pasajero en referencia al cuidado de los bebés, al que las dos se habían ofrecido, pero que aborrecían sobradamente. Ambas tenían mucho en lo que pensar, y agradecieron el silencio que les brindaba la otra, ignorantes de que lo que mejor les hubiese venido en ese momento era precisamente compartir sus frustraciones, y echar alguna que otra lágrima en hombro ajeno.

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comentarios
  1. Betty dice:

    Si irrumpe en escena Juanjo, seguro que no es para nada bueno, que estará maquinando…

    🎄Chic@s, Feliz Navidad🎄

  2. Carol dice:

    Feliz Navidad!

  3. battysco dice:

    Me acabo de pone al día.

    Aprovecho para sumarme a las felicitaciones navideñas, Betty, Carol y compañía.

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