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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Las nubes cubrían el cielo a esa hora de la tarde, y se había levantado algo de viento, lo que hacía que el frío que les acompañaba desde el alba aún fuera más acusado. Por fortuna, el pequeño brasero que había instalado en el centro de día, sumado al calor corporal de todos sus inquilinos, mantenía la estancia donde descansaban los bebés en una temperatura bastante aceptable.

Marion echó unas gotas de leche sobre el dorso de su mano, y tras comprobar que la temperatura era correcta procedió a darle de beber a uno de los bebés: un niño especialmente pequeño de corto y negro cabello ensortijado. Ella apenas podía distinguir a unos de otros, y si lo hacía era más por la posición de su cuna en la habitación que por su aspecto físico. La única que realmente les reconocía sin problemas era Zoe, pero ella debía estar ya donde Abril, a media isla de distancia. De todos modos, no hacía falta distinguir a los bebés ni recordar sus nombres para cuidar de ellos. Si bien era un trabajo muy laborioso, ya no tenía secretos para ella, y al contar los bebés con una salud de hierro gracias a la vacuna que recibieron al poco de nacer, no había mucho de qué preocuparse. Con tenerles limpios, darles de comer y dejarles gatear un poco de vez en cuando, había más que suficiente.

La hija del difunto presentador escuchó algo de ruido a su espalda y dedujo que se trataría de Ío. El bebé que sostenía en sus brazos se alimentaba con quizá excesivo entusiasmo, y Marion no se molestó siquiera en girarse, pues aún tenía mucho trabajo por delante. Era la hora del biberón, y aunque en ese momento estaban todos los demás bebés bastante tranquilos, lo cual no era tampoco muy frecuente, más de uno se había despertado, y no tardarían en pedir su ración. No había tiempo que perder, si no pretendía volverse loca con un coro de agudos llantos.

Ambas habían acordado turnarse en el cuidado de los bebés, conscientes que más tarde o más temprano tendrían que dormir, y que nadie más las podría cubrir, pues los demás estaban ya muy lejos de ahí y aún tardarían al menos un día entero en volver. Pese a que las dos sabían que Juanjo seguía en el barrio, ni se molestaron en sugerir a la otra ir a buscarle para que les echase una mano, aunque estaban convencidas de que, incluso a regañadientes, acabaría accediendo. La relación con el banquero, por parte ya no sólo de ellas dos si no de todos los demás supervivientes que vivían en Bayit, se había enfriado sobremanera desde la llegada de Fernando. Actualmente era más un extraño viviendo en la periferia que parte de la comunidad. Y a nadie parecía molestarle en absoluto.

Ío hacía unos minutos que se había ido a echar una siesta, y no volvería al centro de día hasta que se pusiera el sol. Eso había sido lo acordado. Una vez lo hiciera, Marion le tomaría el relevo y se iría a dormir unas horas, durante las cuales Ío, que ya habría tenido ocasión de descansar, haría guardia con ellos. Era lo habitual: el ritual interminable al que se habían acabado acostumbrado, aunque ahora dos personas debían cubrir el trabajo de doce, y no podían hacerlo por parejas si pretendían dormir algo, lo cual resultaba todavía más aburrido. Marion no comprendía por qué la joven había vuelto, pero no le dio demasiada importancia. Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse para ello.

MARION – ¿Qué se te ha olvidado ya? Oye… ¿Sabes qué? He estado pensando y… creo que voy a llamar a Carlos. A estas horas… ya deben haber llegado. De hecho… me extraña que no nos hayan llamado, ya. Pero bueno… Yo… es que… No… No paro de pensar en la discusión que tuvimos antes. Quizá… fui demasiado dura con él. No sé… estoy muy sensible estos días, y… no es con él con quien tengo que pagarlo, y… me sabe mal. Me ha quedado mal cuerpo, ¿sabes? Por lo menos, me gustaría que pudiéramos hablar… un ratillo. ¿Tú…? ¿Tú podías quedarte aquí un momento, en lo que subo al ático? Será… nada, cinco minutos como mucho. Te prometo que no tardo más. Pero… así me quedaré más tranquila.

Pese a escuchar la respiración y notar la presencia de quien había entrado a la sala, no obtuvo respuesta alguna. Frunció ligeramente el ceño. Pese a que aún quedaba medio biberón, el bebé parecía haber saciado su sed. Marion lo dejó con delicadeza sobre la cuna. Se le cerraban los ojos: pronto se quedaría de nuevo dormido. Era el momento de ir a por el siguiente.

MARION – ¿Me estás oyendo?

No fue hasta entonces que se dio cuenta que había estado hablando sola. Soltó una pequeña risotada, al tiempo que hacía un gesto negativo con la cabeza.

MARION – ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo me vas a oír?

Marion sonrió de nuevo, consciente al mismo tiempo del ridículo de la situación, como del hecho que Ío jamás se enteraría de que se había pasado casi un minuto hablando sola. No fue hasta entonces que se giró. La sonrisa que se había dibujado en su rostro se quedó helada instantáneamente al comprobar que la persona que había en el umbral de la puerta, con la que había estado hablando, no se trataba de Ío.

La hija del difunto presentador reconoció a esa persona al instante, y ello hizo que el biberón que sostenía cayese al suelo, formando un sonoro estruendo al romperse en mil pedazos, desperdigando trocitos de cristal y leche por todo el suelo. Con el ruido del golpe, un par de bebés se despertaron y comenzaron a llorar. Marion pareció empatizar en cierto modo con ellos, pues un gran lagrimón emergió prácticamente al mismo tiempo de su ojo derecho, al tiempo que su mandíbula inferior comenzaba a traquetear incontrolablemente.