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Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Ya hacía varias horas que había anochecido, pero por fortuna, no se habían cruzado con un solo infectado en todo el trayecto. Pasaban unos minutos de la medianoche.

Bárbara sacó la linterna de su mochila y abandonó la furgoneta de un salto. Abrió el portón de la escuela y Carlos condujo el vehículo al interior, mientras ella se encargaba de cerrar de nuevo a conciencia. Tras un sonoro portazo, una vez dentro de nuevo, Bárbara se dirigió a Carlos, mientras éste conducía el coche hacia el otro portón, el que les daría acceso al Jardín, pasando por encima de la pista deportiva en la que tantos y tantos partidos de fútbol habían echado durante el recreo cientos de niños que hoy día estaban muertos o eran infectados errantes en busca de algo que llevarse a la boca.

BÁRBARA – Nadie había forzado nada. He tenido que abrirla. Estaba cerrada, Carlos. Sólo podrían haberla abierto desde dentro, pero estaba tal cual la dejamos. Exactamente igual. Aquí no ha entrado nadie.

Carlos no respondió, ni siquiera se giró hacia ella. Llevaba bastante tiempo callado, y ello disgustaba bastante a la profesora.

BÁRBARA – Como hayamos venido sólo a ver que se ha estropeado la sirena de la radio, vas a ver. Con la de cosas ricas que había preparado Abril. ¿Viste el postre que…?

CARLOS – Déjalo. ¿Quieres?

Bárbara se giró hacia el instalador de aires acondicionados. Él la estaba mirando, y tiró del freno de mano con quizá excesiva contundencia. Tan solo pretendía romper un poco la tensión del ambiente, pero entendió que no era el momento. Estaba deseando salir de una vez por todas de dudas, avisar a quienes ya debían estar durmiendo en la mansión de que todo estaba en regla, y dormir a pierna suelta en su cama. Estaba algo cansada. Ese había sido un día muy largo, con demasiadas horas sobre ruedas. Le ponía nerviosa la seriedad en el rostro de Carlos, y aunque no paraba de intentar convencerse que se estaba excediendo, ella tampoco las tenía todas consigo.

Ambos salieron del furgón y accedieron a pie al Jardín. Por fortuna, las farolas del barrio seguían funcionando como el primer día. Todas lo hacían, a excepción de un par en el extremo nororiental de la calle larga, en una zona que apenas visitaban, mucho menos por la noche. Caminaron hombro con hombro por entre los invernaderos abandonados y los árboles, en un silencio tenso. No esperaban otra cosa, con el barrio prácticamente vacío y a esas horas de la madrugada, pero no ver una sola luz tras ninguna ventana, ni escuchar voz alguna les hizo reafirmar aún más sus suspicacias.

Cruzaron el taller mecánico, con el sempiterno olor a grasa de motor, y una vez en la calle corta se dirigieron a la copistería de la esquina, desde la que se accedía al centro de día por la trastienda, por uno de aquellos agujeros que hicieron en las paredes. Carlos llevaba la delantera, y a Bárbara le costaba seguirle el ritmo. El instalador de aires acondicionados estaba muy excitado, y no se quedaría tranquilo hasta que pudiese darle un abrazo a su pareja y disculparse por la pequeña discusión que habían tenido antes de separarse, esa misma mañana. Le sorprendió que no hubiese una sola luz encendida en el centro de día, pero se limitó a encender la linterna y seguir adelante, hacia la sala donde descansaban los bebés. Todo apuntaba a que dormían, pues no se escuchaba un solo llanto. De hecho, el silencio resultaba incluso agobiante. Él mismo se encargó de corregirlo.

CARLOS – ¡No! ¡No, no, no!

Bárbara, que iba varios pasos por detrás de él, sin necesidad de encender su propia linterna, pues sólo con la luz residual de la de Carlos tenía suficiente, dio un bote del susto, y aún se apresuró más. Se dio de frente con Carlos, que salía por la puerta tras la que se encontraban los bebés. El instalador de aires acondicionados, aún con un rictus de dolor e incredulidad en el rostro, le barrió el paso.

BÁRBARA – ¿Qué ha pasado?

CARLOS – No entres ahí.

BÁRBARA – ¡¿Pero qué pasa?!

Carlos negó con la cabeza. Bárbara hizo el amago de pasar por su lado, pero él la agarró del brazo, reteniéndola, impidiéndole avanzar.

CARLOS – No. Bárbara… no. Hazme caso.

BÁRBARA – Quítate. Haz el favor.

La profesora trató de zafarse de él, pero Carlos la sujetó aún con más fuerza. Tan solo pretendía protegerla, pero ella no lo entendió. Cuando Bárbara vio una lágrima recorrer su mejilla, se convenció de que no podía perder más tiempo. Necesitaba saber qué había al otro lado de la puerta.

BÁRBARA – Que te quites. ¡Apártate!

Bárbara agarró a Carlos del brazo que la sujetaba y consiguió zafarse de él. Le dio un fuerte empujón, y ello pareció ayudarle a recuperar la cordura, pues lo que hizo acto seguido, al tiempo que Bárbara entraba a toda prisa en la sala, fue llevar su mano a la parte trasera del pantalón y quitarle el seguro a la pistola que llevaba encima.

Bárbara se llevó una mano a la boca, abierta de par en par. Encendió su linterna y enfocó a un lado y a otro, absolutamente incapaz de creer lo que le mostraban sus ojos. La visión era espeluznante. Había sangre por todos lados. Había demasiada sangre.

Daba la impresión que una legión de infectados hubiese entrado en tropel a la sala. Pero había algo que no cuadraba. Ninguno de los pequeños cadáveres, que descansaban cada uno en su propia cuna, tenía heridas de mordiscos. Todos tenían heridas de arma blanca. Muchas, demasiadas heridas. Algunos tenían los ojitos abiertos, otros cerrados, unos estaban boca arriba, otros boca abajo. Pero todos y cada uno de ellos estaban muertos, al igual que Marion, que descansaba en el mero centro de la sala sobre un enorme charco hecho con su propia sangre, con una única herida que iba de lado a lado de su blanco cuello. Carlos volvió a entrar a la sala. Apenas podía ver nada, con los ojos anegados por las lágrimas. Bárbara, sin embargo, estaba muy seria y concentrada: había adoptado su actitud.

La profesora se agachó para mirar más de cerca el cadáver de Marion, y vio algo que Carlos había pasado por alto. Sobre el pecho de la hija del difunto presentador, entre sus senos y el ombligo, descansaba uno de los viales de la vacuna ЯЭGENЄR. Justo debajo, había una pequeña nota manuscrita, que decía lo siguiente: “Os lo devuelvo. Creo que ya no me va a hacer falta”.

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