3×1135 – Gacha

Publicado: 07/04/2018 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 8

Añadir unas briznas de mentira

1135

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

30 de septiembre de 2008

 

Guille sintió un efímero regocijo cuando dobló por última vez aquél pequeño trozo de papel, orgulloso al haber conseguido, por primera y única vez sin ayuda, dar forma a la pajarita. Tal como su padre le había enseñado, cogió el bolígrafo que llevaba consigo en la riñonera y le dibujó una sonrisa y un pequeño ojo a cada lado del triángulo que hacía de cabeza. Llevaba del orden de media hora con aquél pedazo de papel, que de tantas veces doblado y desdoblado amenazaba con partirse por la mitad, pero por fin había conseguido lo que se proponía: su obra estaba acabada.

Dejó la pajarita sobre aquella larga mesa a la que se sentaban a la hora de comer los muchos supervivientes que poblaban el campamento, y suspiró echando un vistazo al cielo nublado. Hacía mucho tiempo que no llovía, pero todo apuntaba a pensar que eso cambiaría en breve.

Ya hacía cuatro días, con sus tres largas e interminables noches, que su padre había abandonado la seguridad del campamento en una misión suicida para intentar encontrar a su tía Bárbara y traérsela consigo. Guillermo había prometido que volvería ese mismo día, o lo más tardar al siguiente, pero desde entonces no había vuelto a tener noticias de él. Ya había pasado demasiado tiempo, y ahora ni siquiera era capaz de dar crédito a sus propias palabras de ánimo, intentando convencerse de que en el momento menos pensado cruzaría la puerta de entrada para reunirse con él, y que Bárbara estaría a su lado, ansiosa por darle un fuerte abrazo. La realidad imperante en ese nuevo mundo hacía que fuese mucho más realista; mucho más pesimista.

Desde que su padre se había ido, él no había vuelto a hablar con ninguna otra persona. Cada cual tenía o bien su propia familia de la que preocuparse o sus propias tribulaciones con las que lidiar, y a nadie parecían importarle demasiado los lloriqueos de un niño gordito de diez años que deambulaba de un lugar a otro sin hacer ruido, manteniendo en todo momento un perfil bajo. Él aún recordaba vívidamente a su amigo Koldo, que había perdido la vida en el asalto al centro de acogida a refugiados de Mávet, al igual que su padre y que la enorme mayoría de los asustados civiles que habían acudido ahí en busca de ayuda. A Guille le costaba mucho dormir por las noches recordando los gritos agónicos y suplicantes de quienes eran masacrados e incluso comidos vivos por aquella horda de infectados, y si algo temía, más incluso que el hecho que su padre jamás volviese, era revivir esa pesadilla.

Se giró asustado al escuchar un grito a su espalda. Alguien le estaba llamando por su nombre, y aquella voz le resultó demasiado familiar. Después de tantos días sin saber nada de su padre, había asumido lo peor, y verle de nuevo, cuando menos lo esperaba, dio un vuelco a su joven corazón. Los ojos se le llenaron de lágrimas al reconocerle. Éste caminaba a buen ritmo, aunque sin correr, en su dirección. Guille se levantó del banco en el que había aposentado sus posaderas hacía más de una hora, y con las piernas aún agarrotadas por la falta de ejercicio corrió a reunirse con él, mientras lágrimas de alegría surcaban sus sonrosadas y rechonchas mejillas. Ambos se fundieron en un sincero y emotivo abrazo. Guille manchó de lágrimas y mocos la camisa de su padre, pero a él no pareció importarle lo más mínimo. Guillermo, con unas acusadas ojeras y la barba descuidada, cerró los ojos, saboreando el momento que tanto había ansiado desde su partida.

Una vez el pequeño se hubo recuperado un poco de la sorpresa, y aún con aquella amplia sonrisa surcándole la cara, se dirigió a su padre, que contra todo pronóstico, parecía triste.

GUILLE – ¿Y la tita? ¿No viene contigo?

El investigador biomédico negó con la cabeza, sin apartar aquella expresión apesadumbrada de su rostro.

GUILLERMO – Lo siento, cariño.

GUILLE – ¿No estaba en el sitio donde fuiste a buscarla?

GUILLERMO – No. No. Ahí… no estaba.

Guille se quedó pensativo unos segundos.

GUILLE – ¿Y te dijeron algo ahí, de dónde podía estar? ¿Hablaste con alguien que…?

Guillermo negó nuevamente con la cabeza. Parecía molesto.

GUILLE – ¿Y entonces por qué has tardado tanto en volver?

El investigador biomédico respiró hondo. Un silencio incómodo, incluso con tanta gente hablando alrededor, se cernió sobre padre e hijo.

GUILLERMO – Lo siento, Guille, no pude encontrarla.

Guille pareció infectarse del pesar de su padre y la sonrisa desapareció de su rostro, sustituyéndose por un rictus de pena cercano al llanto. Guillermo se dio cuenta de lo desacertado que había estado y le acarició el costado del hombro, intentando tranquilizarlo, aunque sin demasiado éxito.

GUILLERMO – Pero… tú no te preocupes, seguro que está bien. Tú… no te preocupes. Sólo que… no sé dónde está. Debe estar en otro centro como este. Hay… hay muchos, mucho más, y… puede estar en cualquier parte. Igual que nosotros hemos acabado aquí… ¿Lo entiendes?

Algo en la expresión de su cara hizo pensar a Guille que había mucho más que no le estaba contando. Incluso él se daba cuenta que estaba inventándose esa burda excusa sobre la marcha para salir del paso, pero aún así, prefirió no indagar mucho más al respecto, consciente que lo que pudiese averiguar probablemente sería mucho peor que la ignorancia y la esperanza, que eran unos de los pocos bienes que aún conservaba. Era pequeño, pero no tonto, y aunque nunca lo verbalizaba, odiaba la condescendencia con la que todos los adultos acostumbraban a tratarle, al ser un niño tan dependiente y sensible.

Guille se tragó las ganas de llorar y se conformó con que su padre hubiese vuelto con él, y que lo hiciera de una pieza, y no como un infectado que pretendía matarle, como en su última pesadilla. Al fin y al cabo, eso ya era mucho más de lo que él había acabado asumiendo que conseguiría.

De repente, el suelo se agitó por un instante, y ambos se miraron, frunciendo ligeramente el ceño, preguntándose sin palabras si el otro también lo había notado. El imponente sonido de una explosión en la lejanía, unos segundos más tarde, confirmó sus sospechas. No obstante, todo volvió a la normalidad y, lamentablemente, ninguno de los dos dio mayor importancia a ese hecho.

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