3×1136 – Revivir

Publicado: 10/04/2018 en Al otro lado de la vida

1136

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

1 de octubre de 2008

 

Guillermo se despertó con un sobresalto. Durante un breve lapso de tiempo no fue capaz de recordar dónde se encontraba. Su hijo le había agarrado del brazo y se lo agitaba violentamente, instándole a que despertase cuanto antes. Entreabrió los ojos y vio en primer plano la riñonera roja del chaval, pero tuvo que volver a cerrarlos con presteza, molesto por el exceso de luz. Hacía más de veinticuatro horas que no conciliaba el sueño, y lo poco que había descansado desde que abandonase el campamento había sido en cortas etapas de duermevela. Volvió a abrirlos, y se intranquilizó al ver la expresión aterrada en el rostro del chaval.

GUILLE – Papa. ¡Papa!

El investigador biomédico se incorporó, esforzándose por mantener los ojos abiertos. Fue el sonido de los lejanos gritos asustados y las voces alteradas de otros refugiados lo que le puso en guardia. Con la lección aprendida de lo ocurrido en Mávet, lo primero que hizo fue agarrar las llaves de su Audi y la mochila en la que llevaba los útiles de primera necesidad. Con ella al hombro y con su hijo de la mano, salió a toda prisa de la carpa que hacía de dormitorio, con todas aquellas literas, colchones y colchonetas desperdigados por el suelo. Otros refugiados seguían tomando la siesta, ajenos al creciente ajetreo del exterior. No tardarían en despertarse.

Contra todo pronóstico, allá afuera todo parecía en regla. Guillermo frunció ligeramente el ceño. Su hijo le condujo hacia el extremo opuesto del campamento, lugar del que provenían todas aquellas voces. Un montón de civiles les daban la espalda, mirando algo al otro lado de la valla perimetral, algo que ellos no alcanzaban a ver. Guillermo se escurrió entre el gentío, con Guille firmemente sujeto por la mano, hasta encontrar un hueco por el que poder ver aquello que tanto interés parecía suscitar entre sus congéneres.

Pese a la distancia más que generosa que aún les separaba de ellos, aquella visión hizo que el vello de los brazos de Guillermo se erizase instantáneamente. Una masa humana de proporciones inconcebibles avanzaba inexorablemente hacia el campamento. Debía haber cientos, incluso miles. Todo apuntaba a pensar que huían de aquella enorme nube negra que se había alzado en el horizonte, allá por Sheol, poco después de la explosión que padre e hijo habían notado hacía escasas horas. El retumbar de los pisotones de aquellos cientos de pies que avanzaban al unísono resultaba espeluznante.

Más de cincuenta hombres y mujeres armados custodiaban la valla, a ambos lados de la misma, instando a los curiosos a apartarse, asegurándoles que todo estaba controlado y que no había de qué preocuparse. Guillermo tuvo más que suficiente con lo que había visto, y desanduvo sus pasos todo lo rápido que pudo. Tiró de Guille al trote hacia el extremo opuesto del campamento, donde se erguía el portón de acceso. Ahí tan solo había un soldado armado haciendo guardia, uno especialmente joven, que parecía más nervioso que el propio Guille.

GUILLERMO – Ábreme la puerta, por favor. Necesito salir con mi hijo ahora mismo.

El soldado le miró extrañado, como si acabase de decir la mayor estupidez imaginable. Esbozó una sonrisa.

SOLDADO – ¿Quiere salir… ahí fuera? ¿Pero usted has visto…?

GUILLERMO – Sí. Sí lo he visto. Precisamente por eso. Ábrela, por favor.

SOLDADO – No puedo abrir la puerta. Y mucho menos ahora. ¿Pero usted se ha vuelto loco?

GUILLERMO – No tardarán mucho más en llegar. Están muy cerca.

SOLDADO – ¿Y cree que fuera va a estar más seguro?

GUILLERMO – No tengo tiempo para discutir. Será sólo un segundo, te lo prometo. Abres, cierras. No te hago perder más tiempo, nos vamos… Todos ganamos.

El soldado negó con la cabeza, muy seguro de su decisión.

SOLDADO – Esa puerta no se va a mover un milímetro mientras yo esté al cargo de ella.

Las voces se intensificaron a sus espaldas. Guillermo estaba al borde de un ataque de nervios, y Guille empezó a gimotear, asustado. Se produjeron los primeros disparos, que abatieron a al menos una docena de infectados. Con ello tan solo ganaron un poco de tiempo, cuando los que les seguían tropezaron con sus cadáveres. No obstante, la marea humana no parecía tener intención de frenar su avance, por más que aquellos asustados soldados les disparasen con todo su arsenal.

GUILLERMO – ¡Abre, por lo que más quieras!

SOLDADO – Aléjese de la puerta. Haga el favor.

Los disparos y los gritos asustados se hacían cada vez más insoportables. Guillermo apartó a su hijo tras de sí y respiró hondo. En menos de un minuto los infectados alcanzarían la valla, y para entonces ya sería tarde. El investigador biomédico se abalanzó contra el soldado, tratando de hacerse con su arma. Ambos forcejearon durante unos segundos, pero la pésima forma física de Guillermo enseguida se hizo latente. Guille gritó, suplicándole al soldado que no hiciese daño a su padre. Pese a su corta edad, éste parecía haber recibido una buena instrucción, pues enseguida consiguió reducir a Guillermo. Le golpeó la nuca con el cañón de su subfusil y le dio una patada en las costillas, alejándolo de sí. Guillermo, con una mueca de dolor en el rostro y un hilillo de sangre manando de su cuero cabelludo, se dirigió al irritado soldado.

GUILLERMO – No van a poder con tantos. ¡Nos van a matar a todos! ¡Déjanos salir! ¡Te lo suplico!

SOLDADO – ¡Échese a un lado!

Guillermo negó con la cabeza. Echó un vistazo a Guille, y el corazón se le rompió en mil pedazos al leer en su rostro la expresión del más puro pánico.

GUILLERMO – Tengo el coche ahí fuera. Está muy cerca. Puedes venir con nosotros, si quieres. Los infectados no pueden igualar la velocidad de un coche. Lo he comprobado. ¡Nos podemos salvar los tres! ¡Aún estamos a tiempo!

SOLDADO – Usted ha perdido la cabeza.

Ambos se giraron al escuchar el estruendo que produjo una gigantesca porción de valla al caer a plomo al suelo, tras el primer embiste, tal como si hubiera estado hecha de papel. Los gritos desesperados de los refugiados y el estridente sonido de cientos de disparos lo llenaron todo. Fue entonces cuando Guillermo comprendió que ya no había tiempo para huir; estaban abocados a una muerte segura.

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comentarios
  1. angela dice:

    Gracias David, por fin!! excelente capitulo.

  2. Drock9999 dice:

    David, subiste el siguiente capitulo con su nombre, pero la narracion es la misma del anterior XD

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