3×1137 – Mordiscos

Publicado: 14/04/2018 en Al otro lado de la vida

1137

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

1 de octubre de 2008

 

Guille abandonó toda resistencia prácticamente antes de empezar. Curiosamente, esa era la reacción de gran parte de las víctimas de los infectados: gente que no estaba preparada ni física ni psicológicamente para hacer frente a un problema de tal calibre, que quedaba a merced de sus verdugos poco antes de unirse a ellos en busca de nuevas víctimas. Ver semejante explosión de violencia a su alrededor había hecho que su joven cerebro colapsase de puro estrés. El caos se había vuelto absoluto ahí dentro en cuestión de segundos.

Tras la caída de la primera porción de valla, y habida cuenta que ese no era bajo ningún concepto el mejor lugar por el que abandonar el ya nada seguro campamento, los refugiados que no se encontraban en primera fila, héroes que habían dado su vida por los demás aún sin tener la más remota intención, habían corrido hacia el portón de acceso donde se encontraban padre e hijo discutiendo con el soldado. La estampida de infectados venía tras ellos. Unos pocos tuvieron la suerte de meterse a toda prisa en algunos de los pequeños habitáculos prefabricados con paredes metálicas, cerrando a toda prisa tras de sí. El resto se limitó a huir hacia el mismo lugar por el que habían entrado al recinto, ignorantes de la suerte que correrían. El fuego de las armas retumbaba por doquier, y quienes las portaban pronto dejaron de distinguir entre infectados y refugiados, disparando a todo el que se moviese, con el único propósito de sobrevivir, aunque fuese a costa de la vida de cien inocentes.

Se trataba de un hombre alto y fornido, con una mirada de loco acentuada por aquellos ojos inyectados en sangre. Le faltaba un pedazo de mejilla, y desde el agujero, por el que se escapaba una saliva espumosa, se podían ver sus dientes y parte de su lengua. De entre todos los refugiados que corrían como pollos sin cabeza de un lado para otro intentando en vano salvar la vida, por alguna extraña razón, le escogió a él.

Guille sintió la necesidad de pedir ayuda a su padre, pero éste estaba forcejeando con otros dos infectados, intentando salvar su propia vida. Aquél hombre se abalanzó sobre él y le agarró con fuerza del cuello. El pequeño notó que le faltaba el aire, y sujetó al infectado del antebrazo, mientras notaba cómo se les entrecerraban los ojos. El grito que profirió al recibir aquél profundo mordisco bajo la muñeca hizo que incluso el infectado le soltase por un momento. Guillermo se quitó a la infectada que tenía encima de un fuerte manotazo al escuchar el grito, dejándole un par de dientes bailando. Ella trastabilló e hizo caer de espaldas al otro de aquellos seres que intentaba dar caza a Guillermo.

El investigador biomédico se levantó y corrió hacia su hijo, que acababa de perder el conocimiento, incapaz de soportar tal nivel de estrés. Agarró del tobillo al infectado, que pretendía seguir donde lo había dejado, y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. Éste cayó de bruces al suelo. El fuerte golpe en la cabeza le dejó aturdido unos segundos. Guillermo no necesitó más: agarró a su hijo, tal como lo hacía cuando era un bebé, aún con las evidentes dificultades que añadía su sobrepeso, y miró en derredor. Los infectados corrían de un lado para otro. Había mucha sangre por todos lados, y los gritos, tanto de personas sanas como de infectados, resultaban ensordecedores. Pero algo había cambiado sustancialmente: el portón de acceso estaba abierto de par en par.

El mismo soldado que le había negado la apertura, había acabado abriéndolo, con la poco noble intención de salir de ahí por piernas. Ahora descansaba boca arriba en el suelo a escasos metros de la puerta, con la mirada perdida en el cielo y el estómago, del que media docena de infectados se alimentaba, abierto. El investigador biomédico corrió hacia ahí. Poco antes de cruzar el umbral vio su arma en el suelo. Se vio tentado a cogerla. Sin embargo, para eso debería haber soltado a su hijo, y eso era algo que no entraba en sus planes. Pasó de largo.

Tan pronto salió, se encontró de frente con unos veinte infectados. No había manera humana de esquivarlos, y varios de ellos se interesaron por él y por su hijo, de modo que Guillermo se limitó a ignorarlos. Corrió en línea recta hacia el coche que había aparcado a unos cincuenta metros de ahí, haciendo caso omiso a la presencia de los infectados. Para su sorpresa, el primero se apartó, antes de recibir su embiste. Al segundo consiguió placarlo, y cayó rondando al suelo. El tercero, una mujer joven, se mantuvo inmóvil como una estaca. Guillermo intentó placarla también, pero lo único que consiguió al chocar contra ella fue que Guille se le escurriese de las manos, al tiempo que ambos caía de bruces al suelo.

La infectada se abalanzó hacia Guille, dispuesta a brindarle otro mordisco. Su padre consiguió levantarse justo a tiempo de evitarlo. La agarró de la camiseta y se la desgarró, dejándola desnuda de cintura para arriba: no llevaba sujetador, y lucía un piercing en el pezón izquierdo. La infectada, molesta por la intromisión del investigador biomédico, dio un salto hacia él y le hizo caer de espaldas al suelo, colocándose a horcajadas sobre él.

Guillermo se dio un fuerte golpe en la nuca. Mareado y dolorido, intentó mantener la cara de la infectada a cierta distancia de su piel, para evitar un mordisco que podría resultar fatal. Milagrosamente, aún no se había infectado. Forcejearon durante unos segundos, pero Guillermo enseguida se quedó sin fuerzas. Esa joven era mucho más fuerte que él. Consciente que había llegado su fin, Guillermo notó cómo la boca de la infectada se acercaba cada vez más y más a su cuello, a su yugular. En el último momento, justo antes de recibir aquél mordisco mortal de necesidad, la cabeza de la infectada estalló en mil pedazos, salpicando sangre y esquirlas de cráneo por doquier.

El investigador biomédico, que había cerrado los ojos justo a tiempo, los volvió a abrir y se limpió la sangre de la cara con el antebrazo. Miró a su izquierda y vio a la persona que le había salvado la vida: No se trataba de un soldado, sino de un refugiado más, un chico de unos quince años que sostenía el subfusil que él mismo había dejado atrás segundos antes.

GUILLERMO – ¡Gracias!

Aquella alma caritativa le quitó importancia a su acto con un gesto de la mano que tenía libre y corrió colina abajo, zigzagueando entre los infectados, disparando a alguno de vez en cuando. Guillermo, consciente que un golpe de suerte de esa envergadura no se repetiría, volvió a levantar a Guille del suelo y corrió hacia su Audi. Por fortuna, en esta ocasión no se encontró con ningún infectado más interesado en ellos por el camino. La mayoría habían entrado al campamento, y el resto se estaba alimentando con los muchos refugiados y soldados que ya habían caído. No obstante, aún había muchos por los alrededores, y unos cuantos repararon en él y procedieron a darle caza.

Sangrando, magullado, dolorido y aún algo mareado por el golpe en la nuca, tras haber dejado a Guille en el asiento del copiloto con el cinturón firmemente aferrado al pecho, Guillermo arrancó el motor del coche, mientras media docena de infectados golpeaban los cristales, manchándolos con la sangre fresca de sus manos, amenazando con romperlos de un momento a otro.

El investigador biomédico metió la primera marcha, con las manos temblando, y apretó el pedal del acelerador de tal manera que incluso temió partirlo en dos. El coche patinó unos instantes en el suelo, levantando una nube de tierra y polvo que obligó a los infectados que golpeaban el coche desde atrás a hacerse a un lado, antes de conseguir tracción y salir a toda velocidad.

Uno de los infectados se había quedado sobre el capó, y vociferaba las habituales incongruencias de aquellos seres. Se trataba de una niña de origen sudamericano de la edad de Guille. Quizá incluso más pequeña. Durante un instante Guillermo sintió compasión por ella, pero tal sentimiento fue extremadamente fugaz. Echó un vistazo al asiento del copiloto. Guille seguía inconsciente: cualquiera hubiera podido jurar que estaba muerto, pero sus jadeos entrecortados delataban lo contrario. Acto seguido echó un vistazo por el retrovisor y comprobó que los infectados que había dejado atrás ya estaban a más de ciento cincuenta metros de él, por más que le seguían a buen ritmo. Entonces frenó en seco el coche, haciendo que la pequeña infectada saliera disparada hacia delante, rodando aparatosamente por el suelo mientras profería un grito de sorpresa. No tuvo ocasión siquiera de inmovilizar el coche, cuando apretó de nuevo el acelerador con todas sus fuerzas.

GUILLERMO – ¡Muérete, hija de la gran puta!

Una sonrisa histérica se dibujó en sus labios al notar cómo el coche se agitaba violentamente al pasar con las dos ruedas izquierdas por encima de la pequeña.

Un minuto más tarde, consciente de que lo peor ya había pasado, pero también consciente de que su hijo había resultado infectado, y que si no hacía nada por evitarlo, se habría convertido en una de aquellas bestias en cuestión de horas, Guillermo tomó una decisión suicida. Respiró hondo y accionó el intermitente izquierdo, al tiempo que dirigía el coche hacia el desvío más cercano, que le llevaría hacia el incendio, hacia el mismo lugar del que provenían todos aquellos infectados; de vuelta a Sheol.

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comentarios
  1. angela dice:

    Gracias David, excelente capitulo, 😱

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