3×1138 – Arena

Publicado: 17/04/2018 en Al otro lado de la vida

XXIV. HÉCTOR

Segundas partes nunca fueron buenas

1138

 

Playa junto al puerto deportivo de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Héctor despertó sobresaltado, tomando una gran bocanada de aire que le provocó una arcada. La cabeza le daba vueltas. Estaba tumbado sobre su costado en una de las playas de aquella maldita isla a la que jamás debía haber acudido. Tenía la cara llena de arena, y sentía un intenso sabor a mar en la boca y un desagradable cosquilleo en su mano derecha. Todavía algo aturdido, intentó infructuosamente rascarse la palma de la mano con los dedos.

Aún algo mareado y con bastante dificultad, entreabrió los ojos. Una rápida inspección ocular le reveló algo que le heló la sangre: donde debía estar su mano derecha y su antebrazo, no había nada. Junto con él, había desaparecido el tatuaje de la cobra real que éste lucía, del que tan solo había conservado la punta de la cola, a la altura del codo. Su lugar, no obstante, lo ocupaba la cabeza de una infectada que, arrodillada sobre la arena, lamía su herida: un corte limpio que prácticamente había dejado de sangrar. Héctor no comprendía nada.

Ya no llovía, y por la posición del sol en el cielo aquella apacible mañana de otoño, todo apuntaba a pensar que no hacía mucho que había amanecido. En un cielo azul sin mácula vio la luna casi llena, que se despedía para volver la noche siguiente. Tragó saliva mezclada con un poco de arena y notó de nuevo aquél desagradable sabor salado en la boca. La infectada seguía lamiendo su herida, y pronto Héctor comprendió el motivo. Se trataba de una anciana, que a juzgar por su aspecto debía tener más de ochenta años. Carecía de dientes; debía haber perdido la dentadura postiza en alguno de sus primeros ataques después de resultar infectada. Si no le mordía era sencillamente porque no podía. Ya lo había intentado.

Aprovechando que aún no había despertado la atención de la infectada, miró en derredor sin mover la cabeza. No dio crédito a lo que le revelaban sus ojos recién resucitados. Sobre la arena y flotando en el agua, atraídos hacia la costa por la marea, había cientos de pedazos de aquél yate en el que sus hasta hacía tan poco compañeros de viaje habían intentado huir de la isla. Asimismo, cientos e incluso miles de pedazos de carne medio chamuscada eran atraídos por el incesante oleaje hacia la costa, a la que se habían acercado al menos dos docenas de infectados, que se alimentaban de la carne fresca con más que evidente deleite. Por fortuna, él no despertaba más atención que todos aquellos pedazos de carne sanguinolenta que había por doquier.

Héctor respiró hondo. Se incorporó un poco y ello hizo que la infectada, que hasta el momento tan atareada había estado bebiendo su sangre, se pusiera en estado de alerta. El ex presidiario intentó incorporarse, pero aún estaba demasiado débil, y no pudo evitar caer de espaldas cuando ésta se abalanzó sobre él y comenzó a mordisquearle el cuello con las encías desnudas, manchándole de saliva. Incluso sin su brazo derecho y aún algo indispuesto, pues hacía un minuto aún estaba muerto, no tuvo demasiadas dificultades para partirle el cuello, en un movimiento rápido y certero. No era la primera vez que lo hacía.

La infectada, ya muerta, cayó a plomo sobre su pecho, cual saco de patatas. Héctor, boca arriba en la arena, se llevó la mano al hombro, esforzándose en vano por limpiarse toda aquella saliva. Una tímida sonrisa se dibujó en su rostro. Fue entonces cuando se dio cuenta: era precisamente la saliva de aquella octogenaria la que le había devuelto la vida, pues de lo que no cabía la menor duda era que él había muerto la noche anterior a bordo del yate.

No le hizo falta siquiera levantar la camiseta que llevaba puesta para entender que había recibido muchas más puñaladas después de muerto, gentileza de los mismos individuos a los que el había salvado la vida en la prisión de Kéle, devolviéndoles la libertad de la que el estado de derecho les había privado. Ésta lucía muchos más agujeros de los que hubiese deseado. Al contrario de lo que él mismo hubiese podido prever, lo que sintió no fue rabia si no una increíble paz interior. Resultaba evidente que quienes le traicionaron habían corrido incluso peor suerte que él. Al fin y al cabo, si seguía vivo y de una sola pieza, a excepción de la porción de brazo que había perdido fruto de la explosión, mientras su cadáver era mecido por las olas, era gracias a ellos. La ironía le hizo esbozar otra sonrisa nerviosa.

Al pretender matarle a sangre fría, lo que habían hecho era darle una última oportunidad con la que ellos ya no podrían siquiera soñar jamás. Aquella paz le duró muy poco, tan pronto se preguntó cómo había ocurrido todo aquello.  No le cabía la menor duda de quién había perpetrado tal atrocidad. Le hirvió de nuevo la sangre, al darse cuenta que había vuelto a caer en la trampa de aquél pequeño grupo de supervivientes que tantas veces se la habían jugado, los mismos que habían acabado a sangre fría con la vida de Ángel, su único y mejor amigo. Héctor aún tenía muchas cuentas pendientes con ellos, pero no podría saldarlas si no abandonaba la playa cuanto antes.

Al intentar incorporarse de nuevo se llevó la mano izquierda al lateral del cuerpo, esforzándose por atesorar la fuerza suficiente para tenerse en pie. Notó algo duro y frunció ligeramente el ceño. Metió su única mano en el bolsillo y extrajo de él un pequeño vial con un extraño líquido violeta en su interior. Recordaba perfectamente cómo había llegado eso hasta ahí. Apretó los dientes con fuerza y volvió a guardarlo donde estaba. Conservarlo le recordaría cuál debía de ser su principal objetivo en adelante: acabar con todos y cada uno de ellos.

Finalmente consiguió levantarse, aún débil y extremadamente pálido, pues había perdido una cantidad de sangre incompatible a todas luces con la supervivencia. Por fortuna, el virus que ahora recorría hasta el último centímetro de su cuerpo se encargaría de restaurarla en tiempo récord, y devolverle en cuestión de horas la fuerza de la que había hecho gala antes de fallecer.

Caminó tambaleante hacia el paseo marítimo, sin dar crédito al hecho que los demás infectados no parecían en absoluto interesados en darle caza. Pensó que quizá fuese su caminar errático, el modo cómo arrastraba los pies, o tal vez el hecho que estuviese manchado de sangre. La realidad tenía mucho menos atractivo: si no intentaban atraparle, era sencillamente porque tenían demasiada hambre, y sobre la arena había mucha más comida que en su cuerpo mutilado y de color enfermizo.

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comentarios
  1. Fran dice:

    Bueno, bueno, bueno…
    Ya hemos encontrado a Héctor. Ahora sólo falta ver como se lo cargan ya de una vez por todas!!!
    Eso sí, seguro que nos esperan una serie de atrocidades por su parte antes de que eso ocurra.

    Saludos

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