3×1139 – Invencible

Publicado: 21/04/2018 en Al otro lado de la vida

1139

 

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

15 de noviembre de 2008

 

Héctor no daba crédito a lo que le decían sus ojos. Volvió a introducir la hoja del bisturí en la carne viva de su brazo amputado, pero no notó prácticamente nada; poco más que un ligero cosquilleo. Estaba a mitad de camino  entre el desconcierto y la euforia. Creía encontrarse atrapado en un sueño, pero ni siquiera podía pellizcarse para corroborarlo, pues a duras penas lo habría notado.

Recuperar la vida después de haber asumido que la abandonaría para siempre le había resultado extremadamente satisfactorio. No en vano, aún recordaba la sensación de impotencia de sus últimos segundos de vida, a bordo del yate. Tener que pagar por ello con su brazo derecho y todas aquellas cicatrices, no era tanto de su gusto. De cualquier modo, se alegraba de lo que les había ocurrido a sus anteriores compañeros de prisión. No podría ser él quien se vengara por lo que le habían hecho, pero todos habían recibido su justo merecido, a juzgar por cuanto encontró en la playa al despertar de su efímero fallecimiento. Y encontró otra ventaja digna de mención: los autores de tal matanza también le darían a él por muerto, por lo que jugaba con el factor sorpresa para poder darles su merecido llegado el momento. Pero para eso aún era pronto.

Consciente que en su estado no duraría mucho por las calles de Nefesh, por más que el astro rey mantuviera a raya a la mayoría de los infectados y que los más próximos se encontraban en la playa dándose un festín, decidió buscar un lugar seguro en el que recuperarse. En cualquier caso, en el estado en el que se encontraba, pronto serviría de postre a alguno de ellos si no hacía algo por evitarlo. Su primera idea fue la de volver al hotel, pero enseguida recordó que eso ya no era una opción viable: a esas alturas tan solo debía quedar un esqueleto chamuscado donde antaño se había erguido aquél fortín que le había servido de refugio desde su llegada a la isla. La decisión de haberle prendido fuego ahora le resultaba un inconveniente mayúsculo, pero no se arrepentía de ella. De lo único que se arrepentía era de no estar ahí para ver la cara de aquél hombre tan gordo y aquella mujer de rubio pelo corto al descubrirlo.

Tan pronto llegó al paseo marítimo estudió los altos apartamentos para veraneantes que ahí se erguían. Se podría meter en cualquiera de ellos sin demasiados problemas, pero así lo único que haría sería ganar algo de tiempo. Tiempo en el que no tendría con qué curar sus heridas ni nada que llevarse al estómago. Convencido de que lo que necesitaba era recuperar su pretérito estado físico para poder estar en forma para su venganza final, concluyó que lo más inteligente sería dirigirse al hospital, donde poder curar sus cuantiosas heridas con el equipamiento necesario y sin visitas indeseadas. Ahí es donde se encontraba en esos momentos, ignorante de que la medicina moderna no podría darle nada que el virus que recorría su cuerpo no le hubiese regalado ya.

El camino hasta ahí no había sido en absoluto fácil. Se demoró más de cuatro horas, en las que tuvo serios problemas en más de media docena de ocasiones. Buena cuenta de ello la daban los numerosos arañazos y mordiscos que lucía en brazos y cuello, que hasta hacía unos minutos habían estado sangrando con mayor o menor profusión. Pero ni eso parecía preocuparle. Consciente que era gracias a ello que había recuperado la vida, ahora ya no tenía ningún miedo a resultar infectado: era obvio que ya lo estaba. Lo que no resultaba tan evidente era por qué no se había convertido en una de aquellas bestias en el proceso. No obstante, encontrar respuestas a esas preguntas tampoco era su prioridad en esos momentos. Seguía con vida y se encontraba en plena forma: eso era cuando necesitaba saber por el momento.

El acceso al hospital con un solo brazo tampoco había sido fácil. Por fortuna, éste estaba en un enclave aparentemente poco atractivo para los infectados. Hacía más de cinco minutos que no veía uno cuando llegó. Tuvo que rodearlo por completo dos veces hasta que encontró un punto por el que poder acceder, y aún así, tuvo serios problemas para escalar lo suficiente para colarse por aquél ventanuco. De lo que estaba convencido, era que un infectado jamás podría hacer lo que él acababa de hacer. Eran demasiado estúpidos. Fue precisamente en ese momento, forzando al máximo su brazo amputado, cuando se dio cuenta que apenas tenía sensibilidad, y que no sentía nada vagamente parecido al dolor.

Ahora se encontraba encerrado en una especie de quirófano que había encontrado vagando por la primera planta. Llevaba ahí más de dos horas atendiendo a sus numerosas heridas, con la más que evidente dificultad añadida de disponer de un único brazo y del hecho de ser su propio paciente. Había cosido todos y cada uno de los apuñalamientos de su pecho y su estómago, que más bien parecía un colador diseñado por un loco, con más de un centenar de puntos, y sin necesidad alguna de anestesia. Le sorprendía el hecho que no es que fuese insensible. Sí notaba cómo la aguja entraba y salía de su piel, pero más como una ligera caricia que como un pinchazo. Le costaría mucho acostumbrarse.

Con el trabajo acabado, se encontró con el dilema de qué hacer con su brazo amputado. Lo había desinfectado a conciencia, quizá incluso en exceso, pero no era capaz de encontrar el modo de coserlo. La piel no era tan flexible. Por fortuna, el corte había sido excepcionalmente limpio, y confió en que vendándolo sería suficiente. Así lo hizo, al igual que había hecho con sus demás heridas, y una vez concluida tan ardua tarea, se descubrió con una amplia sonrisa en la boca. Se sintió invencible, convencido que ahora ya nadie podría hacerle frente, que era prácticamente inmortal.

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