3×1140 – Ezequiel

Publicado: 24/04/2018 en Al otro lado de la vida

1140

Hospital Qinah, ciudad de Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Un ruido en la planta baja despertó a Héctor de una pesadilla bastante recurrente en la que un millar de infectados le descuartizaban sin clemencia. Se incorporó rápidamente, con las sientes perladas por sudor y aún algo aturdido. Aguzó el oído y esperó pacientemente unos segundos, pero aquél sonido no se repitió. No obstante, él estaba convencido que había oído un disparo.

Llevaba más de una semana encerrado en el hospital, sin encontrar el momento de abandonarlo de una vez por todas. Durante ese período de tiempo sus heridas habían evolucionado muy favorablemente: muchas de ellas ya estaban perfectamente cicatrizadas e incluso se había tomado la libertad de quitarse los puntos. Otras, sin embargo, mucho más profundas, aún requerían constantes cuidados, lo cual le resultaba excepcionalmente tedioso. Ahí dentro había dado con una fuente ilimitada de agua, pero a excepción de eso, a duras penas había encontrado unas pocas bolsitas de bollería industrial, algunas golosinas y media docena de refrescos azucarados que echarse a la boca. Desde su resucitación había perdido mucho peso debido a su paupérrima alimentación. El poco pelo que tenía estaba grasiento y tenía la barba descuidada y llena de migajas. Olfateó su axila y tuvo que apartarse, después de haberse ofendido a sí mismo.

Tenso ante la perspectiva de recibir la visita de los verdugos de sus verdugos, a sabiendas que estaban mucho mejor preparados que él, se puso en pie. Durante un momento se vio tentado a esconderse, consciente que aún no estaba preparado para hacerles frente. Respiró hondo y escuchó el eco de unas voces. La curiosidad fue mucho mayor que su recelo y tomó la decisión de bajar. Llevaba ya demasiado tiempo postergando el momento de abandonar definitivamente el hospital, y esa excusa parecía tan buena como cualquier otra.

Bajó las escaleras de dos en dos, intentando mantener el equilibrio pero aún con dificultades para acostumbrarse a la ausencia de su miembro. Pese a que no se había vuelto a repetir ningún disparo, resultaba evidente que ya no estaba solo en el hospital. Siguió el ruido de los ecos de aquellas voces que sonaban cada vez más cercanas. Camuflada entre las habituales incongruencias de los infectados se escuchaba una voz femenina que intentaba, en vano, razonar con ellos. No tardó mucho en llegar al lugar del que provenía el sonido.

Cruzó la última esquina de aquél pasillo laberíntico y vio a una infectada tumbada boca arriba bajo el umbral de una puerta abierta, con un agujero de bala en la sien del que manaba una sangre tan oscura que parecía negra. Se acercó a toda prisa y echó un vistazo al interior de aquella sala, lugar del que provenían las voces. Junto al tobillo de la infectada descansaba una pistola semiautomática, sin duda la autora del disparo que le había desperado de su siesta. Delante de ella, dos infectados le daban la espalda. Ambos caminaban sin prisa pero sin pausa hacia el final de la sala en busca de una mujer bajita de piel y pelo oscuros a la que él no había visto en su vida.

Héctor no comprendía cómo había podido llegar esa mujer hasta ahí, y mucho menos los infectados. Hasta el momento, el hospital había sido una fortaleza tanto o más eficaz para mantenerlos a raya que el propio hotel, con muralla y todo. Resultaba evidente que la mujer conocía un lugar por el que acceder al hospital, lugar por el que, presumiblemente sin querer, había dejado entrar a los infectados. No en vano, había estado trabajando en él hasta que la infección se apoderó de la isla, y conocía hasta el último centímetro como la palma de su mano.

Abril estaba acorralada en una larga habitación cuyo único acceso era la puerta por la que había entrado. Tenía a lado y lado docenas de estanterías con infinidad de medicamentos y equipamiento médico sin estrenar, que arrojaba ansiosamente hacia los infectados que pretendían darle caza en un vano intento por persuadirles de que cejaran en su empeño. El ex presidiario esbozó una sonrisa. Por un momento se vio tentado a ver cómo se desarrollaba la escena, deleitándose con la muerte de la aquella mujer a manos de los infectados, pero tuvo una revelación. Si ella tenía un arma y hasta ahora había conservado la vida, seguramente vendría de un lugar en el que habría comida, o incluso mejor: más armas y municiones. Sacó el bisturí que llevaba en el pantalón y actuó instintivamente.

HÉCTOR – ¡Eh!

Uno de los infectados se giró; el otro siguió caminando en dirección a Abril, que se le quedó mirando a él, aún aterrorizada, pero con un brillo de esperanza en los ojos. Prácticamente sin esfuerzo, Héctor rebanó la yugular del infectado cuando éste llegó a su altura, haciendo una finta en el último momento para evitar su embestida. Se llevó un buen golpe en el muñón, pero mantuvo el tipo. El infectado, sin embargo, cayó a plomo al suelo, sujetándose el cuello con ambas manos, entre las que salía sangre a chorro, como en una fuente. No se levantaría de ahí con vida. El otro estaba a punto de alcanzar a Abril. El ex presidiario gritó de nuevo para llamar su atención, pero el infectado ni siquiera se inmutó. Eso le enfureció. Caminó hacia él al trote, esquivando todo lo que Abril había dejado desperdigado por el suelo, y justo en el último momento, cuando estaba a punto de alcanzar a Abril, que se había hecho un ovillo en el suelo, le rebanó el cuello por delante, con un ágil movimiento de muñeca.

Abril tuvo que taparse la cara con ambos brazos para evitar que la sangre le salpicase, al tiempo que gritaba, horrorizada ante tan dantesca perspectiva. El infectado se giró hacia Héctor, y éste aprovechó para clavarle el bisturí en la sien derecha, acabando definitivamente con su vida. En menos de un minuto, lo había dejado todo perdido de sangre. Pero al menos, ahora ya no había peligro alguno.

La médico apartó los brazos de delante de sus ojos y observó la escena. Aquél hombre, que había salido de la nada, acababa de salvarle la vida.

ABRIL – Joder. Creía que no lo contaba. ¡Madre de Dios!

Héctor le ofreció su única mano, para ayudarla a levantarse. Ella la miró, aún en un más que evidente estado de shock. La aceptó y se puso en pie con su ayuda. Las piernas aún le temblaban del miedo. Tragó saliva, y esbozó una sonrisa.

ABRIL – Gra… Gracias. Muchas gracias. Yo me llamo Abril.

HÉCTOR – Yo soy Héc… He… Ezequiel. Me llamo Ezequiel.

Abril frunció ligeramente el ceño, pero enseguida recuperó el semblante afable. Se acercó aún más a él, le plantó un beso por mejilla y le abrazó con fuerza. Héctor quedó quieto como una estaca, sin saber cómo reaccionar.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, ahora ya sabemos como se conoció Hector con Abril, me imagino que ahora planeara tranquilamente como acabar con los demás.

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