3×1142 – Vano

Publicado: 01/05/2018 en Al otro lado de la vida

1142

Alrededores de la mansión de Nemesio, isla Nefesh

25 de noviembre de 2008

 

Héctor observaba la imponente mansión a través de la ventanilla, con el mentón ligeramente levantado. No daba crédito a cómo alguien había decidido erigir una vivienda de esa envergadura en un lugar tan recóndito y mal comunicado con la ciudad. Sin duda, debía tratarse de una familia adinerada y especialmente huraña. La médico estaba visiblemente nerviosa y resultaba evidente que tenía mucha prisa por encontrarse con su paciente, lo cual resultaba un engorro para Héctor. Abrió su puerta y le hizo un gesto con la mano, instándole a salir del coche.

ABRIL – Ven, ven.

El ex presidiario cerró con un fuerte portazo la puerta del vehículo al salir y acompañó de mala gana a la médico hacia aquella pequeña puerta de servicio, maravillado por la caída de agua que provocaba todo aquél ruido, preguntándose por qué no entraban por al puerta principal. La siguió por varios pasadizos, iluminados pobremente por ventanas firmemente tapiadas con maderos y puertas abiertas, hasta que llegaron al vestíbulo de entrada, ridículamente ostentoso. Entonces cayó en la cuenta de por qué no habían entrado por la puerta principal; por ahí no habrían podido entrar ni cien infectados golpeándola y empujándola al mismo tiempo. Esa vivienda estaba muy bien protegida ante la pandemia que asolaba el planeta, por más que no lo necesitaba.

La acompañó escaleras arriba, y de nuevo por un par de pasillos aún más oscuros, hasta que vio cómo se plantaba frente a una puerta cerrada. Héctor se quedó a una distancia prudencial de ella, y tanteó el bolsillo para comprobar que el bisturí seguía ahí.

ABRIL – ¿Hola?

La médico tragó saliva, respiró hondo, y giró del pomo de la puerta, atrayéndola hacia sí. Tan pronto tuvo ocasión de ver lo que había al otro lado, chistó con la lengua, contrariada, agitando la cabeza de lado a lado.

ABRIL – Tenía que haberlo imaginado…

Héctor se acercó un poco más, sin soltar el bisturí, curioso por el destino de aquella otra mujer de la que tanto había hablado Abril durante el trayecto a la mansión.

Al echar un vistazo a través de la puerta abierta descubrió un dormitorio bastante grande, por el que parecía haber pasado un pequeño huracán. Las cortinas descansaban hechas un bulto informe en el suelo, y una de las barras de madera estaba partida por la mitad. Había ropa de cama tirada por todos lados, varios armarios y cajones estaban abiertos y las paredes lucían manchas irregulares de sangre, algunas de las cuales recordaban la forma de una mano humana. Lo que más le llamó la atención fue la ventana: estaba rota de un modo muy extraño, y entre los cristales partidos se podían ver más manchas de sangre seca.

Abril respiró hondo y soltó el aire lentamente, en medio de la habitación, de espaldas a Héctor. Había llegado tarde. De todos modos, tampoco hubiera podido hacer nada por ayudarla, de modo que haber estado ausente durante su muerte, resucitación y posterior huida, en el fondo había sido un golpe de suerte. Se puso a hablar atropelladamente, más consigo misma que con Héctor, lamentando su demora, intentando justificar que había hecho todo lo que estaba en su mano, e imaginando que a esas alturas aquella mujer podía estar en cualquier lugar del bosque, y que con toda seguridad no volverían a saber de ella. Pero Héctor ya no la escuchaba. Decidió que ya había tenido bastante: había obtenido de ella más de lo que podría haber soñado. Ya no la necesitaba. Sacó el bisturí del bolsillo, mientras la médico no paraba de hablar, ajena a sus intenciones.

Héctor dio un paso en su dirección, ocultando el bisturí en la palma cerrada de su mano, dispuesto a rebanarle el cuello ahí mismo, sin darle siquiera ocasión a defenderse. Tenía mucha curiosidad por saber cuánto podría encontrar ahí, y Abril no era más que un estorbo. Durante el trayecto hacia la mansión había fantaseado con la idea de violarla antes de acabar con su vida, pero aún tenía demasiado reciente el incidente con Marion, y prefirió no arriesgarse, pues ahora jugaba aún con menos ventaja, al carecer de un brazo. Además, no se sentía nada excitado ni atraído por la médico: no era su tipo.

Estaba tan solo a un paso de ella, con el bisturí en alto, cuando se sobresaltó al escucharla gritar.

ABRIL – ¡Eh!

La médico se giró hacia Héctor, que tuvo el tiempo justo de esconder el bisturí en su mano. De no haber estado infectado, habría gritado de dolor al notar aquél pequeño corte en la palma.

ABRIL – Tengo que hacer una llamada.

Abril sorteó ágilmente al ex presidiario y salió de la habitación. Él giró levemente la cabeza, contrariado. La médico se dirigió a Héctor, desde el pasillo, y le invitó a acompañarle.

ABRIL – Tengo a unos amigos, en… a las afueras de la ciudad. Les prometí que les llamaría en cuanto llegase. No quiero que se preocupen.

Aún siendo consciente que la probabilidad de que aquellos amigos de los que ella hablaba fueran los mismos que habían intentado hacerle volar por los aires era muy baja, Héctor prefirió no dejar pasar esa oportunidad. En un hábil gesto, girando el cuerpo cuarenta y cinco grados haciendo ver que observaba uno de los viejos cuadros de caza de la pared, se volvió a guardar el bisturí en el bolsillo. Por el momento no lo necesitaría.

Siguió a la médico hasta el final del pasillo, hasta dar con otro dormitorio, aún más grande, en el que había instalado algo parecido a una estación de radio para aficionados. Se sorprendió al ver cómo la médico la ponía en funcionamiento.

ABRIL – ¿Zoe?

MAYA – No. Soy yo, Maya.

Por fortuna, Abril le estaba dando la espalda y no vio la expresión perpleja de su cara. De lo contrario, habría tenido severos problemas para justificarla. Héctor se esforzó por serenarse, a medida que escuchaba hablar a las dos mujeres. Si estaba en lo cierto, la joven con la que la médico estaba hablando era aquella chica que, según la versión del difunto Gerardo, lucía un mordisco en la pierna, y Abril hablaba de aquella niña pelirroja que habían capturado para luego perder en el desafortunado incidente de la granada.

A medida que la conversación avanzaba, la médico intentó involucrarle a él presentándoselo a su joven amiga. Él rehusó torpemente tal ofrecimiento, despertando las sospechas de la médico. Por fortuna, la conversación fue bastante corta. Una vez acabada, Abril se dirigió de nuevo a él.

ABRIL – No tenías pinta de ser tan tímido en el hospital.

Héctor alzó los hombros. La médico se levantó del taburete y se acercó a él, le agarró del antebrazo y le hizo un gesto con la cabeza.

ABRIL – Va, vamos a comer algo, que debes estar muerto de hambre.

Abril estaba en lo cierto. El ex presidiario asintió, y siguió de nuevo a Abril por los pasillos y las escaleras en dirección a la cocina, mientras reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir. Eso lo volvía todo mucho más fácil. Héctor se sentía pletórico; no daba crédito a la suerte que había tenido de encontrar fortuitamente a Abril. Disponía de la oportunidad perfecta para llevar a cabo su ansiada venganza, contando con el factor sorpresa. Aquella mujer le sería de mucha más utilidad de la que había pensado: por el momento, le perdonaría la vida.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, ya me quedo claro que Hector planeo muy bien la venganza, ahora mi pregunta es que paso con Zoe? ella no se fue con Barbara y no esta en la casa con Abril…

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