3×1145 – Aliados

Publicado: 12/05/2018 en Al otro lado de la vida

1145

 

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

20 de enero de 2009

 

Héctor respiró hondo. Echó de nuevo un vistazo al reloj que pendía de la pared: pasaban veinte minutos de la hora acostumbrada. Chistó con la lengua y salió del dormitorio de Abril arrastrando los pies, con la intención de ir a desayunar.

Pese a que había estado esperándolo, el ex presidiario no pudo evitar dar un respingo tan pronto aquél estridente sonido hizo acto de presencia, cuando él se encontraba a punto de comenzar a bajar las escaleras. Se apresuró a desandar sus pasos, entró a toda prisa en la habitación y abrió la comunicación, acallando de ese modo el ruido. No quería que éste llamase la atención de Abril, por más que sabía que ella no sería capaz de escucharlo desde el establo, donde estaba dando de comer a los animales y tratando de curar la herida infectada en una las patas del potrillo.

JUANJO – ¿Hola?

HÉCTOR – ¿Juanjo?

JUANJO – Sí. Soy yo.

HÉCTOR – ¡Hombre! Ya pensé que hoy no me llamabas.

JUANJO – Es que… Ha habido mucho jaleo por aquí esta mañana. Y… ya sabes que no me gusta andar merodeando mientras todavía hay gente de por medio. Pero tenía que hablar contigo. Tengo una noticia… ¡No te lo vas a creer!

HÉCTOR – ¿El qué, qué pasa?

Desde su primer contacto, había pasado más de un mes hasta que volvieron a hablar, y fue de nuevo algo fortuito. Héctor había aprovechado una de las recurrentes ausencias matutinas de Abril para llamar de nuevo. Sus ansias de venganza le estaban minando la moral, y necesitaba sentir que hacía algo, pues ya llevaba demasiado tiempo metafóricamente de brazos cruzados. Él sabía a ciencia cierta que los habitantes del ático en el que habían instalado la estación de radio no acostumbraban a estar presentes a esa hora de la mañana. Abril se lo había hecho saber en uno de sus interminables monólogos, y él pensó que no perdería nada por probar suerte. Para su sorpresa y deleite, fue Juanjo el que respondió.

La fortuna quiso que esa mañana todos los habitantes de Bayit se encontrasen en el extremo más alejado del barrio amurallado, lejos del radio de acción de la señal acústica. Ahí estaban todos a excepción de Josete e Ío, que se encargaban de los bebés. El uno a duras penas entendía qué era ese ruido y no le dio importancia, y la otra sencillamente no lo escuchó, al ser sorda. En esos momentos Juanjo se encontraban en la calle corta, dispuesto a saquear por enésima vez las provisiones que guardaban, con excesivo poco celo, en el centro de ocio. Había visto cómo todos se dirigían al solar, y no había podido evitar aprovechar la oportunidad. Sin embargo, al ver que pasaban los minutos y el ruido no cesaba, la curiosidad fue más fuerte y acabó subiendo al ático, lo que permitió que ambos se pusieran en contacto por segunda vez.

Esa conversación, a diferencia de la primera, duró casi una hora. Juanjo necesitaba con urgencia alguien con quien hablar para desfogarse. Desde la llegada de Fernando al grupo cada vez se había ido distanciando más de todos, y a esas alturas a duras penas hablaba con nadie. Estaba muy frustrado por haber quedado al margen, como un apestado. Había aprendido a odiar a los habitantes de Bayit casi tanto como Héctor, y encontrar alguien con quien poder hablar al respecto le resultó muy gratificante. Más gratificante le resultó a Héctor contar con un infiltrado en la casa del enemigo, al que, si sabía dirigir adecuadamente, podría acudir para que le ayudase a llevar a término su ansiada venganza.

Para su sorpresa, fue el propio Juanjo el que propuso mantener conversaciones más regulares, aprovechando las horas de la mañana en las que sabía que el ático estaría desocupado. Al fin y al cabo, el bloque de pisos prácticamente tan solo lo utilizaban para ir a dormir. El ex presidiario aceptó de buena gana su propuesta y desde entonces, rara era la mañana que Juanjo no le llamaba y pasaban al menos quince minutos charlando. Tan solo ocurrió en una ocasión que quien contestó a su llamada fue Abril, tras una noche en la que se había ido a dormir tardísimo y no madrugó tanto como de costumbre. Juanjo se limitó a cortar la comunicación y ella se volvió a acostar, pues estaba demasiado agotada.

JUANJO – Estás de suerte. He escuchado que vas a recibir visita.

A Héctor le dio un vuelco el corazón.

HÉCTOR – ¿Cómo?

JUANJO – Sí. Escuché que lo comentaban ayer por la noche. Se ve que quieren ir a visitar a Abril. ¿Y a que no sabes a quién no han invitado?

Héctor frunció el ceño, demasiado superado por la noticia.

HÉCTOR – No les hagas ni caso, Juanjo. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, te lo garantizo.

JUANJO – No, si… ya me da igual. Como si se los quieren merendar un montón de infectados por el camino. Que les jodan.

HÉCTOR – ¿Y cuándo dices que van a venir?

JUANJO – No lo sé… Mañana o pasado. Estaban discutiéndolo. Todavía no creo que hayan tenido tiempo de decírselo ni a Abril. Lo que sí que sé es quién va ir. Irán todos menos estos dos últimos que llegaron con el barco. Olga y… el niño este… sí… ¿cómo se llamaba?

HÉCTOR – Sí. Los dos hermanos.

JUANJO – Sí… sí. Estuvieron discutiendo un rato, porque el niño quería ir, pero al final quedaron en que no. Alguien tenía que quedarse con los bebés. Y conmigo, desde luego, que no cuenten.

Héctor tragó saliva. El corazón le latía con fuerza. Esa era la oportunidad que tanto había esperado. Debía jugar bien sus cartas.

HÉCTOR – Pues no te pienses que me hace mucha gracia a mí, que vengan aquí a mi casa a dar por saco, la verdad…

El ex presidiario trató de poner en orden las mil y una ideas que le rondaban la cabeza. No podía dejarse ver en la mansión, y desaparecer fortuitamente de nuevo, sería demasiado sospechoso. Una idea le vino a la mente. Por fortuna, había forjado la suficiente confianza con el banquero para hablar sin tapujos, y decidió tirarse a la piscina.

HÉCTOR – Oye, ¿por qué no hacemos una cosa?

JUANJO – ¿El qué?

HÉCTOR – ¿Qué te parece si te voy a hacer una visita yo a ti, aprovechando que toda esa gente va a estar fuera?

Los tres segundos que tardó Juanjo en contestar se le asemejaron horas, y temió haber sido demasiado atrevido, demasiado directo.

JUANJO – Ah, mira. Genial. Me parece bien. Ya tengo ganas de conocerte. Además… será un buen momento, para que no anden preguntando.

A Héctor se le dibujó una enorme sonrisa en la cara.

HÉCTOR – Sólo que… no les digas nada a ellos, ¿vale?

El ex presidiario era consciente que estaba andando en la cuerda floja, pero al mismo tiempo sabía que jamás volvería a tener otra oportunidad como esa.

HÉCTOR – ¿Podrás hacerlo?

JUANJO – ¿Que si podré hacerlo? Me molestaría más que me pidieras que lo hiciera. Esto es cosa mía… Es cosa nuestra. Yo puedo invitar aquí a quien me dé la gana, Ezequiel. Faltaría más.

HÉCTOR – ¿Te encargarás tú de abrirme cuando llegue con el coche? Es que… no quiero estar ahí fuera mucho tiempo esperando. Es por los infectados… ¿sabes?

JUANJO – Ah… sí. Claro. No hay problema. Joder. ¡Faltaría más!

Héctor se apresuró a dirigir la conversación en otra dirección. Ahora que había conseguido lo que quería, no tenía intención de jugársela. En adelante, tenía mucho trabajo para urdir su plan maestro.

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comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, ahora empezó el plan para malograr todo.

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