3×1146 – Preparados

Publicado: 20/05/2018 en Al otro lado de la vida

1146

 

Mansión de Nemesio, isla Nefesh

22 de enero de 2009

 

HÉCTOR – ¿Estás totalmente seguro?

JUANJO – Que te digo que sí. Les he visto irse con mis propios ojos. Han salido con la furgoneta aquella, hará… una media hora como mucho.

HÉCTOR – ¿¡Media hora!?

JUANJO – Te hubiera llamado antes, pero… no quería levantar sospechas, y… no me he atrevido a acercarme hasta ahora. Al final no se han quedado los hermanos.

HÉCTOR – ¿Cómo que no?

JUANJO – No. No sé a cuento de qué, pero ellos también se han ido. ¡Si se han llevado hasta al perro!

HÉCTOR – ¿Y entonces quién se ha quedado con los niños?

JUANJO – Se ha quedado Marion, la morena, la de las tetas.

HÉCTOR – Sí, sí. Sé quién es.

JUANJO – Y la cría esa sorda, la que es tan rubia.

Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de Héctor. Esas eran las mejores noticias que podía recibir.

Había pasado al menos dos horas frente a la puerta del dormitorio de Abril esa mañana, esperando ansiosamente la llamada que creyó que no llegaría nunca. Ella estaba trabajando duro en la cocina, preparando un banquete de proporciones épicas para sus invitados. Había hablado con ellos la noche anterior, y aguardaba su llegada para pasado el mediodía. Cuando finalmente sonó, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. La paró a toda prisa, pese a que con toda la ropa que había echado encima para sofocar el sonido, Abril no habría podido escucharla jamás desde la planta baja.

Su intención desde el principio era la de infiltrarse en el barrio sin ser visto, e ir matándolos uno a uno tan pronto volvieran, saboreando la venganza. Gustavo y su hermana serían un estorbo a ese respecto, y debían ser los primeros en morir. Si tal como Juanjo decía, finalmente habían cedido su puesto a aquellas dos chicas, eso aceleraría mucho más su plan de venganza. En su perversa mente, ambas merecían pasar a mejor vida con el mayor sufrimiento imaginable: no en vano habían ultrajado su honor.

HÉCTOR – Eso es lo de menos.

JUANJO – Ya…

HÉCTOR – Bueno, pues… si ellos ya se han ido, mejor será que vaya tirando, para que no me los acabe teniendo que encontrar cuando salga.

JUANJO – Sí… claro.

HÉCTOR – ¿Estarás pendiente de la entrada del colegio, para abrirme cuando llegue?

JUANJO – En eso habíamos quedado. ¿Cuánto crees que vas a tardar?

HÉCTOR – No conozco muy bien el camino, pero… de noche no se le me hace. Eso seguro.

Una vez más, Héctor mentía. Sí conocía bien el camino. Había estudiado el mapa de Nefesh hasta la extenuación las últimas semanas, analizando mil y una rutas para llegar a Bayit

JUANJO – Tú no te preocupes por eso. Y tampoco te preocupes si tardas un poco, que la isla está llena de esas cosas. Tómate tu tiempo.

HÉCTOR – Vale. Pues… quedamos así. Nos vemos luego.

JUANJO – Hasta ahora.

Héctor cortó la comunicación. Respiró hondo. Había llegado el momento. Volvió a colocar el taburete en su sitio, dejó la pila de ropa usada sobre la silla de la que la había quitado y salió del dormitorio. Estaba muy tenso, pero simultáneamente seguro de sí mismo y esperanzado. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento, y ahora se sentía más vivo que nunca.

Bajó las escaleras, dispuesto a abandonar a quien había sido su única compañía, amén de médico y cocinera, desde su resurrección. Pensó en matarla a ella también, para no dejar cabos sueltos, pero ello no haría si no poner en alerta a sus enemigos. Asumió que también lo haría su reiterada ausencia, pero contra eso no podía hacer nada. Si había conseguido pasar desapercibido hasta el momento, haría todo lo que estuviera en su mano por conservar esa ventaja: ella viviría. Al menos por ahora.

HÉCTOR – Voy a salir un momento.

Abril se sobresaltó al escucharle. No le había visto entrar en la cocina. Sonrió. Llevaba toda la mañana trabajando a fondo en la cocina.

La noticia de la repentina visita de los habitantes de Bayit la había cogido por sorpresa, pues ella misma pretendía invitarles, tras aceptar la fortuita sugerencia de Héctor. No había pasado ni una hora, y ella recibió una llamada en la que ellos proponían literalmente lo mismo. Lamentablemente, lo interpretó como una curiosa coincidencia, y no le dio mayor importancia. Él encontró ese hecho especialmente divertido.

ABRIL – ¿Qué vas, a por leña?

HÉCTOR – Sí.

Héctor esbozó una sonrisa. Abril puso los ojos en blanco.

ABRIL – ¿Intentas tomarme el pelo?

El ex presidiario rió abiertamente.

HÉCTOR – Que no. Que nos estamos quedando sin. Además, voy a ir aquí al lado.

ABRIL – Parece que estés esperando que recibamos visita para acordarte que nos falta leña, chico.

HÉCTOR – Mera coincidencia. Esta vez volveré antes que lleguen. Te doy mi palabra.

ABRIL – Haz lo que quieras, ya eres mayorcito. De todas maneras… aún tardarán un montón en llegar. ¿Luego podrías ayudarme con esto? Es que voy un poco mal de tiempo.

HÉCTOR – Sí. Claro. Cuenta con ello.

ABRIL – Ve con cuidado, ¿vale?

Héctor asintió, y sintió un extraño nudo en el estómago.

HÉCTOR – Adiós, Abril.

Ella estaba muy atareada con lo que tenía entre manos, y le despidió con un gesto de la cabeza, sin siquiera dirigirle la mirada.

Héctor salió de la cocina. Sabía que tenía tiempo de sobras, pero no quería desperdiciar ni un segundo.

Se dirigió a toda prisa hacia el establo y fue directo hacia el armario amarillo del fondo. Cargó todas las garrafas de gasolina que guardaban en la pickup a excepción de las dos que estaban vacías. Acto seguido levantó uno de los sacos de semillas que había junto a los útiles de labranza, y dejó al descubierto un machete, un par de afiladísimos bisturís y un cuchillo de deshuesar que parecía sacado de una película de miedo de serie B. No había sido capaz de averiguar dónde guardaba Abril sus armas, y no había tenido presencia de ánimo para buscarlas en su, por miedo a echar al traste la confianza que ella había depositado en él. Estaba convencido que no necesitaría nada más, y siempre podía robar las armas de los cuerpos sin vida de quienes fuese eliminando. No sería la primera vez que lo hacía.

Arrancó el vehículo y salió de las inmediaciones de la mansión, sin dejar de mirar atrás, temeroso de alertar a Abril. Salió de ahí a toda velocidad, consciente que debía ser muy precavido. No se dirigió a la ciudad, sino que tomó el camino opuesto. Daría un rodeo con el que garantizaría no cruzarse con sus enemigos. Lo tenía todo pensado. En adelante, nada podía salir mal.

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