3×1147 – Palabra

Publicado: 22/05/2018 en Al otro lado de la vida

1147

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

 

Juanjo echó el enésimo vistazo a través de los barrotes que protegían la ventana del despacho del profesor de gimnasia. Allá fuera todo seguía en rigurosa calma, bañado por la tenue luz que se filtraba a través de las nubes que cubrían el cielo a esa hora de la tarde. La ventana no cerraba del todo bien y el banquero se estaba empezando a poner nervioso al escuchar aquél irritante silbido que entraba por las rendijas, fruto del viento que reinaba en el frío exterior. Le echó otro sorbo al café templado que tenía en el termo y cogió la revista de cotilleos que había apoyado sobre su regazo. Cómo había llegado eso al cajón del escritorio era todo un enigma para él, pero al menos le había mantenido distraído las más de tres horas que llevaba ahí esperando. Ir pasando página tras página con la certeza que toda aquella gente famosa y adinerada estaba muerta le hacía sentir algo mejor.

Una pequeña distorsión en su visión perimetral le obligó a mirar de nuevo a través de la ventana. Fue entonces cuando le vio. Un hombre de unos treinta años, al que le faltaba un brazo, observaba con el mentón levantado la parte alta de la verja del colegio, preguntándose por dónde entrar al recinto. Pese a que no había rastro del vehículo que le había traído hasta ahí, Juanjo supo perfectamente de quién se trataba. Dejó la revista sobre la mesa, comprobó que su arma, cargada, estaba a mano en el bolsillo trasero de su pantalón, y fue a recibirle.

El ex presidiario vio acercarse a un hombre bajito, algo gordo y medio calvo y no pudo evitar arrugar la nariz. Trató de cambiar el rictus de su rostro a medida que se aproximaba, algo tenso por lo que vendría a continuación. Sabía que los habitantes de Bayit poseían armas de fuego, y no quería tener ningún disgusto, y menos después de haber llegado tan lejos. No podía matarle y seguir con su plan hasta que le permitiese acceder al barrio, o al menos hasta que aquél portón no hiciera de barrera entre ambos: él sólo poseía armas blancas. Finalmente Juanjo llegó hasta donde él se encontraba, al otro lado del portón. Para su disgusto, paró a un par de metros de él, fuera del alcance de su mano.

JUANJO – Tú debes de ser Héctor, ¿verdad?

El ex presidiario se quedó de piedra. Eso era lo último que hubiera esperado escuchar. Su corazón empezó a latir a toda velocidad, temiendo que le hubieran tendido una trampa. Miró en derredor, en busca de cualquier movimiento que delatase que los demás habitantes de Bayit estaban esperando el momento adecuado para acribillarle a balazos. Pero ahí fuera sólo estaban ellos dos. Juanjo, con sólo ver la expresión de su cara, tuvo la certeza de que sus suposiciones eran ciertas.

JUANJO – No, no. Estate tranquilo. Estamos en el mismo barco. No tienes de qué preocuparte.

Héctor frunció el entrecejo. Llegó incluso a dudar que aquél hombre fuese el mismo con el que había hablado esa mañana. Parecía otro, a todas luces, pero la voz era la misma.

JUANJO – A ver cómo te lo explico… Paris me lo contó todo. Varias veces. Demasiadas veces. Con demasiados detalles. A veces borracho, a veces sobrio… Sé lo que le pasó a tu gente. Y… lo lamento… ciertamente. También sé que nunca encontraron tu cadáver. Cuando me dijiste que habías perdido un brazo, me pareció una coincidencia… divertida. Justo el mismo brazo que aquél hombre que querían cargarse, justo a la altura del codo… ¿Sabes qué? El hijo de puta del gordo lo guardó como un trofeo, en su casa… Hasta que empezó a pudrirse. No sé qué ha hecho con él, pero ya no lo tiene.

El ex presidiario escuchaba atónico pero con atención lo que aquél hombre tenía que decirle, aún sin saber muy bien cómo reaccionar. Juanjo se mantenía a una distancia prudencial, y estaba más que dispuesto a echar mano de su pistola al primer movimiento en falso. No obstante, tenía las ideas muy claras. Hasta el momento, todo parecía estar saliendo a pedir de boca.

JUANJO – Tenía mis sospechas, pero cuando me propusiste venir, que te abriese, y que no les dijese nada a ellos… No me cupo la menor duda. Mira, pongamos las cosas claras, no voy a irme con ambages. Aquí hay mucha gente, y yo solo no puedo con todos. Los recursos con los que contamos… son limitados, y hay demasiadas bocas que alimentar. Esto no es sostenible, ni a largo ni a medio plazo. Más pronto que tarde, todo lo que tenemos en la despensa se va a acabar, y yo… espero no estar aquí para verlo. Aquí es donde entras tú en juego.

Juanjo respiró hondo. Se llevó la mano a la parte trasera de la cintura y le mostró a Héctor la pistola automática que llevaba. El ex presidiario dio un paso atrás, con una expresión muy seria en el rostro.

JUANJO – No, no, no, no, no. No te confundas. No te quiero hacer daño. Joder, al contrario. ¡Te necesito! Ambos nos necesitamos mutuamente, Héctor. Tú me necesitas para entrar aquí, para poder cargarte a la morena que mató a tu amigo y a la rubia que te tomó el pelo. ¿Me equivoco?

Héctor carraspeó un poco antes de que le acudiera la voz.

HÉCTOR – No. No te equivocas.

JUANJO – Bien. Bien, bien. A mi esta gente… no me cae bien. No te voy a decir nada que tú no sepas. Por algunos… me sabe peor que por otros, pero… lo siento mucho. Ésta es la ley del más fuerte. Aquí o comes… o se te comen. Y yo no me quiero dejar comer, y… ellos me dan dado la espalda. Todos. Por mi, se pueden ir al infierno. Mi propuesta es la siguiente: Yo te abro, y me voy a mi casa. Yo no te he abierto. Yo no te he visto. Tú haces lo que tengas que hacer, tranquilamente. Lo único que te pido, es que me dejes al margen de todo. Como si no nos hubiéramos visto nunca. Ellos tienen un barco, y sé dónde lo guardan. Yo llevo ya un tiempo estudiando libros de navegación, y estoy preparado para llevarlo. Llegado el momento, cuando ya… hayas acabado tu trabajo, te puedes venir conmigo, o… te quedas aquí con la mitad del botín, que ya te adelanto, que no es precisamente poco. Eres libre de hacer lo que te venga en gana. Y… para que veas que voy en serio, te entrego esto en señal de buena voluntad. Estoy convencido de que eres un tipo de palabra.

Juanjo le entregó la pistola a Héctor. Él la asió, y comprobó que estaba cargada, y que las balas no eran de fogueo. Aún no era capaz de dar crédito a lo que estaba pasando. Se vio tentado a usarla para acabar con Juanjo, pero enseguida desechó esa idea. Y no fue únicamente por miedo a alertar a Marion con el sonido de la detonación. Lo que hizo fue metérsela por el pantalón, por debajo del ombligo. Miró de nuevo a su autodenominado aliado.

JUANJO – ¿Qué me dices, hay trato?

El banquero alzó su mano derecha, y la colocó entre los barrotes. Tan pronto se dio cuenta de su error, la cambió por la izquierda. Héctor tardó unos segundos en reaccionar, segundos que a Juanjo se le antojaron eternos. Lo había apostado todo a una carta, consciente que si la cosa salía bien, no tendría de qué volver a preocuparse jamás. Sin embargo, si algo salía mal, cualquier cosa, probablemente no viviría para contarlo.

HÉCTOR – Tienes mi palabra, Juanjo. No te arrepentirás.

Héctor alzó su única mano y estrechó la de Juanjo. El banquero hizo una mueca al notar cómo el ex presidiario se la estrujaba con una fuerza excesiva, e intentó imitarle, sin demasiado éxito: él no estaba en muy buena forma. Por fortuna, el estrechón no duró mucho.

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comentarios
  1. Mora dice:

    Ese traidor , cobarde de Juanjo.

  2. Angela dice:

    maldito par de futuros zombies!!

  3. Josetxu dice:

    Esto de lo que paso con los bebes ha reducido considerablemente el acervo genético de la isla.
    Resucitar a este ha sido un giro que no me esperaba.
    un saludo

  4. Drock9999 dice:

    Finalmente me he puesto al dia. 😭 Ahora vuelvo a quedar en vilo. Los niños, Marion, Io…..

    D-Rock.

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