3×1148 – Efecto

Publicado: 09/06/2018 en Al otro lado de la vida

1148

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

El olor a metal y grasa de motor retrotrajo a Héctor a un momento recóndito de su pasado, mucho antes de cometer su primer crimen, cuando era tan solo un matón de patio de instituto que ya no podía contar las expulsiones con los dedos de ambas manos. Juanjo se giró hacia él, desde la persiana del taller. Estaba excepcionalmente serio, muy metido en su papel de aliado del mal.

JUANJO – Parece que está todo en regla. Tienen que estar en el centro de día las dos. A los críos no los sacan casi nunca de ahí, más que para dar algún paseo cuando no hace tanto frío, pero… muy de vez en cuando. Hay demasiados. Lo más seguro es que… se hayan traído la comida y no se muevan de ahí en todo el día. No hay nadie más para cuidar de ellos.

Héctor asintió con la cabeza. Estaba impaciente por deshacerse del banquero y poder dar rienda suelta a todo cuanto había soñado desde su inesperada resucitación.

JUANJO – Mira, ven.

El ex presidiario acompañó a Juanjo y ambos salieron a la calle corta. Todo estaba tranquilo ahí. Héctor observó con curiosidad aquella especie de muralla medieval almenada que cortaba la calle a ambos lados. El banquero señaló hacia uno de los extremos de la calle.

JUANJO – Puedes llegar por la trastienda de la copistería que hay ahí en la esquina. Hicieron un agujero en la pared y desde ahí se puede entrar. Con tal que no hagas mucho ruido… las puedes pillar a las dos por sorpresa. La rubia ni se va a enterar.

Héctor asintió de nuevo.

JUANJO – Yo me voy a mi casa. Espérate a que cierre la puerta del parking antes de ir para ahí, ¿vale?

El ex presidiario volvió a asentir, cada vez más impaciente. Juanjo se despidió de él con un gesto de la cabeza y comenzó a dirigirse hacia la puerta del parking.

HÉCTOR – Espera.

Héctor sacó la pistola de su entrepierna y apuntó con ella a Juanjo. Éste abrió los ojos como platos. Miró alternativamente el arma y a quien la empuñaba, convencido que había cometido un error, y que su vida acababa ahí y en ese momento. No había escapatoria. Entonces Héctor le dio media vuelta a la pistola y se la ofreció, sujetándola por el cañón.

HÉCTOR – Puedes quedarte con esto. No lo voy a necesitar.

Juanjo miró la pistola y miró de nuevo a su aliado, contrariado. Se acercó a él con paso dubitativo.

JUANJO – ¿Estás seguro?

Héctor había tenido ocasión de imaginar una y mil maneras de acabar con aquellas dos mujerzuelas durante el trayecto hacia Bayit, y ninguna de ellas implicaba un arma de fuego. Sabía que su sentimiento de victoria no sería completo si no las mataba con sus propias manos, con un arma blanca. Lo contrario sería de cobardes.

HÉCTOR – Sí.

JUANJO – Bueno… Como quieras.

Juanjo cogió la pistola y se la guardó.

JUANJO – Hasta luego. Suerte.

Héctor despidió al banquero y éste caminó a paso más ligero que antes de vuelta a la persiana del parking subterráneo, tras la que desapareció enseguida. El ex presidiario dejó pasar unos segundos después que el sonido de la persiana impactando contra el suelo diese paso de nuevo al silencio, y acto seguido se dirigió hacia la copistería. Una amplia sonrisa surcaba su rostro mancillado por aquella fea cicatriz.

Llegar hasta la sala donde descansaban los bebés fue extremadamente sencillo. Ahí reinaba una temperatura muy distinta a la de la fría calle de la que venía, mucho más agradable, aunque olía a rancio. Se plantó bajo el umbral de la puerta abierta de par en par.

Ella estaba de espaldas a él y sostenía un bebé en sus brazos, al que le estaba dando un biberón. Resultaba evidente que le había escuchado llegar, pero por algún extraño motivo no se giró. Él sostenía en su única mano un cuchillo de deshuesar que parecía sacado de una película de miedo de serie B. Miró en todas direcciones, pero no pudo ver a Ío.

MARION – ¿Qué se te ha olvidado ya? Oye… ¿Sabes qué? He estado pensando y… creo que voy a llamar a Carlos. A estas horas… ya deben haber llegado. De hecho… me extraña que no nos hayan llamado, ya. Pero bueno… Yo… es que… No… No paro de pensar en la discusión que tuvimos antes. Quizá… fui demasiado dura con él. No sé… estoy muy sensible estos días, y… no es con él con quien tengo que pagarlo, y… me sabe mal. Me ha quedado mal cuerpo, ¿sabes? Por lo menos, me gustaría que pudiéramos hablar… un ratillo. ¿Tú…? ¿Tú podías quedarte aquí un momento, en lo que subo al ático? Será… nada, cinco minutos como mucho. Te prometo que no tardo más. Pero… así me quedaré más tranquila.

Marion colocó al bebé con delicadeza sobre la cuna vacía que tenía delante.

MARION – ¿Me estás oyendo?

Héctor frunció el entrecejo al escuchar a la hija del difunto presentador soltar una sonora carcajada. Ella creía que quien había bajo el umbral de la puerta era Ío, y como la adolescente era sorda, que había estado hablando en vano todo ese tiempo.

MARION – ¡Pero qué idiota soy! ¿Cómo me vas a oír?

Fue entonces cuando finalmente se giró. La sonrisa que había en su rostro se quedó congelada en un rictus de pánico. Héctor le tomó el relevo a ese respecto, aunque su sonrisa fue mucho más acusada.

El biberón vacío que Marion sostenía entre los dedos se le resbaló y cayó estruendosamente al suelo, estallando en mil pedazos, haciendo salpicar leche y cristal por todo el suelo. El ruido alertó a dos de los bebés que estaban más activos, que no dudaron en comenzar a llorar. Marion también lo hizo: un gran lagrimón surcó su mejilla al tiempo que sus dientes comenzaban a castañear de puro pánico. Héctor dio un paso al frente. Ahí comenzaba su tan ansiada venganza.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, excelente, ahora me he quedado con mas ganas de seguir leyendo.

  2. Fran dice:

    Qué ganas tengo de que se lo carguen ya, pero definitivamente… madre mía lo que debe estar por venir…

  3. battysco dice:

    Hola a todo el mundo, por aquí sigo, pendiente de más capis.

    Está la historia muy interesante.

    Sonia.

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