3×1149 – Desapercibida

Publicado: 23/06/2018 en Al otro lado de la vida

1149

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

22 de enero de 2009

 

Ío caminaba arrastrando los pies por el interior de la lúgubre copistería. Hacía unos minutos que había abandonado el centro de día con la intención de echar una siesta para poder aguantar en pie el turno de noche al cuidado de los bebés, pero le había resultado imposible. Estaba demasiado nerviosa e inquieta a causa de su recién estrenada madurez sexual, y pronto asumió que no podría pegar ojo, al menos no hasta estar mucho más cansada. Volvió con la idea de proponerle a Marion invertir el pacto que habían acordado poco antes. Su sordera le impidió escuchar cuanto estaba ocurriendo al otro lado de la pared. Por fortuna, el llanto de los bebés había amortiguado el sonido de sus pisadas.

La joven del pelo plateado se quedó de piedra bajo el umbral de la puerta, incapaz de dar crédito a lo que le mostraban sus ojos verdes. Marion dio el último paso atrás, hasta chocar contra la dura y fría pared del extremo opuesto de la sala. Pese a que estaba de espaldas, Ío no tuvo ningún problema en reconocer a quien la había obligado a retroceder mientras pisoteaba los pedazos rotos del biberón: se trataba de Héctor. Ella jamás olvidaría al hombre que le había arrebatado la virginidad por la fuerza, el que la había secuestrado durante semanas, obligándola a vivir encerrada como un perro y le había engañado haciéndole alimentarse de carne humana. Pero eso no albergaba ningún sentido: ese hombre debía estar muerto, hecho pedazos, pasto para los infectados. Tragó saliva, agarrotada por el miedo.

Antes que tuviera ocasión siquiera de reaccionar, Héctor se abalanzó hacia Marion, que no tuvo escapatoria. La hija del difunto presentador suplicaba clemencia al ex presidiario, con los ojos velados por las lágrimas: no le serviría de nada. Ío no pudo evitar soltar un grito ahogado, que enseguida se apresuró a amortiguar con su mano mutilada, al ver cómo el ex presidiario alzaba aquél enorme cuchillo de deshuesar. Héctor aplastó contra la pared a su víctima, empujándole el pecho con el muñón de su brazo amputado al tiempo que hundía el filo del cuchillo en el lateral de su cuello, del que enseguida comenzó a brotar sangre como si de un manantial se tratase. Afortunadamente, Ío no pudo escuchar el sonido gorgoteante de la garganta de Marion cuando Héctor rodeó todo su cuello con el filo del arma blanca. Ella trató inútilmente de cortar la hemorragia llevándose las manos al cuello. Su mirada se cruzó por un instante con la de Ío, al tiempo que la vida abandonaba definitivamente su cuerpo, que enseguida cayó a plomo al suelo.

Los ojos de Ío también se velaron por las lágrimas. El miedo amenazaba con paralizar sus músculos, dejándola ahí plantada para ser la próxima víctima del ex presidiario. Aún en medio del coro de llantos de los bebés, que se había intensificado en solidaridad a los gritos de auxilio y clemencia de Marion, la joven del pelo plateado acabó sacando suficiente presencia de ánimo para dar media vuelta y volver por donde había venido. Salió a toda prisa del centro de día, por el mismo agujero en la pared por el que había entrado no hacía ni un minuto, y corrió hasta llegar a la calle corta. Frenó en seco en mitad de la calzada, sin saber hacia dónde dirigirse a continuación.

Por fortuna, Ío no tuvo ocasión de presenciar cómo, embriagado por el sentimiento de éxito y hastiado de escuchar el estridente sonido del llanto de los bebés, Héctor hundía el filo del cuchillo, aún goteando sangre de su pretérita víctima, en el blando y rechoncho cuerpecito de uno de los bebés que lloraba con más fuerza. Éste no fue más que el primero, lamentablemente. El ex presidiario estaba demasiado cegado por la ira, y prosiguió con su bochornoso espectáculo de violencia gratuita, arrebatando la vida a uno tras otro, en un intento desesperado por hacer el mayor daño posible a quienes tantas veces habían vilipendiado su honor, hasta que acabó encontrándose a solas en la sala, acompañado tan solo por un buen puñado de cadáveres, con manchas de sangre por doquier. Demasiadas manchas de sangre.

Respirando agitadamente por la boca, aún con una sonrisa de loco en la cara, se acercó al cadáver de Marion. No fue hasta entonces que cayó en la cuenta que había pasado por alto a la pequeña del pelo plateado. Miró en derredor instintivamente en su busca, evidentemente sin éxito. Entonces concluyó que no debía perder más tiempo. Ese no era más que el primer paso de su plan maléfico.

Agarró el cadáver de Marion por las axilas, manchándose aún más de sangre, y lo arrastró hasta que ocupó el mero centro de la sala, rodeada de las cunas con todos aquellos pequeños cadáveres. Se limpió la mano en el pantalón y sacó del bolsillo algo que había estado acompañándole desde el día de su resucitación. Dejó el vial, lleno de aquél milagroso líquido violeta, sobre el pecho de la hija del difunto presentador, entre sus senos y el ombligo. Incluso con el lamentable aspecto que ofrecía muerta, sintió un cierto arrepentimiento por no haberla violado antes de acabar con ella.

Miró en derredor hasta encontrar una pequeña libreta sobre la que descansaba un bolígrafo. Arrancó una de las hojas vacías, tras pasar un buen puñado en el que pudo distinguir un sinfín de horarios de cuidado de los bebés, con los nombres de todos sus enemigos escritos una y otra vez junto a franjas horarias. Cogió el bolígrafo y escribió lo siguiente, con la mejor caligrafía que pudo, dada su escasa formación: “Os lo devuelvo. Creo que ya no me va a hacer falta”. Ahí concluía la segunda fase de su plan de venganza. Aún debía encontrar a Ío y acabar con ella, pero antes tenía que hacer un pequeño alto en el camino.

Asqueado por todo cuanto se había manchado con la sangre de Marion y la de los bebés, salió de nuevo a la calle corta, algo desorientado, y se dirigió al bloque de pisos donde sabía que vivían sus enemigos. Subió las escaleras sin prisa pero sin pausa, dispuesto a destrozar la estación de radio. Encontrar la puerta del ático cerrada no le supuso ningún problema. Si había conseguido llegar hasta ahí, una simple puerta no iba a ser un obstáculo: debía dejar inutilizada la radio para evitar que nadie pudiese hacer uso de ella para pedir ayuda, y eso fue lo que hizo tras abrir la puerta por la fuerza.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Sublime! 👏👏👏

  2. Angela dice:

    Excelente!!!

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