3×1150 – Ensimismamiento

Publicado: 14/07/2018 en Al otro lado de la vida

1150

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Bárbara respiró hondo. Todavía temblando de pies a cabeza se acercó al instalador de aires acondicionados. Carlos se había sentado en la butaca, con los codos apoyados en las rodillas; el arma cargada apuntando al suelo. Tenía la mirada perdida y rezongaba en una voz tan baja que Bárbara era incapaz de comprender sus palabras. Aquél característico sabor salado en su boca le retrotrajo al doloroso trance que precedió al fallecimiento de Beatriz, unos meses atrás. Él estaba convencido que no estaba en condiciones volver a pasar por eso una vez más.

BÁRBARA – Carlos.

Las lágrimas que emergían de sus ojos recorrían sus ya húmedas mejillas e impactaban contra el frío y sucio suelo, mezclándose con la miríada de pequeños charcos de leche que había desperdigados por doquier. Hizo caso omiso a la llamada de atención de la profesora, que a duras penas escuchó. El olor metálico de la sangre resultaba abrumador en una sala tan abarrotada y caliente.

CARLOS – No… No pude pedirle perdón. No debí dejar que ella…

Carlos comenzó a sollozar de nuevo. El descubrimiento de la muerte de Marion le había afectado muy gravemente y pese a ser consciente del peligro que corrían, la asunción de tan pésima noticia había acabado imponiéndose a su instinto de supervivencia. Por fortuna, Bárbara y él hacían un buen equipo a ese respecto. La profesora, consciente que debía tomar la iniciativa cuanto antes, se colocó frente a él y trató de llamarle la atención de nuevo. Le abofetearía si era necesario, pero debían salir de ahí cuanto antes.

BÁRBARA – Carlos… ¡Carlos!

Finalmente, el instalador de aires acondicionados salió de su ensimismamiento. Sus miradas se cruzaron. Ambos leyeron con meridiana claridad el miedo y la pena en los ojos. En esos momentos, sólo se tenían el uno al otro, y debían reaccionar cuanto antes, si no querían correr la misma suerte que Marion y los bebés.

BÁRBARA – Tenemos que salir de aquí.

Carlos suspiró de nuevo, agotado psicológicamente.

CARLOS – ¿Quién… quién ha podido hacer… esto? Por el amor de Dios… Los bebés no podían siquiera… No lo entiendo…

BÁRBARA – ¿Es que no has leído la nota? Ha sido Héctor.

El instalador de aires acondicionados frunció el entrecejo, contrariado. Estaba tan afectado por los recientes acontecimientos que apenas había prestado atención a la nota ni al vial, y mucho menos había tenido ocasión de madurar quién había podido ser el autor de semejante atrocidad. Su mente se negó a aceptar las palabras de Bárbara.

CARLOS – ¿Héctor? Pero… Pero… pero si Héctor está muerto. Lo mató Paris.

BÁRBARA – Quien quiera que haya hecho… esto, ha dejado una nota, junto a un vial idéntico al que le dimos a Héctor cuando… cuando rescatamos a Zoe del hotel. Es el mismo, Carlos. El mismo.

Carlos se disponía a rebatir a la profesora, pero en hasta tres ocasiones se quedó con la palabra en la boca, incapaz de decir nada inteligente. Aunque le costase admitirlo, lo que decía tenía bastante sentido.

CARLOS – Pero… no puede ser. Lo mataron. Si Paris hasta se trajo su brazo, con el tatuaje, ¿no te acuerdas?

BÁRBARA – Pues estará manco, yo qué sé. Además, nunca encontraron el cuerpo.

CARLOS – No encontraron el cuerpo de nadie, Bárbara. La explosión los dejó hechos papilla.

BÁRBARA – Vale. Entonces… ¿Quién ha sido?

Bárbara frunció el ceño al ver a Carlos levantarse de un brinco. El cambio tan brusco de actitud sorprendió a la profesora, que se hizo a un lado.

CARLOS – ¡Claro! Es él. Ha sido él desde el principio, joder. ¡Ezequiel es Héctor!

Bárbara se quedó sin habla. Varias piezas encajaron en su cabeza. Su sentido común rechazaba de pleno la idea de Carlos, pero la evidencia hablaba por sí misma.

CARLOS – Abril le encontró poco después de la explosión del barco, y nosotros nunca nos hemos cruzado con él. Nunca. Siempre coincidía que… desaparecía a la que nosotros nos acercábamos. Y… joder, tú misma lo has dicho. Le falta un brazo. ¡El mismo puto brazo, Bárbara! ¡No se cómo hemos podido estar tan ciegos!

BÁRBARA – Estamos realmente jodidos.

CARLOS – ¡Tenemos que volver con los demás! Pero ya. Tenemos que avisarles, antes de que… Puede que esté ya de camino. ¡No! Vamos a avisarles por la radio. Quizá aún estemos a tiempo, antes de que llegue. Ven, ¡corre!

Carlos agarró a Bárbara del antebrazo, estrujando la mullida chaqueta de plumas que llevaba puesta.

BÁRBARA – ¡Hostias!

Carlos se sobresaltó y la soltó. La miró, con los ojos bien abiertos. La profesora parecía fuera de sí.

CARLOS – ¿Qué? ¡¿Qué pasa?!

BÁRBARA – No podemos irnos todavía.

CARLOS – ¿Cómo que no?

BÁRBARA – Ío también está aquí. ¡Tenemos que encontrarla!

CARLOS – ¡Es verdad! ¡Joder! Hijo de la gran puta…

El instalador de aires acondicionados dio una patada a la butaca sobre la que había estado sentado hasta hacía un momento. Los problemas se les amontonaban, y él se creía incapaz de encontrar el modo de afrontarlos.

BÁRBARA – A ver… centrémonos. Si… si hubieran estado aquí las dos, también la habría matado a ella, ¿no? Tiene sentido. Eso… eso significa que… no debía estar aquí cuando él llegó, o… que tuvo ocasión de escapar, ¿no?

CARLOS – A estas alturas puede estar en cualquier lado. Y si la llamamos… tampoco nos va a oír. Será mejor que vayamos a avisar al resto y volvamos mejor preparados. Por más que me pese…

BÁRBARA – Pero tenemos que encontrarla, Carlos. Ella está sola. Y ese… ese… ese desgraciado…

CARLOS – Si aún está viva, debe estar muy bien escondida. No creo que la encontremos. Esto es demasiado grande…

De repente Bárbara tuvo una revelación. Ambos se encontraban en cierto modo mareados ante tal torbellino de emociones.

BÁRBARA – ¡Claro! ¡Ya sé dónde está! Corre. ¡Ven!

Bárbara agarró a Carlos de la muñeca y prácticamente le arrastró hacia la puerta. Ambos salieron a toda prisa del centro de día, empuñando sus armas cargadas, más que dispuestos a utilizarlas, dejando tras de sí aquél escenario desolador de muerte y desesperanza.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias por el capitulo David, saludos.

  2. Fran dice:

    Muy bien, vertiginoso… quiero más.

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