3×1152 – Añicos

Publicado: 24/07/2018 en Al otro lado de la vida

1152

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

Héctor entreabrió los ojos, pero se vio obligado a cerrarlos a toda prisa. El exceso de luz que reinaba en la estancia le cegó de un modo prácticamente doloroso. Se esforzó en abrirlos de nuevo, utilizando su única mano a modo de visera y entornándolos, a tiempo de descubrir que una cálida luz anaranjada se filtraba por la ventana del dormitorio. El ex presidiario tardó unos segundos en recordar dónde se encontraba.

HÉCTOR – ¡Me cago en Dios!

Se levantó a toda prisa de la cama donde veinticuatro horas antes Bárbara había dormido a pierna suelta, ignorante del peligro que se cernía sobre aquella zona de confort, tanto metafórica como literal, que tanto esfuerzo, sudor y lágrimas les había costado construir.

El corazón le latía a toda velocidad bajo el pecho. Estaba furioso consigo mismo. Frente a él vio lo que quedaba de la estación de radio por la que se había estado comunicando con Juanjo las últimas semanas. Ahora resultaba prácticamente irreconocible. Estaba hecha añicos, y ni siquiera Carlos, con todo el tiempo del mundo y las mejores herramientas a su alcance, podría haberla vuelto a la vida sin sustituir prácticamente la totalidad de sus componentes por otros nuevos. Había hecho un trabajo excelente a ese respecto.

La jornada anterior, después de destrozar la radio y revisar a conciencia hasta el último rincón de todas las demás viviendas del edificio azul, sin encontrar rastro alguno de Ío, a su pesar, había decidido tomarse una ducha. Necesitaba quitarse toda aquella sangre ya medio reseca y coagulada que llevaba encima, y las garrafas que encontró en el baño principal del ático le resultaron demasiado tentadoras. Gastó una cantidad a todas luces excesiva del agua no potable que los residentes habituales de la vivienda reservaban para esos menesteres, y luego volvió al dormitorio principal, donde se encontraba el cadáver de la radio, y se echó sobre la cama. Esa cama era mucho más cómoda que la que había estado utilizando en la mansión de Nemesio. Su intención no era otra que la de descansar unos pocos minutos y recuperar fuerzas para seguir adelante con su maquiavélico plan. Pero aquél había sido un día muy ajetreado y lleno de emociones fuertes, y el sueño acabó apoderándose de él.

Había dormido del tirón toda la noche, y por ello se maldijo. Eso trastocaba sustancialmente sus planes, aunque estaba convencido que aún así seguía contando con el factor sorpresa. Intentó convencerse que nadie podía haber avisado aún a quienes se encontraban en el bosque de su llegada al barrio. En cualquier caso, no había tiempo que perder: debía ponerse en marcha cuanto antes.

Caminó hacia la ventana y echó un vistazo al exterior. Fuera, todo parecía en regla, y ello le dejó algo más tranquilo. Estudió a conciencia el Jardín, pero a excepción de las lonas de los invernaderos, que se mecían a merced del frío viento invernal, todo lo demás estaba sumido en la más absoluta paz. Incluso las farolas se habían apagado automáticamente como hacían cada mañana al detectar la llegada del alba. Miró algo más lejos, hacia la escuela, pero ahí también parecía todo igual.

Se disponía a abandonar el ático cuando creyó ver algo en el patio de la escuela. No fue más que un instante, y tan pronto desapareció, dudó si no habrían sido imaginaciones suyas. Creía haber visto una figura alta y corpulenta desapareciendo tras el edificio del gimnasio. Se quedó unos segundos más mirando ese mismo punto en la lontananza, pero en adelante nada se movió, hasta el punto que comenzó a plantearse seriamente si no lo habría imaginado. Sin embargo, no se quedaría tranquilo hasta que lo corroborase con sus propios ojos.

Recogió sus bártulos y abandonó el ático. Bajó las escaleras sin prisa pero sin pausa, mientras se comía a bocados un pedazo reseco de salchichón que había encontrado en la cocina, dentro de la nevera carente de corriente. Lo hizo en el más absoluto silencio, con especial atención a todo cuanto le rodeaba, más que dispuesto a reaccionar a la mayor presteza si detectaba cualquier indicio de que no estaba solo en el bloque. Llegó abajo sin el menor sobresalto. No hacía más que darle vueltas a dónde podría encontrarse la joven Ío en esos momentos. Su ausencia en el centro de día y en el bloque de pisos era algo con lo que él no había contado, y aún se lamentaba por ello. Aquella niña podía estropearlo todo.

Cruzó la calle corta y el Jardín, hasta llegar al recinto de la escuela. Sus sospechas se vieron más que fundadas tan pronto llegó al patio principal. No había podido verlo desde el ático, ya que el edificio del colegio se lo impedía, pero desde ahí abajo no cabía la menor duda: algo había cambiado sustancialmente desde que él se había quedado dormido.

Pese a que había sufrido un cambio extremo desde la última vez que la viera, no le cupo la menor duda que aquella furgoneta, que ahora más bien parecía un pequeño tanque hecho de retales, era la misma furgoneta hippie que él y Fernando habían perseguido ladera abajo desde el ya extinto hotel, tras el desafortunado incidente de la granada. Si de algo estaba convencido, era que esa furgoneta no estaba ahí cuando él entró en el recinto amurallado del barrio, escoltado por Juanjo. Eso sólo podía significar que una parte o la totalidad de los visitantes que había recibido Abril la jornada anterior habían vuelto al barrio. Se esforzó por convencerse que tal contratiempo no tenía por qué traducirse en malas noticias, que aún podría utilizarlo en su ventaja para acelerar aún más su plan de venganza. No las tenía todas consigo.

Se llevó la mano a la parte trasera del pantalón y sacó una afilada navaja de más de quince centímetros de filo. Con una sonrisa en el rostro, se acercó con paso seguro a la furgoneta. Su siguiente objetivo sería el edificio del gimnasio, donde sin duda se escondían. Si jugaba bien sus cartas y mantenía la sangre fría, nada tenía por qué salir mal.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David; buen capítulo.

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