3×1158 – Reproches

Publicado: 14/08/2018 en Al otro lado de la vida

1158

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Bárbara descansaba sobre la cama en la que poco antes el ya difunto Héctor había dormido. Tenía los ojos muy abiertos, y observaba el techo con la mirada perdida. Carlos estaba junto a ella, sentado en el taburete, con un par de fragmentos de la destrozada radio en sendas manos. Había empezado a encajar piezas por mero instinto, principalmente por tener las manos ocupadas, aún siendo consciente que no serviría de nada. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente se encontraba a años luz de Nefesh. Ahora que el peligro había pasado, no podía dejar de pensar en el trágico destino de Marion y de los bebés. Le costaría mucho asimilar la irreversibilidad de los hechos.

Ío estaba tumbada en su propia cama, en un piso inferior de ese mismo bloque, abrazada a la almohada mientras lloraba desconsoladamente. Pasaría mucho tiempo antes que la joven pudiese recuperarse de semejante impacto emocional. Juanjo había vuelto a su casa poco después de descubrir que su plan había fracasado, tras haber intercambiado a duras penas un par de frases con quienes lo habían echado por tierra. Consciente que Bárbara saldría de esa, y por más que ésta le insistió en que les acompañase, Zoe se había negado a abandonar el cadáver de Morgan y seguía junto a él, velándole, abrazada a uno de sus brazos, con la cabeza apoyada en su agujereado pecho.

El instalador de aires acondicionados dejó sobre la mesa lo que se traía entre manos y respiró hondo. Echó un vistazo por la ventana y frunció el ceño al ver aparecer en el patio de la escuela a la niña de la cinta violeta en la muñeca agitando los brazos. No parecía asustada, pero a juzgar por sus gestos resultaba evidente que reclamaba su presencia. Intentando quitarle hierro al asunto, pese a haber vuelto a entrar en tensión, hizo el amago de abandonar la habitación. Bárbara se le adelantó, incorporándose en la cama.

BÁRBARA – ¿Dónde vas?

CARLOS – Abajo, al patio. Zoe me ha hecho señas para que baje.

BÁRBARA – Espera. Voy contigo.

Llegaron justo a tiempo de ver a Zoe, ahora sí, armada, abriendo el portón de acceso trasero al recinto del colegio para dejar pasar al otro vehículo que Abril guardaba en la mansión. Se reunieron con ella, y al tiempo que la niña cerraba de nuevo el portón, vieron salir del coche apresuradamente a Paris y Fernando. Bárbara apuró el paso, con una expresión muy seria en el rostro. Sendos hombres se quedaron de piedra al ver los cadáveres de Héctor y Morgan frente a la entrada del gimnasio. Habían acudido a regañadientes tras la insistencia de Abril, que estaba muy afectada al ver que no daban señales de vida. Ella fue la última en salir del vehículo y gritó al ver semejante espectáculo. Se acercó a Héctor, tapándose la boca con su mano derecha.

ABRIL – Dios mío… ¡¿Qué le ha pasado a Ezequiel?!

Carlos y Bárbara cruzaron sus miradas un instante. Ello no hacía más que corroborar sus sospechas. Paris se acercó al cadáver del ex presidiario y le dio la vuelta, empujándole con la punta de su bota. Una parte de su cráneo siguió donde estaba; la otra acompaño al cuello. En su cabeza se habían formado un millar de preguntas, pero estaba más divertido que preocupado.

PARIS – ¿Así que éste es el amigo del que tanto nos habías hablado?

Abril, aún con la mandíbula caída, incapaz de comprender qué había podido pasar ahí, se acercó al cadáver, ignorándole. Resultaba evidente que ya no podría hacer nada por él, pero su deformación profesional le obligó a ello. Zoe se acercó al grupo, con la mirada gacha. Bárbara caminó en dirección al dinamitero.

BÁRBARA – No, Paris, no. Éste es Héctor. Era Héctor.

Paris cruzó su mirada con la de la profesora. Ella estaba aún más seria. Paris negó con la cabeza, aún con aquella sonrisa dibujada en el rostro.

PARIS – ¿Pero qué tonterías dices? Héctor murió en la explosión del barco. Todos murieron.

BÁRBARA – Te aseguro que es él, Paris. Si seguimos vivos es por…

La profesora no pudo evitar echar un vistazo a Zoe, que también la estaba mirando a ella. La niña enseguida apartó la mirada. Abril observaba a uno y a otro alternativamente, intentando entender algo, aunque sin demasiado éxito. Era incapaz de asumir que había estado viviendo durante tanto tiempo con el enemigo.

BÁRBARA – … por pura suerte.

PARIS – Te lo digo en serio, Bárbara. Héctor no pudo sobrevivir a la explosión. Si hubieses estado ahí lo sabrías. Nadie pudo sobrevivir a eso.

Bárbara respiró hondo, tratando de contenerse. La sonrisa ya había abandonando la cara del dinamitero.

BÁRBARA – ¿Tú llegaste a ver el cadáver?

PARIS – No, pero… Joder, ¡si recogí hasta su brazo! Por el amor de Dios. Díselo tú, Fernando.

El mecánico, que se encontraba a su lado, respiró hondo. La expresión de la cara de Bárbara hablaba por sí sola, y prefirió no estropear más las cosas. La profesora dio un paso al frente.

BÁRBARA – Sí, el brazo que le falta, ¿no?

El dinamitero echó un vistazo de nuevo al cadáver de Héctor. Pese a que todas las pruebas apuntaban en una dirección, él se cerró en banda. Bárbara dio otro paso, encarándose al dinamitero. Carlos la miraba con el ceño fruncido. No la reconocía en ese papel. Ella estaba sobreexcitada por todo lo que había ocurrido.

PARIS – Déjate de chorradas, ¿quieres?

BÁRBARA – ¿Chorradas? ¡Por el amor de Dios! Por su culpa Marion ha muerto. ¡Ella y todos los bebés!

Un lagrimón recorrió la cara de Bárbara hasta caer al vacío desde su barbilla. Abril se llevó una mano a la boca, incapaz de creer lo que acababa de oír. Las caras largas de Carlos y Zoe eran todo un poema. Fernando suspiró. Paris se había quedado en estado de shock ante tal revelación. Le costaba mucho reaccionar a ese tipo de estímulos, y pese a que se había estabilizado bastante desde que dejó la meditación, de nuevo notó cómo aquella nube oscura se cernía sobre él.

PARIS – ¿Y qué insinúas, que eso es culpa mía?

BÁRBARA – Si os hubieseis molestado en comprobar que estaban todos en el barco, antes de…

Bárbara cruzó su mirada con la del mecánico. Fernando no la apartó. Volvió a centrarse en Paris cuando éste alzó la voz.

PARIS – Yo por lo menos me molesté en afrontar el problema. No hice como vosotros, escondiéndome como las ratas.

BÁRBARA – Ya ves tú de lo que ha servido. ¡Ya ves tú de lo que ha servido!

Para sorpresa de todos, Bárbara se adelantó un paso más y comenzó a golpear el orondo pecho del dinamitero, con los ojos cerrados anegados en lágrimas. Paris se dejó golpear, haciendo ver que no le afectaba. Carlos no daba crédito a la reacción de la profesora, y aún menos a su vitalidad, después de haber recibido un balazo que a punto estuvo de acabar con su vida.

CARLOS – ¡Eh, eh, eh!

Carlos agarró a Bárbara de la cintura y la apartó del dinamitero. La profesora no ofreció demasiada resistencia. El instalador de aires acondicionados la llevó junto a Zoe, y desanduvo sus pasos en dirección a Paris.

CARLOS – Discúlpala, por favor. Estamos todos muy excitados con lo que ha pasado. Estoy seguro que ella no pretendía…

Paris no se movió un milímetro. La expresión de su cara resultaba inexpugnable, y ello hizo que Carlos sintiera un escalofrío. En cierto modo, hubiera preferido que tuviera una de sus crisis nerviosas, al menos de ese modo habría sabido cómo reaccionar.

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comentarios
  1. Angela dice:

    No se podía esperar menos de Paris, gracias David, excelente.

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