3×1160 – Charla

Publicado: 25/08/2018 en Al otro lado de la vida

1160

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de enero de 2009

Bárbara se giró hacia su hermano al notar cómo éste la cogía de la mano. Se la estrechó y ambos miraron de nuevo al frente. Estaban todos envueltos en un silencio sepulcral frente a las tumbas de quienes les habían dejado. Pese a que el tamaño de las de Marion y Morgan era mayor, ver todos aquellos pequeños montículos de tierra removida resultaba mucho más doloroso. Su mera presencia hacía que todos los presentes se sintieran enormemente desdichados. Aquellos pobres bebés no tenían la culpa de nada. No debían haber muerto, y mucho menos en esas circunstancias. Pero ya nada podía hacerse por ellos.

Maya tenía los ojos rojos de tanto llorar, y estaba abrazada a Christian, cuya cara era todo un poema. Zoe se había hecho fuerte junto a Ío, y ambas mostraban idéntica cara de cansancio y tristeza.

Ninguno de ellos dio crédito a las palabras de Fernando, cuando llegó el día anterior a la mansión de Nemesio con tan funestas noticias. Les costó mucho convencer a Guillermo de que esperasen al menos hasta que amaneciese para volver, y así lo hicieron, tras una noche en la que casi nadie pegó ojo. Saber que su hermana había recibido el impacto de una bala, por más que éste no le hubiera afectado más allá de dejarle una fea cicatriz en el pecho, le había trastocado sobremanera.

Cuando llegaron, a media mañana, Carlos ya había acabado con el trabajo hacía horas, y de manera instintiva, sin apenas mediar palabra, todos se congregaron alrededor de las tumbas, honrando a quienes se habían ido para no volver. Tanto Carlos como Bárbara se vieron tentados a decir unas palabras, intentando ofrecer algo de consuelo al resto, pero no fueron capaces de encontrarlas, y prefirieron callar. Ellos las necesitaban tanto como los demás, sobre todo Carlos, que aún no concebía que no podría volver a besar a Marion. Las emociones estaban demasiado a flor de piel, y los llantos y sollozos a la orden del día.

En esos momentos se encontraban todos congregados alrededor del mural, formando una media luna. Todos a excepción de Juanjo, quien pese a que habían invitado, no se había dignado a venir, y Guille, que a esas horas de la mañana dormía a pierna suelta en su dormitorio del ático. Paris era el único que se encontraba algo alejado del resto. Él no había conocido a Morgan, y tampoco se había preocupado jamás por los bebés, pero sí sintió la muerte de Marion, y era únicamente por ello que estaba ahí. Ella fue la única que jamás le había tratado como un igual, aunque hacía bastante tiempo que apenas mediaban palabra. No había vuelto a hablar con nadie desde el inoportuno arrebato de ira de Bárbara; nadie se había atrevido a decirle nada al ver la cara de pocos amigos que lucía.

Guillermo soltó la mano de Bárbara e hizo un gesto con la cabeza a su hermana, invitándola a acompañarle. Ella asintió, algo distraída. Se alejaron del grupo y accedieron a la calle corta por el taller mecánico, que tenía ambas persianas abiertas. Instintivamente se dirigieron hacia un bar que había junto al acceso principal al centro de ocio. El investigador biomédico se molestó incluso en cerrar la puerta, habida cuenta del frío que reinaba en el exterior, pero no sirvió de mucho, pues tenía el cristal roto, y por ella se colaba tanto el agua de la lluvia, como las hojas de los árboles y el silbar del viento.

Guillermo tomó asiento en una de las sillas más cercanas a la entrada y su hermana le imitó. El resto del local estaba en penumbra, y pese a que sabían a ciencia cierta que dentro del barrio no había infectados, ambos habían tenido demasiadas malas experiencias como para internarse más sin sentirse desprotegidos.

Tras un silencio incómodo demasiado largo, finalmente Guillermo tomó la iniciativa.

GUILLERMO – Piensas que es culpa mía, ¿verdad?

La profesora se giró hacia su hermano, con el ceño fruncido. La pregunta la había cogido con la guardia baja.

BÁRBARA – ¿Pero qué dices?

GUILLERMO – Aunque nunca lo…

El investigador biomédico tragó saliva, visiblemente afectado.

GUILLERMO – Me atormenta desde el primer día, ¿sabes?

BÁRBARA – Cállate.

GUILLERMO – No, Bárbara. Todo esto es culpa mía. Si no hubiese intentado devolverle la vida al papa… ahora nada de esto… Ahora todos esos bebés… aquella chica…

BÁRBARA – ¿Y a quién demonios se le iba a ocurrir que por hacer eso se iba a desencadenar un puto Apocalipsis? Haz el favor de callarte, ¿quieres?

GUILLERMO – Eso no quita que sea culpa mía. ¡Todo es culpa mía! ¡TODO! ¡Me cago en Dios! ¿¡Tú te imaginas lo que es vivir con eso en las espaldas!?

BÁRBARA – ¿Era eso lo que tú querías hacer, lo hiciste con esa intención? ¿O lo que pretendías era sencillamente salvar a tu padre?

GUILLERMO – No, hombre. No… Yo… ¿Pero eso qué importa?

BÁRBARA – No podemos cambiar lo que ocurrió, Guille. ¿Quieres echarte sobre las espaldas la culpa de toda la infección? Adelante. Yo llevo mucho tiempo echándomela por haberle matado.

GUILLERMO – ¿Pero qué tonterías dices? Tú no lo mataste.

BÁRBARA – Yo le maté.

GUILLERMO – No. Tú no le mataste. Fue un accidente.

BÁRBARA – Exacto. Fue un accidente. Yo no pretendía que el papa se cayese por el hueco de la escalera, del mismo modo que tú no pretendías que por pincharle con aquella muestra de un experimento desechado de vete tú a saber hace cuantos años, que por cierto, inventó él mismo, fuese a convertirse en un puto muerto viviente que desencadenase el Apocalipsis. Todo ha sido un puto accidente. Una concatenación de accidentes que ha acabado con todo hecho una mierda, pero aquí no hay…

Bárbara comenzó a sollozar, y su hermano se incorporó en la silla y la abrazó. No tardó en recomponerse.

BÁRBARA – No vamos a cambiar… Nunca vamos a poder cambiar lo que pasó. Y que tú seas o no el responsable de eso no va a servir para nada más que para atormentarnos, así que… será mejor que lo enterremos.

Ambos se giraron al escuchar un ruido proveniente de la calle corta. Guillermo hizo incluso el amago de acercarse a ver qué ocurría.

BÁRBARA – Debe de ser el perro. Carla lo ha dejado suelto, y no para de dar vueltas por todos lados.

GUILLERMO – Ah…

Su hermano asintió vagamente y se sentó de nuevo. En un lugar tan silencioso, cualquier sonido, aunque fuera el de la estructura del edificio asentándose, resultaba sospechoso.

BÁRBARA – Mira. Vayámonos con los demás, que no es elegante desaparecer en un momento… como este, ¿No te parece?

Guillermo suspiró, pero acto seguido asintió, no demasiado convencido del desarrollo de la conversación.

GUILLERMO – Sí, mejor será.

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comentarios
  1. Ma. Del Rosario Verdayes G. dice:

    Gracias David, me hiciste sentir la tristeza de los personajes. y lo que le falta a Carlos cuando sepa que Marion estaba embarazada…..Muchas gracias. Saludos desde Mexico.

  2. Angela dice:

    Gracias David, saludos.

  3. Beth dice:

    Spoiler – – No entiendo, cuando apareció Guillermo?. Me salte algo en algún momento?

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