3×1164 – Nieva

Publicado: 23/10/2018 en Al otro lado de la vida

1164

 

Laboratorios de la compañía ЯЭGENЄR

1 de octubre de 2008

Guillermo soltó un estridente grito de dolor mientras tanteaba en el suelo en busca de la linterna. Notó a un tiempo algo mojado y una astilla de cristal clavándose en la palma de su mano. Sabía que aquél líquido no se trataba del mismo agua le había hecho resbalar, y no hacía falta ser muy inteligente para saber de dónde venía aquél pedazo de cristal. Suplicó al cielo que no se hubiesen roto todos los viales, y tras deshacerse de la astilla de cristal siguió tanteando el suelo desesperadamente, tratando de encontrar la linterna. Tardó del orden de un minuto en hacerlo, convencido aunque sin motivos, de que la sala se había llenado de infectados y que moriría devorado mucho antes de siquiera poder verles.

Al coger la linterna notó que se había soltado la parte trasera, y tuvo que volver a meter dentro las dos pilas que yacían junto al aparato antes de poder devolverle la vida. Para su regocijo, lo consiguió a la primera. El fogonazo de luz le cegó por un instante. Iluminó el suelo y dirigió el haz de luz hacia el lugar donde habían caído los viales: estaban todos rotos.

Un tembleque incontrolable se apoderó de su mandíbula inferior. Aquello no podía estar pasando. Se acercó algo más y comprobó que entre los pedazos rotos de viales tan solo había cuatro tapas. Él recordaba perfectamente haber rescatado seis. El paradero de los otros dos, era un enigma que no tardó mucho en resolver. Del mismo modo que esos cuatro se habían roto al impactar contra el suelo, los dos restantes habían resbalado por él hasta quedar inmóviles junto a uno de aquellos enormes cilindros, a escasos tres metros de distancia.

Se limpió la pequeña gota de sangre que había manado del dedo herido en el pantalón. Con los dientes castañeándole, aunque no supo dilucidar si ello era debido al frío o a la tensión del momento, cogió los dos viales y se los metió en el bolsillo. Comenzó a desandar el camino que había hecho hasta llegar ahí, linterna en mano. Le sorprendió el cambio de temperatura tan pronto abandonó la sala, que fue incrementando a medida que se acercaba a la entrada. Descubrió el motivo al mismo tiempo que apagó la linterna. Ya no le haría ninguna falta: la luz de las llamas ofrecía toda la iluminación que necesitaría.

Cómo había llegado el incendio hasta ahí tan rápido, era algo que jamás comprendería. Pero de lo que no cabía la menor duda era que debía darse prisa. Tan solo dos manzanas le separaban de un incendio de proporciones titánicas que estaba devorando media ciudad. Al salir de nuevo al exterior se sorprendió enormemente al descubrir que estaba nevando.

Miró al cielo, increíblemente extrañado. Vio caer aquellos pequeños copos del cielo y levantó la mano derecha frente a sí, con la palma extendida hacia arriba. Uno de ellos se posó en su mano, y él se sorprendió aún más al notar que no estaba en absoluto frío. Una inspección ocular más concienzuda le convenció de que no se trataba de nieve. Aplastó aquél pequeño pedazo de ceniza con el índice de la mano opuesta, y éste se desmenuzó al instante, transformándose en polvo.

Pasó junto a la desafortunada pintada a la carrera, y al cruzar la esquina que le llevaría al aparcamiento tuvo que frenar en seco. Un infectado en llamas se abalanzó sobre él, haciéndole perder el equilibrio. Ambos cayeron aparatosamente al suelo. Guillermo, con el culo aún dolorido por el golpe, se alejó de aquél pobre infeliz caminando a gatas hacia atrás todo lo rápido que pudo, temiendo que se levantase de nuevo para acabar con él. Los alaridos del infectado resultaban escalofriantes. De no haber sabido que era imposible, el investigador biomédico hubiese jurado que se trataba de gritos de dolor.

El fuego había devorado su ropa, su piel, su pelo, y ahora lo estaba haciendo con su carne. El olor a barbacoa mal atendida, con aquél peculiar tono dulzón, resultaba abrumador. El infectado trató sin éxito de ponerse en pie. Ahora parecía más bien una irregular bola de fuego en el suelo, consumiéndose a ojos vistas. Guillermo no se quedó ahí para contemplar su lento declive. El incendio que había acabado con el infectado lo haría igualmente con él y con su hijo si no ponía rumbo lejos de Sheol cuanto antes.

Con buen criterio, había aparcado el coche en el mero centro del aparcamiento, cuyo pavimentado suelo hacía de cortafuegos. Una fina capa de ceniza lo había cubierto por completo. El incendio seguía propagándose a una velocidad alarmante, pero aún estaba a tiempo de huir de él si no se entretenía. Miró en derredor: ningún otro infectado errante le sorprendería antes de llegar a su destino.

Se vio considerablemente tentado a inocularle el contenido del vial ahí mismo, en el asiento trasero del vehículo donde se encontraba el chaval, pero desestimó la idea enseguida. El incendio rodearía el aparcamiento de un momento a otro y no habría manera de salir de ahí sin cruzarlo a la carrera, lo cual parecía demasiado temerario. Si se demoraba demasiado, no podrían salir de ahí hasta que el incendio se extinguiese por sí mismo, y para eso podían pasar horas, en el mejor de los casos. Sin embargo, el verdadero motivo por el que desestimó esa idea era sencillamente porque no había caído en la cuenta de recoger una jeringa de los laboratorios, y necesitaba que aquél fármaco entrase en su corriente sanguínea.

Echó un último vistazo hacia atrás, una vez se hubo sentado en el asiento del conductor. El aspecto del joven era ridículo, tumbado en los asientos traseros, tapado por completo a excepción de la cabeza por aquella vieja manta y atado con los dos cinturones. Parecía dormido. Guillermo arrancó el coche olvidando ponerse su propio cinturón: al fin y al cabo, ningún policía le multaría por ello, y él tenía demasiada prisa. El interior del coche estaba muy oscuro. El parabrisas estaba cubierto de ceniza, que enseguida se hizo a un lado cuando el investigador biomédico accionó los limpiaparabrisas.

En esos momentos el incendio ya había llegado a los laboratorios, por muchas de cuyas ventanas emergía el implacable fuego. La idea de reproducir el fármaco si éste se demostraba un éxito, se evaporó en el aire al tiempo que Guillermo quemaba rueda, alejándose de Sheol, del incendio, y aún sin saberlo, de su hermana Bárbara.

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