3×1165 – Vela

Publicado: 27/10/2018 en Al otro lado de la vida

1165

 

Casa de Guillermo en Sheol

2 de octubre de 2008

Sobre la mesilla de noche descansaban el vial vacío y la jeringuilla con la que Guillermo había inoculado aquél líquido incoloro a su hijo. El otro vial, intacto, se encontraba dentro de la riñonera roja del niño, en la sala de estar. Él ya no la necesitaría, pues hacía más de un día que había muerto.

Guille estaba tumbado sobre su propia cama, en la casa de su padre. Su vida se había apagado sin pena ni gloria cuando ambos aún estaban en el coche, huyendo del incendio que la violenta lluvia se encargaba ahora de extinguir. La propia inercia fue la que llevó al investigador biomédico hacia su vivienda, un lugar tan seguro como cualquier otro ahora que los infectados habían huido en tropel del centro, pero lo suficientemente alejado del incendio como para poder dar rienda suelta a la siguiente etapa de su plan desesperado por evitar lo aparentemente inevitable. Al menos ahí tenía el equipamiento médico necesario para poder llevar a cabo su propósito.

Quiso convencerse que su hijo estaba dormido o sencillamente inconsciente, cuando lo trasladó, envuelto en la manta, del coche a su cama. Intentó sin éxito encontrarle las constantes vitales, mientras grandes lagrimones surcaban sus mejillas, fruto de la más exasperante frustración. Sabía que de un momento a otro su hijo acabaría despertando: estaba vacunado y todos los que morían después de haber recibido un mordisco lo acababan haciendo, más tarde o más temprano. Pero eso ya no le importaba. De hecho, ya no le importaba nada en la vida. En menos de una semana había perdido a su hermana y a su hijo, sus dos únicos y últimos nexos con la vida; sus dos únicos motivos para seguir luchando y no abandonarse a los brazos de la pandemia.

No obstante, inyectó el contenido de uno de aquellos dos viales en el cuerpo del niño, aún consciente de que llegaba tarde. Le hizo masajes por el brazo, para hacer que aquél fármaco se extendiese por su corriente sanguínea, puesto que su corazón ya había dejado de latir. Pero todo esfuerzo resultó en vano: la reacción fue nula. No le sorprendió. El padre se quedó velando al hijo, sentado a su lado, sosteniendo su fría mano, hasta que inevitablemente acabó durmiéndose: llevaba demasiado tiempo sin descansar.

Un fuerte trueno retumbó en el ambiente. El repicar de las gotas de lluvia al otro lado de la ventana resultaba abrumador. El investigador biomédico creyó notar cómo vibraba el suelo bajo sus pies, al despertar sobresaltado. Se incorporó en la mecedora de diseño en la que había caído en los brazos de Morfeo y comprobó que su mano ya no sujetaba la de su hijo. Entrecerró los ojos aún con las pupilas muy dilatadas y se quedó mirando la cama vacía. El corazón comenzó latirle a toda velocidad en el pecho. Su hijo ya no estaba ahí.

Guillermo se incorporó a toda prisa. Ya no quedaba ningún rastro del sueño en el que había estado profundamente sumido hasta hacía un momento. Tocó con la palma de la mano el lugar donde Guille había estado tumbado cuando él se quedó dormido. Las sábanas estaban frías, lo cual se veía venir. Miró en derredor, al otro lado de la cama, y por toda la habitación: no había rastro del niño. Comenzó a gritar su nombre, desesperado. Sabía que lo que estaba haciendo no era una buena idea, pero le importaba bien poco. Estaba convencido que su hijo no estaba muerto, y eso era todo cuanto necesitaba para seguir peleando. Al parecer, la experiencia similar que había vivido con su padre hacía cosa de un mes no le había servido de lección.

Pasó más de veinte minutos buscándolo por toda la casa, gritando su nombre, nada vez más nervioso. Revisó una y otra vez todas las estancias, mirando dentro de los armarios, debajo de las camas y detrás de los sofás. Comprobó las dos puertas que conectaban con el exterior, pero ambas seguían firmemente atrancadas, como él las había dejado. El niño no había podido salir por ninguna de ellas y volverlas a dejar así, y todas las ventanas, además de enrejadas, estaban firmemente cerradas y con la persiana bajada, de modo que sólo dejaba entrar la escasa luz del día lluvioso a través de unas pequeñas rendijas. Sabía que el niño seguía dentro, pero era incapaz de encontrarle. Pensó que acabaría volviéndose loco.

Se disponía a subir por cuarta vez al primer piso, cuando cayó en la cuenta que la puertecita del pequeño trastero que había bajo las escaleras estaba ligeramente entornada. Era uno de los pocos sitios que aún no había registrado, de modo que la abrió del todo, y se arrodilló para entrar. Aún bajo el umbral, alzó la mano y accionó una pequeña luz led a pilas que había instalado hacía un par de meses. La pequeña estancia se inundó de un blanco brillo. Junto a varios paquetes de baldosas sin abrir y media docena de fardos de parquet, se encontraba Guille, hecho un ovillo. Un olor ácido llegó a la nariz del investigador biomédico.

El niño gimoteó y se apretujó aún más contra la pared cuando su padre entró al trastero. Guillermo se extrañó sobremanera al leer el pánico reflejado en sus ojos. Sus ojos. Fue entonces cuando cayó en la cuenta, y una sonrisa radiante de dibujó en su cara. El azul grisáceo de los ojos del niño seguía intacto, del mismo modo que la esclerótica, de un blanco inmaculado. Un calor reconfortante recorrió el cuerpo del investigador biomédico. Después de todo, su viaje suicida hacia la boca del lobo parecía haber surtido efecto. Guille seguía vivo, y todo apuntaba a pensar que estaba perfectamente sano.

GUILLERMO – Guille…

El investigador biomédico, con el ceño ligeramente fruncido, extrañado por la actitud del niño, extendió una mano en dirección al éste, que gruñó ligeramente.

GUILLERMO – Guille, ¿estás bien, pasa algo?

Guillermo tragó saliva, haciendo caso omiso a todas las señales de alerta que le enviaba su cerebro, y dio un torpe paso más en dirección al asustado y desorientado niño.

GUILLERMO – Guille, soy yo… El papa…

Guille, sintiéndose acorralado, acabó reaccionando y, a voz en grito, se abalanzó sobre el brazo extendido de su padre y le mordió con todas sus fuerzas en el desnudo antebrazo.

comentarios
  1. Mora dice:

    Entonces Guillermo también está infectado igual que Barbara!!!!!

  2. Angela dice:

    Gracias David, muy buen capítulo.

  3. mari carmen dice:

    david me tienes en ascuas jijijij
    el ultimo subido es este vela? 1165 ?
    me encantaria verlas en pelicula o serie , engancha un monton , gracias

    • Este fue el último que colgué, en efecto.
      Tenía intención de seguir escribiendo del tirón, pero se me estropeó el portátil. Estoy a la espera que llegue el nuevo que he encargado.
      Siempre he pensado que una serie de tres temporadas sería la clave, para llevar AOLDLV a lo audiovisual. 😬

      David.

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