3×1168 – Ido

Publicado: 17/11/2018 en Al otro lado de la vida

1168

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de enero de 2009

Guillermo entró abruptamente al dormitorio, acallando así la acalorada discusión entre Carlos y Bárbara. La profesora acunaba el cadáver de Guille entre sus manos, ordenando su alborotado cabello. No hubiera hecho falta siquiera que ambos hermanos mediaran palabra. Una mirada fue más que suficiente.

BÁRBARA – Ha sido él. Ha sido Paris.

Una lágrima llegó hasta la punta de la nariz de Bárbara y ella la inhaló, involuntariamente. Guillermo escrutó su triste mirada con un nudo en el estómago, y ella se limitó a hacer un gesto negativo con la cabeza, invitándole a perder toda esperanza.

El investigador biomédico notó una punzada en el pecho. Una parte de sí le empujaba a desandar sus pasos, correr escaleras abajo e ir a buscar al verdugo de su hijo, pero enseguida desechó esa idea. No era la primera vez que le veía morir. Si le había conseguido traer del otro lado una vez, ¿quién le decía que no podría volver a hacerlo?

Guillermo corrió hacia su hermana y le arrebató con delicadeza al chaval de las manos. Posó su cadáver sobre la mullida cama, boca arriba, esforzándose por no prestar atención a la posición antinatural de su cuello o al aspecto que lucían sus ojos. Acercó su oreja a la boca del niño, esperando escuchar una débil respiración. Cualquier cosa a la que aferrarse sería mejor que asumir que no había nada por hacer.

BÁRBARA – Guille, no… Él está… está…

GUILLERMO – ¡Cállate!

Guillermo no fue capaz de encontrar respiración alguna y trató de encontrarle el pulso, con idéntico éxito. Bárbara y Carlos le observaban en un silencio tenso. La mandíbula inferior de Guillermo empezó a traquetear incontrolablemente. Se sentía increíblemente impotente, pero no sabía qué hacer a continuación. Ya no tenía ningún as en la manga que le permitiese burlar a la muerte una vez más. En ese momento vieron aparecer a Abril bajo el umbral de la puerta. Guillermo creyó ver en ella a un ángel salvador.

GUILLERMO – ¡Abril!

La médico frunció ligeramente el entrecejo al ver aquél panorama. No pudo evitar fijarse en los impactos de bala que había en el techo de la pequeña estancia. Un millar de preguntas se arremolinaron en su cabeza, pero Guillermo no le dejó siquiera abrir la boca.

GUILLERMO – Míralo. Míralo, por Dios. ¡No respira!

La médico entró en la habitación, acusando una ligera cojera, fruto de los golpes recibidos cuando el dinamitero la tiró por las escaleras.

ABRIL – Haceos a un lado. Quitaos de en medio, por favor.

Carlos y Bárbara se apartaron, cada uno a un lado de la cama. El instalador de aires acondicionados se quedó junto a la ventana, sintiéndose totalmente fuera de lugar, mientras ambos hermanos se daban la mano, observando impotentes cómo Abril procedía. Ella, esforzándose por ignorar el punzante dolor de su tobillo, se metió en su papel de médico. No tardó en corroborar la sospecha de ambos hermanos: Guille había perdido la vida. No hacía falta ser médico para dar fe que el motivo de la muerte había sido el estrangulamiento. Tenía el cuello hinchado e inflamado, e incluso se podían distinguir las marcas de los dedos del orondo dinamitero grabadas en la pálida piel.

Pese a que ella era consciente que en tal estado poco podría hacerse ya por él, tanto la mirada suplicante del padre como su propia deformación profesional la empujaron a hacer todo cuanto estuviera en su mano para resucitarle.

Entrelazó los dedos de ambas manos y comenzó a practicarle a Guille un contundente masaje cardíaco. Acto seguido acercó su boca a la del niño para insuflar aire en sus pulmones, pero en el último momento recibió un empujón de Bárbara, que a punto estuvo de tirarla al suelo. Abril se incorporó, muy sorprendida, y miró a la profesora con muestras de un más que evidente reproche. La expresión de su hermano era prácticamente idéntica.

ABRIL – ¿Se puede saber qué haces?

BÁRBARA – ¡Perdón! Es que… el niño… Está infectado. No…

GUILLERMO – ¡Ya lo hago yo! ¿Qué hay que hacer?

La médico frunció el entrecejo, aturdida, y miró alternativamente a ambos hermanos. De no haber sido por Bárbara, habría resultado infectada. Sentía la cabeza embotada.

ABRIL – Pero… si el niño está infectado… tú tampoco deberías…

GUILLERMO – ¡Yo también estoy infectado! ¡¿Qué coño hay que hacer?!

Carlos no daba crédito a cuántas revelaciones había sido testigo en el transcurso de los últimos minutos. No sería consciente hasta poco más tarde, pero hasta Marion había abandonado sus pensamientos. Observó el esfuerzo tan incansable como estéril de Abril y Guillermo por devolver a la vida a Guille durante varios interminables minutos.

Poco a poco empezaron a llegar los curiosos, atraídos por el griterío y los disparos. El primero fue Christian, aunque seguido de cerca por Zoe. Ambos se mantuvieron en silencio. Para entonces, Bárbara ya se había dado por vencida y lloraba desconsolada, de pie junto a su hermano, sujetándose la cintura con una mano y tapándose la boca con otra. Zoe se escabulló entre los presentes y la abrazó. Bárbara la estrechó entre sus brazos, instintivamente, sin siquiera mirarla. Sólo tenía ojos para su sobrino.

El instalador de aires acondicionados echó un vistazo por la ventana. Desde ahí tenía una panorámica perfecta del Jardín. Su mirada se dirigió instintivamente hacia la puerta de la verja de la escuela: estaba abierta de par en par. Exactamente igual que el portón de acceso trasero.

CARLOS – Se ha ido.

En ese momento Abril tomó el relevo a Guillermo, que se dirigió a Carlos con evidente enfado.

GUILLERMO – ¡Cállate tú! ¿Quieres? Si no tienes nada mejor que decir, será…

CARLOS – No. Paris. Que se ha ido. ¡Y el hijo de puta se lo ha dejado todo abierto!

Los presentes observaron al instalador de aires acondicionados abandonar la habitación a toda prisa. Aunque desde ahí no podía verlo, estaba convencido que las persianas del garaje también estarían abiertas de par en par. El barrio entero estaba a merced de los infectados.

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