3×1169 – Injusto

Publicado: 20/11/2018 en Al otro lado de la vida

1169

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de enero de 2009

 

Carlos pasó por alto la ausencia de la furgoneta Volkswagen en su frenética carrera hacia la escuela. Tenía un mal presentimiento, y por ello sujetaba con fuerza la pistola de Bárbara, dispuesto a volver a usarla si cualquier infectado accedía a Bayit. La profesora le iba pisando los talones: la ausencia del vehículo en el taller fue en lo primero en lo que se fijó.

Paris estaba vacunado. Ella lo había visto vacunarse con sus propios ojos, frente al hotel, en un tiempo tan remoto que parecía irreal. Si de algo estaba convencida, más después de la larga conversación que mantuvo con Guillermo tras su reencuentro, era que Paris comenzaría a enfermar en cuestión de horas y moriría en cuestión de días. Si había decidido morir lejos del barrio, esa no sería una decisión que ella censurase. Ya no vendría de un infectado más o menos deambulando por las calles.

La profesora no había podido igualar la velocidad de Carlos, y cuando finalmente se reunió con él junto al portón de acceso trasero al recinto de la escuela, éste ya estaba firmemente cerrado. Si había salido tras de él, había sido más porque le veía como una bomba de relojería andante que porque realmente temiese que los infectados pudiesen asaltar el barrio. Por fortuna, a esas horas de la mañana en un día soleado como ese, y más en esa latitud de la isla, donde tantas veces habían hecho limpieza con anterioridad, no se había acercado ni un solo infectado.

BÁRBARA – Carlos.

Carlos se dio media vuelta y comenzó a desandar sus pasos, sin siquiera dirigirle la mirada. Cualquiera hubiera podido jurar que no la había oído.

BÁRBARA – Carlos. Carlos, escúchame.

El instalador de aires condicionados continuó andando, dándole la espalda. Bárbara comenzó a caminar tras él. Carla, Olga, Maya y Christian, que acababan de salir del taller, cada cual con su propia pistola en la mano, les observaban desde la distancia, del mismo modo que lo hacían Zoe e Ío desde el dormitorio de Guille, donde Abril y Guillermo finalmente habían desistido en sus intentos por resucitar al chaval.

BÁRBARA – Por favor, Carlos. Te lo puedo explicar todo.

Carlos frenó su avance, pero no se giró.

CARLOS – Déjame, Bárbara, en serio te lo pido. Necesito… necesito tiempo. Necesito descansar la mente. Me va a explotar la cabeza. No puedo más.

Bárbara tragó saliva. Un nudo de impotencia le crecía en la boca del estómago. Sentía la obligación de suplicarle que no dijese a nadie lo que había oído en el dormitorio de Guille, aunque sabía que así tan solo demostraría que la reacción de Paris no había sido del todo injustificada. Fue incapaz de encontrar las palabras, y finalmente Carlos reemprendió su camino, satisfecho al comprobar que Bárbara había desistido en su empeño por retenerle.

Bárbara le vio alejarse, y sintió unas ganas irrefrenables de gritar. De hecho, estuvo a punto de hacerlo. Se quedó unos minutos a solas, sentada en uno de los bancos del patio de la escuela, notando cómo crecía la ira dentro de sí. Después del horrible incidente con Héctor merecía un descanso, y Paris no había hecho más que estropearlo todo a un nivel inconcebible. Guillermo jamás volvería a ser el mismo, de eso estaba más que convencida. Y la culpa de todo la tenía Paris. Una idea le vino a la mente, y se levantó a toda prisa.

Caminó de vuelta al taller al trote, cerrando a su paso todas las puertas que el dinamitero había dejado abiertas. Agarró una de las mochilas de emergencia que Fernando había colgado hábilmente en unos ganchos junto a la persiana que comunicaba con el Jardín, y accedió a la calle corta. Por fortuna, no se cruzó con nadie en su peregrinaje hacia la calle larga.

Llegó a la tienda de animales en un abrir y cerrar de ojos, escrutada por Juanjo, que le observaba sin ser visto desde su particular atalaya de ermitaño. Él tampoco estaba pasando por su mejor momento, pero había preferido no acercarse a comprobar cómo Paris lo había estropeado todo, igual que hizo Héctor.

Nuria se excitó mucho al oírla entrar. No acostumbraba a recibir muchas visitas. Bárbara caminó con paso decidido hacia la trastienda, y no paró hasta que quedó plantada a un metro de ella, con tan solo aquellos barrotes separándola de un ataque extremadamente iracundo.

La infectada tenía un pequeño barreño hasta arriba de agua junto a la puerta de su jaula, y otro lleno de lo que parecía una mezcla de albóndigas en salsa de tomate y sardinas en escabeche. Al parecer, Paris también había limpiado la jaula recientemente. No habría cuidado de los bebés ni una sola vez, pero a Nuria no le había faltado de nada desde que la trajese al barrio, contraviniendo al opinión del resto de habitantes. Aún le odió más por ello.

Dejó caer la mochila que llevaba sujeta por la asidera superior, se arrodilló junto a ella y escarbó en su interior hasta dar con la pistola automática. Apuntó con ella a Nuria, que no dejaba de emitir gruñidos iracundos y carentes de sentido, intentando en vano alcanzarla, estirando los brazos por entre los barrotes.

Probablemente hubiera apretado el gatillo, aunque sólo fuera por saciar su sed de venganza, pues Paris con toda seguridad jamás se enteraría de lo que había hecho, de no haber reparado en el estómago de la infectada. Tan solo hacía tres meses que se había quedado embarazada, pero su vientre ya empezaba a abultarse de una manera perceptible. Bárbara sintió envidia de Nuria, consciente que ella jamás podría quedarse embarazada. Entonces bajó la pistola, y se puso a llorar. Prácticamente sin solución de continuidad, Nuria se tranquilizó.

Bárbara escuchó un ruido tras de sí, y se giró a tiempo de ver a Zoe accediendo a la trastienda. Dejó caer la pistola dentro la mochila abierta y se limpió las lágrimas con la tercera falange del índice antes de dirigirse a la niña.

BÁRBARA – ¿Cómo sabías que estaría aquí?

ZOE – Carlos me lo ha contado todo.

Bárbara frunció el entrecejo. Por algún extraño motivo, los ojos de Zoe, idénticos a los de Nuria, ya no le resultaban inquietantes.

ZOE – Lo siento mucho. Siento mucho lo que ha pasado.

La profesora suspiró, y Zoe la abrazó de nuevo. Entonces fue cuando se derrumbó definitivamente. Sus gimoteos se mezclaron con los de Nuria, en una sinfonía ciertamente inquietante.

comentarios
  1. Regi dice:

    Muchas gracias por estas líneas. No sé qué tienen pero cuando tardas más de la cuenta se esperan con ansiedad. Lo reitero, gracias por estos ratillos que nos hacen olvidar por unos momentos la dura realidad.

    • Para mi es todo un honor, al tiempo que un gustazo. Me alegra saber que la novela tiene ese don. Yo seguiré al pie del cañón hasta acabarla, ilusionado como el primer día. Gracias por estar al otro lado. 🙂

      David.

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